¿Qué me quito?

Autor: Mariluz Uribe
10 diciembre de 2018 - 09:02 PM

La elegancia va por dos diferentes grupos.

Cuando se trabajaba, como la cosa más natural, modelando trajes en las Casas de Moda de la época, Moyra de Medellín, Feron, Jencso, Bartosova de Bogotá, y en la T.V. Nal., cosa que era por lo tanto escándalo nacional, por muy vestidas que saliéramos, pues nada de bikinis (islas bombardeadas en ensayo nuclear al sur del Japón) ni el two-pieces chingue, ni nada parecido, un traje era un vestido.

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Eso sí enseñaban una cosa clave: Había que preguntarse antes de salir a desfilar en un hotel, en un salón de modas, o por las calles como en las Ferias, o en la habitación donde se suponía, en aquella época, que nos esperaba el marido: - “¿Qué me quito?”  En la T.V. se lo preguntábamos a Anuncia de Romero Lozano, a Gloria Valencia de Castaño, a Saúl García, hasta a Marcus Tybrocher, y a nuestro director Hernán Villa. No a los del Pereque, no fuera y nos lo pusieran.

Debía una mirarse calmadamente ante el espejo y preguntarse: - ¿Qué me quito? Se suponía y sigue siendo una verdad absoluta: MENOS ES MÁS. Era casi seguro que se tendría algún exceso de algo. De bisutería, de pintura, o una tal cantidad de detalles que hacía que ninguno sobresaliera. O que una misma desapareciera porque los detalles se robaban la atención.

Tal vez se había mezclado algo como pluma y piel. Y había que quitarse inmediatamente esa conflagración de naturalezas ya muertas. Tal vez se habían mezclado rayas con flores, o bolas con cuadros, cosa muy delicada. Tal vez se llevaba un prendedor sobre un bordado, cosa que anula al uno, al otro y a la modelo. ¿Se mezclaban brocado con lana o algodón con lamé?

¿O zapatos de cuero con trajes de seda? ¿Zapatos de gamuza con ropa de diario? ¿Fieltro con vestido de seda, o flores con sastre de paño? La elegancia va por dos diferentes grupos; lana, algodón, cuero, fieltro. Sedas de cualquier clase, verdadera del gusano o falsa de la postguerra, gamuzas, satines... Joyitas de adorno. Así por ejemplo: Sastre de lana, blusa de algodón, guantes, cartera y zapatos de cuero, acaso un sombrerito de fieltro. Pulsera. Traje de seda, abrigo de idem (o de piel, según el clima). Guantes gamuza o satín, y zapatos y cartera de lo mismo.

Sin embargo, dentro de estos conjuntos generales había, hay, que poner mucha atención y mirarse cuidadosamente en un espejo ojalá de tres lunas y de cuerpo entero. La discreción y la sencillez son la clave de la elegancia. Mientras menos revoltijos se hagan, mejor se estará.  Si se llama mucho la atención es que no se está bien. Pasar desapercibidas es más seguro. Y nada de que “Collar y corbata que todo se usa”.

Tengo que contar a los lectores que en los tiempos en que hacía ese trabajo, casualmente me invitaron unos parientes a New York. Por allá conocí algunos jóvenes neoyorkinos, que cuando me preguntaban yo en que trabajaba y les contaba que modelaba, me contestaban LAS NIÑAS BIEN DE AQUÍ NO HACEN ESO. “Nice girls here don´t do that”. Así pues, que resulté ser una niña MAL.

Pero por fortuna llegaron algunos paisas, Mejía y Vélez que lo tranquilizaban a uno. Y lo invitaban a bailar el entonces novedoso bolero, que antes había sido fox, “Balalaika”. En lugares como “Let´s go latin in Manhattan at don Pepe´s”, bares latinos, donde bailaba Miguelito Valdés con un vaso encima de la cabeza sin derramar el agua. Ah, y también aparecían algunos extranjeros, Bosa, con su amigo Trujillo el hijo del dictador de Santo Domingo.

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Ay Dios, y mi prima y yo escuchando a Frank Sinatra y a Jean Sablon a la entrada del Waldorf Astor...  Y aprendiendo qué era cocktail: rabo de gallo, o bebida mexicana inventada por la india Coctel, hija de Monctezuma, entiendo a base de penca de sábila, para emborrachar a Hernán Cortés, el conquistador de México.

 

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