La lección de un estadista
Con base en la lección de Blair, tiene que ser claro que la lucha en Irak y Afganistán no puede concluir con una capitulación disfrazada.
Con el título Lo que aprendí, Tony Blair resumió en denso ensayo las enseñanzas y conclusiones de sus diez años como primer ministro de gran Bretaña y copartícipe de las decisiones más importantes del mundo. Del documento publicado por The Economist y reproducido para Colombia por Lecturas Dominicales de El Tiempo recogemos algunas de sus trascendentales consideraciones.
Reconociendo que el gobernante contemporáneo se debe ocupar más de las relaciones internacionales que del manejo de los asuntos internos, Blair ratifica sus decisiones en política exterior, especialmente las que comprometieron a Inglaterra en la lucha contra el terrorismo, dado que “la política internacional no es simplemente un juego de intereses, sino también de creencias y de cosas por las cuales luchamos y estamos”. En esa convicción coincide plenamente con el presidente Bush y juntos lideran las fuerzas que avanzan en sus batallas por los valores que Occidente ha construido y que han de impulsar la civilización mundial. Éstos son pilares de la renovada alianza histórica de Estados Unidos y Europa, que defiende por encima de los que esperan que Inglaterra tenga “una política internacional independiente de Estados Unidos”, a los que les dice que “me irrita bastante dónde se supone que Inglaterra haga sus alianzas”. Confirma, entonces, que “Europa y Estados Unidos comparten los mismos valores. Tenemos que permanecer juntos”. La plausibilidad de su tesis fue confirmada por los ciudadanos europeos que votaron por candidatos comprometidos con la alianza pro-Occidente en Francia y Alemania.
En la defensa de sus puntos de vista comunes para enfrentar el terrorismo, especialmente en Irak y Afganistán, el binomio Bush-Blair debió enfrentar toda clase de enemigos. Sobre la dimensión del reto señala Tony Blair que “se dice que con la remoción de Sadam y de los talibanes –regímenes que eran autoritarios pero que mantenían cierta clase de orden- la difícil situación de iraquíes y afganos se ha agravado, y se ha permitido que crezca el terrorismo. Este es un argumento seductor pero peligroso”, que debe ser enfrentado reconociendo que eso “significa que la voluntad de luchar por lo que creemos se mide por la voluntad de nuestros enemigos de combatirnos, pero a la inversa”.
Con base en la lección de Blair, tiene que ser claro que la lucha en Irak y Afganistán no puede concluir con una capitulación disfrazada, como lo han pretendido imponer los demócratas, sino que sólo debe culminar cuando en ambos países se hayan conformado gobiernos fuertes que mantengan la democracia y la libertad. Así las cosas, y como lo ha reiterado en su más contundente declaración: “no hay alternativa a combatir esta amenaza donde quiera que alce la cabeza. No hay demandas suyas que sean ni remotamente negociables. Hay que derrotarla y punto”. Ese reto demanda decisión suficiente para conseguir imponer la aspiración civilizadora por la democracia y la libertad allí donde no se conocen estos valores o donde queden reductos empeñados en la barbarie. Entonces, considera que “necesitamos una base suficiente y fundada en un claro y bipartidista compromiso con nuestros valores para que el mundo, a medida que cambia, los adopte, para que nos guíen, universales como son”. El mensaje a laboristas y conservadores, en Gran Bretaña, y a demócratas y republicanos en Estados Unidos, no puede ser más claro.
La batalla en defensa de los principios de Occidente exige enfrentar también a quienes, desde el pleno disfrute de los privilegios de la democracia, los combaten. Dice Blair que “no hay nada más ridículo que concebir ‘democracia’ o ‘libertad’ como conceptos de alguna forma occidentales, que equivocadamente tratamos de implantar en naciones ajenas a ellos”. ¿Qué opinarán del calificativo aquellos que, so capa de pluralismo, proclaman tolerancia con la barbarie? También es interesante conocer cómo interpretan el llamado a “condenar no sólo sus bárbaros métodos terroristas, sino atacar en particular su resentimiento contra Occidente”.
Blair alude a los apoyos que están llegando a los terroristas: “En Afganistán es claro que los talibanes están recibiendo apoyo nuevamente, incluyendo armas, de elementos del régimen iraní”. Que sea esta una notificación al presidente Ahmadineyad y a los ayatolás en el sentido de que el mundo no les va a tolerar alianzas con sus peores enemigos. Vladimir Putin tampoco se escapa de la notificación de que es seguido, pues “día por día, Rusia se vuelve intransigente”, camino que la aleja de Europa.
La lección de Blair también toca aspectos fundamentales de política interna, incluyendo el rol que hoy compete a sindicatos y partidos. Recuérdese que buena parte de la base del laborismo está en los sindicatos, lo cual no es freno para que el estadista precise que “no hay que permitir que los sindicalistas del sector público determinen la forma de los servicios públicos”. Este es un mensaje importante para los responsables de no tolerar la apropiación de los servicios públicos por una oligarquía sindical que los explota para su provecho. Y frente a la política, Tony Blair afirma que “al revés de la mitología, los partidos políticos no están muriendo, el interés público en la política es tan intenso como siempre lo ha sido. Como lo prueba el resultado de las recientes elecciones francesas: ofrézcanle al pueblo un debate decisivo y éste sale y vota”. Con esta sentencia deja una lección para Colombia. Que esta apretada síntesis sea, pues, la aproximación a la significativa enseñanza de un demócrata integral comprometido con los valores que han hecho grande a Occidente.
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