¿Quién es el animal?

Autor: Gloria Inés Upegui Valencia
24 mayo de 2019 - 10:04 PM

El idioma se sirve de las figuras y los símiles para enriquecer las ideas, porque también se utilizan elementos de los diferentes reinos de la naturaleza

Medellín

Gloria Inés Upegui Valencia

Los seres humanos nos hemos creído, según la orden celestial, que somos los reyes de la naturaleza. Así que muchas de nuestras actuaciones las calificamos con apelativos que recurren a los nombres, actitudes, carácter, figura o semejanza con los animales no humanos. Utilizamos sus apelativos en sentido figurado, a veces para ensalzar virtudes, otras para denigrar de los semejantes, o imitando sus características y actuaciones para dar énfasis a algunas ideas. Para descalificar a alguien le decimos que es un “animal” o una “bestia”, a quien consideramos despreciable lo llamamos “insecto”. Propongo este somero repaso, que se queda corto porque cada cultura, cada región, cada idioma tendrá sus propias expresiones.

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Somos creativos para denigrar o despreciar mediante el símil animal: burro para ignorante, rata es ladrón, pulpo el acaparador, hiena un traicionero, una deuda es culebra y culebrón la mala telenovela o el intrincado cuento familiar. Lora, cotorra o urraca es una hablantinosa, ballena la muy obesa y la grilla una mujer “fácil”. Le gritan chanda al despreciable y sapo a un soplón, así como cuervo o buitre es el que roba o se beneficia de lo ajeno. En España chulo es el proxeneta. Y si gallinazo es el mujeriego, abejorriar es tener manifestaciones de cariño en público, mariquita el gay o mariposo un amanerado, decimos perro(a) al mujeriego o la prostituta y caballo al drogadicto. El cabrón es un idiota, un sucio es cerdo, para el traicionero va hiena y gusano es despreciable, mientras el pendenciero es un gallo. Alguien descomunal o un matón será gorila, en tanto lombriz va para un ser insignificante y vaca para tonta o víbora al temible. Llaman lagarto al lambón, saurio por atrasado o retrógrado y oso por hacer el ridículo o por sucio. A quien todavía no ha utilizado alguno de estos apelativos, para que no sea tan marmota lo reto a aplicar estos otros que tienen su sitial en la jerga común: pécora, halcón, gurre, escorpión, gorgojo, sanguijuela.

Pero reconozco que a veces nos comportamos: se llama ruiseñor o gorrión a quien canta hermoso (se me antoja Edith Piaf). Bautizaron caimán al insuperable arquero Sánchez del Junior de los 60, que fue honrado con la canción El Hombre Caimán. Da Vinci inmortalizó en La dama del armiño al color blanco impoluto y Durero en su acuarela La liebre joven catapultó a este roedor. El nobel Juan Ramón Jiménez ensalzó al burro en su obra Platero y yo. Dashiell Hammett en El halcón maltés dio categoría a esta ave de rapiña. De otro lado se llama turpial o jilguero al que silba bien, ratón (de biblioteca) al lector empedernido, la (mamá) canguro es una mujer que debe mantener un bebé prematuro en el calor del pecho por largo tiempo. El avispado es despierto, quien no se inmuta es una foca, la atlética es gacela, es hormiga alguien laborioso, el ágil es una liebre. Un grupo obediente es un rebaño de ovejas, aunque la negra es la disidente.

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Al fin de cuentas, el idioma se sirve de las figuras y los símiles para enriquecer las ideas, porque también se utilizan elementos de los diferentes reinos de la naturaleza. Vegetal: roble, persona fuerte. Mineral: oro en polvo, persona honorable. De la mitología: venus, mujer de figura proporcionada. De los elementos del espacio sideral: eres mi sol, se dice a alguien que se ama. Del medio ambiente: mi vida es un cataclismo, cuando algo está muy enrevesado. Lo que es notorio es que creyéndonos más que los animales, los despreciamos de palabra y validamos el maltrato y el desprecio hacia ellos, a pesar de que son nuestra compañía, nos proveen alimento, transporte, fuerza de trabajo y nos enseñan con su modo de vida. Pero lamentablemente nos sentimos superiores y con derecho a disponer de ellos y a usar sus nombres para fines despreciables comportándonos por debajo de la nobleza y estoicismo que nos brindan. Los hemos “humanizado” como mascotas que vestimos y llevamos a la peluquería, contra el maltrato, desprecio y depredación que amenaza hoy con terminar con al menos un millón de especies en todo el mundo. Lo cual nos lleva a preguntarnos si somos el rey sobre todas las cosas del mundo o el peor animal.

 

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