¿Sometidos por la minga?

Autor: Diana Sofía Giraldo
14 abril de 2019 - 09:02 PM

Si alguna causa congrega la opinión unánime de los colombianos y su solidaridad desinteresada es, precisamente, la de los pueblos indígenas, que los revolucionarios usan como combustible político

Bogotá

En la democracia colombiana está en juego mucho más que el justo derecho a la protesta social de los pueblos indígenas y la legitimidad de sus demandas históricas. Está en juego nuestra subsistencia misma como nación. Quienes incendian a Colombia en nombre de las necesidades centenarias y la injusticia social, no encontrarán nada para recoger cuando se tomen el poder, sólo más violencia y muerte. Basta mirar para el lado venezolano.

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En nombre de “la paz” se colonizan las conciencias con la polarización, exacerbando las pasiones, explotando el estrés post traumático de las víctimas, utilizando las necesidades insatisfechas de mucho tiempo atrás, para someter a un presidente joven y bien intencionado. No se dan cuenta los “idiotas útiles” que se prestan para propagar el incendio y colocar al primer mandatario contra la pared, que no se está atacando a un presidente, sino al estado de derecho que van a necesitar para gobernar cuando lleguen o se tomen el poder.
Si alguna causa congrega la opinión unánime de los colombianos y su solidaridad desinteresada es, precisamente, la de los pueblos indígenas, que los revolucionarios usan como combustible político. No caen en cuenta del inmenso daño que les causan a esos pueblos, al inducirlos a la violencia, incluso contra sí mismos.

Por justas que sean las causas nada autoriza a convertirla en pretexto para incendiar el país. No tiene sentido bloquear vías, aislar regiones enteras, quebrar ganaderos y agricultores, destruir propiedades, apalear vecinos, lanzarse a refriegas que solo dejan heridos y muertos y muchas ruinas humeantes, como si el odio y la destrucción arreglaran los problemas y abrir zanjas en las carreteras subiera el producto interno bruto.
El intento de envenenar al país con un enfrentamiento frontal entre colombianos está en proceso. Por lo pronto en la mente popular se desvirtuó el verdadero sentido de las mingas que hasta hace unas semanas, identificaban trabajos en comunidad, episodios de solidaridad puesta en práctica y esfuerzos colectivos que dejaban un grato sabor de amistad y cooperación. En estos días las mostraron como imágenes de  una violencia desbordada. ¿Qué quieren los sembradores de odios, que repitamos en grande la historia de La Gaitana, quien arrastró por caminos y aldeas al cruel Pedro de Añasco después de sacarle los ojos?

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Para un país polarizado, el remate de estos días oscuros no podía ser peor. El presidente aceptó ir a conversar en persona con los dirigentes de la minga, atendiendo una desobligante citación. En adelante al que se le ocurra sentarse en la mitad de una carretera para bloquear el tránsito, lo primero que se le ocurrirá será pedir que el propio presidente vaya a hablar con él.
Y si el mandatario acepta ir como gesto de buena voluntad, se encontrará con la misma silla que dejó vacía Manuel Marulanda al comienzo de las conversaciones que condujeron al Caguán.
Con tantos temas pendientes de una acción rápida y eficaz, que comprometa al Gobierno y a la sociedad entera con las necesidades de la población que vive en el límite de lo tolerable, con una temible crisis moral subterránea, los cincuenta millones de colombianos no pueden permitirse el lujo insensato de lanzarse a una guerra étnica.

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