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De cara al porvenir
El pastorcito mentiroso
Autor: Pedro Juan González Carvajal
9 de Septiembre de 2008


“El Pastorcito Mentiroso” es un clásico del cuento infantil cuyo autor es Esopo, donde se evidencia que cuando alguien miente continuamente para acudir a la ayuda de los otros, argumentando que el lobo se va a comer sus ovejas, y su llamado resulta ser falso, pues finalmente, cuando el llamado es de verdad, nadie le creerá y el lobo finalmente, se comerá sus ovejas.

Debo confesar públicamente que a nivel personal ya no sé ni qué creer ni a quien creerle en este país, y esto me resulta verdaderamente mortificante. ¿Cómo no creerle al Presidente de la República, elegido por abrumadoras mayorías?

¿Cómo no creerle al Presidente de la Corte Suprema de Justicia, si él representa la Majestad de la justicia? ¿Cómo no creerle al Ministro de Defensa y al Comandante de las Fuerzas Armadas, cuando explican sus acciones? ¿Cómo no creerle a los presuntos implicados en distintos delitos y a los posibles culpables de múltiples faltas si aún no han sido juzgados?

¿Cómo no creerle a importantes y reconocidos periodistas, los unos amigos del gobierno y los otros no, cuando nos dan a conocer el producto de sus investigaciones?

Cuando se pierde o se resquebraja la confianza y se echa por la borda el principio de la buena fe, pues quiere decir que hemos renunciado a los logros de la civilización y hemos retrocedido a los períodos nefastos donde se desbordaban las bárbaras pasiones.

¿Qué nos pasó? ¿Cuándo dejamos de creer en nuestras Instituciones representativas? ¿Cuándo perdimos el respeto por nuestros gobernantes? ¿Cuándo las Instituciones y los gobernantes perdieron la ecuanimidad y el respeto entre ellos mismos, principio fundamental del esquema democrático republicano?

¡Qué espectáculo tan deprimente y qué mal ejemplo para las nuevas generaciones!
De nada nos sirve hablar de desarrollo, productividad, competitividad, balanzas comerciales positivas, déficit fiscal controlado, economía creciente, éxitos contra la subversión, entre otros muchos factores, si no nos respetamos entre nosotros mismos y quedamos mal parados, de manera casi permanente, ante la comunidad internacional. Y no es para que salgamos a decir, folclóricamente, que es que somos la viva expresión de Macondo, como instrumento justificador. No nos puede quedar grande la grandeza, y si a nuestros más altos funcionarios de cualquiera de los poderes o de las instituciones representativas, le está quedando grande el cargo, pues con todo el respeto que se merecen, pero con todo el valor civil, que se hagan a un lado para no perjudicar y debilitar aún más, si no destruir, la frágil sociedad que hemos podido construir en estos escasos 189 años de mal llamada independencia y de existir como Estado Soberano.

Varias figuras y recursos legales presenta nuestra Constitución del 91 para estos casos. Es sin embargo prerrequisito que los ciudadanos conozcamos dicha Constitución para poder saber donde estamos parados, a qué nos atenemos, cuáles son nuestros derechos, pero también, cuáles son nuestros deberes.

Goebbels sostenía que una mentira repetida sistemáticamente se convertiría en verdad, y se atribuye a Voltaire la famosa frase empleada posteriormente por Laureano Gómez donde sostenía que “¡Calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda!” ¿A esto es que hemos llegado? ¿Tal es la debilidad de la tan cacareada gobernabilidad, que hemos caído tan bajo? ¿Para qué sirven y a quién le conviene la aparición continua de espesas y variadas cortinas de humo que nos hacen perder la noción de la realidad?

¿Qué tenemos que hacer? ¿Vamos a continuar en un interminable ciclo de acusaciones y contra acusaciones sin que finalmente se devele la verdad?

¿Qué vamos a hacer con el pastorcito o los pastorcitos mentirosos?

Ingenuamente nuestro Vicepresidente invita a desarmar los espíritus y a flamear la bandera blanca de la paz como símbolo de concordia o al menos de respeto entre los principales involucrados, entendiendo que los recientes buenos oficios ejercidos por el Cardenal Rubiano, no sirvieron para nada.

Cómo se reirán los Presidentes de los países vecinos, sobre todo nuestros contradictores, y los enemigos del Estado con este espectáculo. Recordemos que hace 105 años, en una situación semejante, Estados Unidos aprovechó la coyuntura para robarnos a Panamá. Es que las máximas de la guerra son incontrovertibles: “El amigo de de mi amigo es mi amigo”, “El amigo de mi enemigo es mi enemigo”, “El enemigo de mi amigo es mi enemigo”, y por encima de todas, “Divide y vencerás”, y en ésta última sí que es cierto que no escarmentamos.







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