Antiamericanismo y complotismo

Autor: Eduardo Mackenzie
2 abril de 2020 - 12:02 AM

Así como los conspiracionistas trataron de disculpar a Ben Laden, Pedro Aja soslaya la responsabilidad de la dictadura comunista de China en el ocultamiento inicial de la epidemia, lo que favoreció la expansión de esa terrible infección y la paralización de muchas economías

París

Pedro Aja Castaño en sus respuestas telegráficas a mis críticas destapó, por fin, su juego. El fondo de sus planteamientos es una combinación sutil de tres posturas: antiamericanismo, anticapitalismo y complotismo. Lo que fue, para mí, una sorpresa. No había visto ese perfil en sus anteriores columnas.

Pedro Aja Castaño insiste en atribuirle a Estados Unidos un papel central en la aparición del virus de Wuhan. Claro, no es el primero en decir eso. Tampoco él dispone de una prueba al respecto. Sin embargo, no abandona en sus respuestas ese punto de vista.

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El hilo conductor de sus explicaciones es el odio a Estados Unidos y al Reino Unido (o a lo que él llama los “ingleses capitalistas”). En sus lacónicas respuestas lanza mensajes explícitos que no ocultan esa antipatía. El, por ejemplo, me lanza la siguiente pregunta: “¿Sabes que hubo norteamericanos e ingleses capitalistas que financiaron a Hitler y al comunismo?”. Respuesta: no lo sabía, aunque nadie ignora que hubo gente, como el comunista francés Jean-Baptiste Doumeng, que se llenó los bolsillos haciendo negocios con la URSS durante la Guerra Fría.

Sin arriesgar una sola línea para sustentar el cuento de los capitalistas que financiaron “a Hitler y al comunismo”, Pedro concluye: “Esa es la élite que juega en ambos bandos” (el hitlerismo y el comunismo). Y termina con esta perla: [la élite angloamericana] “controla en la sombra los principales gobiernos de la tierra.”

Antes de refutar su tesis complotista diré algo: Estados Unidos jamás financió a Hitler, ni financió el asalto bolchevique al poder. Pedro Aja calla la realidad de esos dos procesos. Resumo: Con el tratado de Rapallo de 1922, basado en el mutuo rencor de Berlín y Moscú por Occidente, el Ejército alemán pudo evadir las duras exigencias de desarme del tratado de Versalles y la Rusia soviética pudo realizar algunos planes de industrialización gracias a los alemanes. Con el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939, Stalin se repartió con Hitler a Polonia y le permitió desatar la Segunda Guerra Mundial. Mucho antes, Stalin había contribuido al ascenso de Hitler al poder. Ordenó a los comunistas acusar a la socialdemocracia alemana de ser su peor enemigo. Divididos, los dos partidos mayoritarios le facilitaron a Hitler ganar la elección de 1933, ser nombrado canciller y obtener poco después los plenos poderes. Si alguien ayudó a Hitler fueron, entre otros, los comunistas rusos.

Gracias a Estados Unidos y a la Gran Bretaña y al heroísmo de los Aliados y del pueblo ruso, la ocupación nazi de Europa fue derrotada. La masiva ayuda militar de Estados Unidos a la URSS (le suministró aviones, camiones y artillería pesada), le permitió al desbaratado Ejército Rojo resistir la invasión de la Reichswehr y lanzar las contraofensivas que culminaron en el triunfo de Stalingrado de 1943. El desembarco aliado en junio de 1944, dirigido por Estados Unidos, desembocó en el colapso definitivo y en la capitulación nazi del 8 de mayo de 1945.

Quien financió a Lenin, para que tomara el poder en octubre de 1917 fue el alto mando alemán. Desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial, y alertada por Parvus, un rico aventurero socialista y traficante de armas, Berlín vio con interés los llamados bolcheviques a la deserción de las tropas rusas, que los obreros y soldados rusos desoían. Enormes sumas de dinero, a través de Parvus y de bancos alemanes en Suecia y Noruega, fueron dadas a Lenin, Zinoviev, Kamenev, Korlovsky, Kollontai y otros para financiar sus publicaciones e intensificar la propaganda derrotista. Tras la caída del zar, en plena revolución de febrero, esa operación fue profundizada. Bajo instrucciones de Ludendorff, jefe de los ejércitos alemanes, dos diplomáticos, Robert Grimm y Fritz Platten, redactaron el protocolo que organizó el regreso a Rusia de Lenin y 32 miembros de su partido en abril de 1917, a través de Suiza y Alemania. Ludendorff logró lo que buscaba: utilizar a Lenin como agente alemán quien, una vez en el poder, debería firmar la capitulación de Rusia y la retrocesión a Alemania de inmensos territorios, a cambio de una “paz durable”: Polonia, Lituania y una parte de la rusa blanca. Las tropas rusas tuvieron, además, que salir de Ucrania, Finlandia, Estonia y Letonia. Y las ciudades de Kars y Batoum fueron cedidas a Turquía. Eso, más el pago de una indemnización de seis millardos en marcos-oro, fue la humillante “paz separada de Brest-Litovsk” firmada por Trotsky el 3 de marzo de 1918. Tal traición vergonzosa desató una rebelión de jóvenes oficiales de Petrogrado que estuvo a punto de poner fin a la dictadura de Lenin y precipitó la intervención occidental. Ese fue el comienzo de la guerra civil de tres años y de los 73 años de atrocidades comunistas sin nombre en Rusia y en otros países.

Robert Service, profesor de historia de Oxford, quien fue autorizado por Gorbachov y Yeltsin a consultar los archivos personales de Lenin, reveló los detalles de ese obscuro episodio y de la aventura del famoso tren que solo fue “blindado” porque nadie podía entrar ni salir de los cuatro vagones sin la autorización de Platten y las maletas y pasaportes no fueron controlados por la policía ni por la aduana. “Sería difícil encontrar en la Historia un partido político que haya trabajado en la derrota de su propio país con más celo y determinación que los bolcheviques. Era un eslabón esencial de la cadena: el derrumbe del Estado tras la derrota militar sería seguido por la toma del poder”, escribió Dimitri Volkogonov, un general ruso autor de una famosa biografía de Lenin.

¿En qué queda la teoría de Pedro Aja Castaño sobre la “financiación del comunismo” de los norteamericanos?

Los adeptos de las teorías del complot dicen que Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel (que Aja no menciona) “controlan el mundo”, que los sistemas democráticos que gobiernan esos países, y el mundo libre, son meras fachadas que ocultan una horrible dictadura: la de “un grupo secreto” incrustado en las altas esferas del poder.

¿Recuerda el lector el 11 de septiembre de 2001? Tras esa catástrofe los amigos de tales teorías explicaron qué había pasado. Los atentados no habían sido, según ellos, cometidos por Ben Laden sino por “un grupo presente dentro del aparato de Estado americano que le dictaba la línea al presidente Bush”. Exigieron que fuera investigada otra pista: la de un “complot interior”. Había que capturar a los “conspiradores” que se ocultaban entre los “militaristas blancos, racistas, misóginos, antisemitas y anticomunistas que rodeaban al presidente George W Bush”. Ese grupo, decían, había organizado esos ataques para tomar el poder, lanzar la guerra contra gente inocente y aumentar el presupuesto de Defensa, a pesar de que, desde la elección de Bush hijo, los militares americanos no tuvieron el menor problema de presupuesto.

El promotor de esa fantasía era Lyndon LaRouche, jefe de una secta delirante americana que dispone de ramificaciones en varios países, como el Instituto Schiller, dirigido por su viuda, Helga Zepp-LaRouche, en Wuppertal. En Francia esa superchería fue defendida por Thierry Meyssan en un libro L’effroyable imposture que fue un best seller en el mundo árabe. LaRouche también proclamaba que el exsecretario de Estado Henry Kissinger había intentado asesinarlo y que la reina de Inglaterra dirigía un tráfico internacional de drogas. Varias veces acusado de neonazismo y antisemitismo, Lyndon LaRouche fue condenado en 1989 por fraude fiscal y desvío de dineros por lo que tuvo que pagar seis años de cárcel.

Así como los conspiracionistas trataron de disculpar a Ben Laden, Pedro Aja soslaya la responsabilidad de la dictadura comunista de China en el ocultamiento inicial de la epidemia, lo que favoreció la expansión de esa terrible infección y la paralización de muchas economías. En lugar de criticar las condiciones de higiene de los “mercados húmedos” como el de Wuhan, donde pudo ocurrir un proceso de zoonosis de recombinación de virus entre un murciélago (portador de varios tipos de coronavirus) y un pangolín, Pedro Aja se burla de esa hipótesis. Habla de “la tesis del murciélago y los cerdos, una presunción que se ‘vendió’ culturalmente en occidente”.

Pedro Aja apunta el dedo acusador hacia “una organización diferente a los gobiernos” que podría ser la ONG de Bill Gates y el seminario Event 201, realizado a finales de 2019 con el Centro Johns Hopkins.

Varios portales web complotistas, como Wikistrike y Nuevo Orden Mundial, dijeron que el coloquio Event 201 había sido una “simulación” de lo que sería la epidemia que aparecería semanas después. Tal descripción fue refutada por la ONG de Bill Gates quien subrayó, el pasado 25 de enero, que ese evento no hizo “ninguna predicción” y que “los datos utilizados para modelar el impacto potencial de un virus ficticio no son similares al covid-2019”. El Centro Johns Hopkins, un organismo privado dedicado al estudio de las epidemias, declaró por su parte, según el diario Le Monde(1), que Event 201 “nunca predijo que la epidemia de coronavirus mataría a 65 millones de personas”, como pretenden los complotistas.

Para finalizar: Pedro Aja Castaño presenta a la China como una víctima de Estados Unidos y de quienes tratan de “dominar el mundo mediante el dinero”. En otras palabras, Pedro Aja evita la discusión. Para él, la mundialización es “lo que otros llaman codicia de los inversionistas que aprovecharon la producción china barata”.

Como “prueba” de eso Pedro lanza una frase incomprensible (“Tengo el derecho a lanzar hipótesis cuando lo único que existe es la prueba de lo inexplicable”) y cita un artículo que no es pertinente. Cover: Get Ready for a World Currency, publicado en 1988 por The Economist, hizo una profecía que no se cumplió. En 2020 no hemos visto aún el colapso del dólar ni la realización de la “unión monetaria mundial completa” que, según ese texto, “comenzaría como un cóctel de monedas nacionales”.

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Pedro Aja Castaño insiste en amordazar la libertad de información. El prefiere que haya una “coordinación de las informaciones” para “beneficiar a los enfermos”. Error: sin libertad de información, de expresión, de discusión (científica, política y periodística), no se podrán superar los errores que cometieron los chinos, primero, y los países, después, al hacer frente a la pandemia y a las insuficiencias de los sistemas médicos de los países afectados. Sofocar la discusión es lo peor que se podría hacer en estos momentos.

 

(1).- https://www.lemonde.fr/les-decodeurs/article/2020/02/06/coronavirus-la-fondation-gates-a-t-elle-organise-une-simulation-de-l-epidemie-a-la-fin-de-2019_6028667_4355770.html

 

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Comentarios:

Edgar
Edgar
2020-04-02 19:19:21
Lo que expone Don Eduardo M , respecto a lo expresado por el señor Pedro Aja,es lo que viene y va por las famosas redes, con tan alucinantes teorías que uno se pregunta cuándo comenzarán a escribir una novela así de asombrosa, y que les paguen, faltaba más.

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