Andrea Camilleri: la conciencia de la corrupción

Autor: Memo Ánjel
4 agosto de 2019 - 10:09 PM

Sobre la primera y una de las últimas novelas del siciliano Andrea Camilleri

Medellín

Y esta vez fueron no sólo el olor y habla de su tierra los que lo atrajeron como un imán; también la estupidez, la crueldad y el horror.

Andrea Camilleri. La forma del agua.

 

Sobre la corrupción

Un cuerpo se corrompe cuando comienza a podrirse, se desmiembra y al final (como se dice en las teorías genéticas) aparece un gen que hace que las células se suiciden, lo que ya sería un final. Sin embargo, la corrupción no es un cuerpo único, completo, estático y perenne (como el ser de Parménides), sino que aparece siguiendo mutaciones como las larvas y desaparece como los gusanos, en una cadena que no termina. Es que siempre quedan huevos (Ingmar Bergman hará una película, El huevo de la serpiente) que se reproducen en condiciones diversas, según los aires, el sitio y las condiciones políticas y sociales que, permeadas por el deseo, la envidia, el miedo y la codicia, se descomponen y crean un amasijo donde todo es permitido pues las costumbres se han roto, los principios se niegan, las leyes se burlan y las desmesuras se multiplican. O por la misma estructura del cuerpo, que al final se corrompe siguiendo las leyes de la entropía; cuerpo que puede ser institucional, religioso, empresarial, militar o bandas como la camorra o las familias mafiosas, que atravesaron el mar yendo desde Sicilia a Nueva York, desde China hasta Los Ángeles, desde la Habana hasta Buenos Aires. Todo pareciera indicar que un cuerpo corrupto flota (o fluye) y logra moverse creando raíces o asiéndose a algo, como los protozoos. Charles Darwin debió prever esto.

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La historia, que destaca los grandes hechos, las creaciones y construcciones del hombre (basta tomar una enciclopedia para ver lo que el hombre ha entendido sobre lo que son la Tierra y el cielo y lo que ha hecho con relación a estos dos conocimientos), también tiene una parte oscura. Frente a lo humano cuenta también lo deshumano. A lo blanco le opone el negro, a lo construido lo destruido, a lo bello la fealdad, al orden el desorden. En términos de Friedrich Nietzsche, lo dionisiaco (el desorden) es lo previo y posterior a lo apolíneo (el orden). Como la serpiente cascabel, en la historia se pica y se baila, lo trágico se une a la comedia, los polos se oponen, y el diablo hace hostias mientras los ángeles son seducidos por la vanidad. Y frente a todo esto, la conciencia, que es aquello que ya tenemos claro y de lo que ya no se duda.

La corrupción (al menos los primeros datos que tenemos sobre ella) nació en Egipto, como se cuenta en la historia de Abraham, describiendo a un faraón envilecido que le quiere quitar a Sara para su goce. Luego sigue con Grecia (uno de los grandes corruptos fue Pericles, mecenas también de los filósofos de Atenas), continúa con Roma, ciudad en la que no solo los césares eran corruptos (salvo quizá Marco Aurelio) sino también personajes como Séneca y Cicerón, sigue con Cartago y termina con cruzados, piratas sarracenos, emperadores y reyes a lo largo del Mediterráneo, el interior de Europa y las islas británicas (hay que ver lo que es Macbeth, por ejemplo), para al final ir de siglo en siglo tocando todas las escalas de la sociedad. Y es posible que la razón se deba a que el mundo en sus inicios fue una explosión (el metal más abundante fue el hierro) y todavía estamos en ella, unos dicen que implosionando (la energía inicial disparada se contrae), y otros que nos seguimos ampliando a partir de la energía oscura.

Camilleri y la corrupción

Andrea Camilleri se murió a los 93 años y fumó hasta el final, igual que Eric Hobsbawm, que falleció a los 95. Pero estos dos fumadores no pasan a la historia por burlarse del aviso de prohibido fumar sino por su enorme conciencia sobre la corrupción. El primero (motivo de este artículo) por sus novelas sicilianas (en especial las del comisario Salvo Montalbano), y el segundo por sus libros de historia (la de la Revolución, la del Capital, la del Imperio y la del Siglo XX, escritos en Inglaterra), en los que hace hincapié en la destrucción mutua y los resortes que se estiran hasta deformarse, negando así cualquier resiliencia. Se podría decir que son pesimistas, pero más bien son realistas y su trabajo es en torno a lo que nos corrompe y nos mantiene en estado de delirio. Y lo que une a Camilleri con Hobsbawm (autor del libro Bandidos), es su interés por las historias de ladrones, justicieros, y gente que distribuye riqueza de manera particular, que misteriosamente se repiten y parecieran no tener final.

Obra de Camilleri

Obras de Andrea Camilleri, bastión literario contra la corrupción.

Para el caso de Andrea Camilleri, su conciencia se centra en Sicilia, esa isla que es un microcosmos donde todo es posible, desde la santidad (o represión en algunos casos) hasta los asesinatos premeditados, año tras año, entre dos familias mafiosas imaginarias, los Cuffaro y los Sinagra, y que solo son un pretexto que sirve para mostrar el resto y mapa de lo que pasa: jueces venales, políticos corruptos, muertos a los que se les cubre el pasado, sexualidades atrofiadas, proxenetas que ejercen de soplones, ladrones que cantan lo que sea con tal de seguir ejerciendo, mujeres casadas que roban para sostener a sus antiguos novios, cuando no es que compran amor sin hacerse aguas con gente que ni conocen; inmigrantes del norte de África que sirven de contacto a criminales de su país de origen, abogados que deforman leyes, policías que se hacen sus sobresueldos con pequeñas coimas, muchachas con críos donde las monjas, travestidos que viven de ingenieros constructores y jefes de partido, tenderos contrabandistas, vendedores de arte falsificado, y la lista sigue, que en cuestión de pecados la fila pareciera ir de la Tierra a la Luna, cada uno con su característica propia. Camilo José Cela, el escritor español, escribió un Diccionario Secreto, para señalar los distintos caminos para irse al infierno, nombrando solo los genitales y sus acepciones en cada lugar, que él consideraba como el principio de la locura o al menos como base de los libros de Freud, que por perseguidos y desmentidos deben ser ciertos. Cuando una idea es hereje, la llevan a la hoguera, pero ni quemada se pierde ni deja de andar por ahí.

En la Sicilia que narra Camilleri, que es la de ahora y está llena de turistas, basura variada en las playas, fotógrafos que persiguen famosos, hoteles en los que el menú llega hasta la cama, inmigrantes que se van secando al sol, fábricas abandonadas, desempleados que vive del paro, la corrupción campea por todas partes. Los partidos políticos, el gobierno, las grandes familias (muchas, clanes mafiosos), los rufianes callejeros, los cambistas de historia, los arzobispos y prelados, y los señores que aparecen en la tele y los diarios, ninguno puede decir la corrupción no me toca. Y con ellos se entromete Camilleri, pintándolos al detalle y con olores incluidos, que la corrupción, como la peste, se huele y por eso excita si uno no tiene los fundamentos morales bien asentados. Ya se sabe, oler es comer (el olor son partículas de algo que las papilas gustativas identifican) y comer de más es corrupción. Es una sobrecarga que, por falta de espacio, termina regándose, manchando y contaminando. Andrea Camilleri, entonces, a pesar de lo gordo y de buen comer (lo que implica burlar las dietas), narrando lo que narra es un moralista. La corrupción la ve quien tiene moral; el corrupto ni ve ni oye ni entiende, como diría cualquier señora.

Camilleri, conciencia y moral

El mundo no se viene al suelo porque hay 36 justos que lo sostienen, dice el Talmud. La cifra es un múltiplo de cuatro, lo que dice que anidan en cada punto cardinal, como los dragones chinos que sostienen el firmamento. Sea como sea, uno de esos justos se llama Salvo Montalbano, el comisario creado por Camilleri, que en nada se parece al desorden de otros detectives de novela y más bien es un hombre que todo lo atiende buscando que haya justicia o al menos una salida que no perjudique a otros. Salvo tiene novia (Livia) y sufre cuando le es infiel (es un asunto de lealtad), prefiere salir a mirar cangrejos para hacerle la digestión a lo que ha comido y convive entendiendo a sus ayudantes, que van desde el desquiciado Catarella (el telefonista de la comisaría) hasta el mujeriego Mimi Augello, mediando con Giusseppe Fazio (un inspector a punto de jubilarse) y el periodista Nicola Zito, un hombre de izquierda que sostiene que es mejor que los rumores corran. Y para lograr esto, hay que hablar bien en la tele (o escribir alabanzas en el periódico) de los que son objeto del rumor. La gente no se lo cree y el chisme se hace más amplio. Es una especie de terrorista intelectual (todo lo dice sin decirlo) que se mantiene un buen prontuario de demandas.

Este mundo de Camilleri, cuya punta de lanza es Salvo Montalbano (un homenaje a Manuel Vázquez Montalbán, el escritor español que se murió de una indigestión), nace con su primera novela: La forma del agua (Forma dell’aqua) que puede sintetizarse así: el agua toma la forma del recipiente que la contiene. La escribió a los 69 años, dando pie a la serie de Montalbano (26 libros), y antes de morir dejó cuatro por publicar. Y sí, el hombre es como el agua: cuando entra y cierra, toma la forma del ambiente donde se hospeda. Y lo que fluía comienza a dar vueltas. Ese libro, el inicial, es la conciencia de Camilleri que comienza a crecer, que se entera de todo, en la que ve blancos y negros, abundando los grises. Y por este ambiente enrarecido (que es el que ahora vivimos), va Salvo Montalbano (quizá se llama Salvo porque no se contamina y eso lo salva).

A los 87 años, Andrea Camilleri, escribe otro libro (de los tantos acontecidos en ese espacio de Vigata, una ciudad existente que él reinventa), titulado Un filo de luz (Una lama di luce), en el que su personaje está en el umbral de la corrupción (que comienza por la mentira), sabiendo que su personaje, a pesar de lo justo y moral (maneja buenas costumbres), puede caer al estado de corrupción debido a un solo elemento: el deseo, que es como una cuerda floja donde al menor tropiezo se pierde el equilibrio. Fernando González, en El remordimiento y Salomé, explora el asunto del deseo no cumplido. Camilleri va más allá: la mentira es peor que el deseo. El uno se satisface, la otra no.

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En las fotos, Andrea Camilleri aparece fumando. Se dirá que esto es un mal ejemplo. En sus novelas, la presencia de un comisario (Salvo Montalbano) que no se corrompe, debe ser un mal ejemplo y un susto para los corruptos. En el mundo de la moral se oponen la virtud y el vicio.  Y en el justo medio, uno se inclina a un lado y al otro. Y si hay un deseo incontrolado, se cae al lado del vicio. Esto se puede dibujar para calcularle un ángulo y la parábola de caída.

Nota: al final de cada novela, Camilleri anotaba que todo lo que había escrito era imaginario, que no se buscarán parecidos. Quizá se burlaba.    

 

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