Íngrid: ¿y el papá qué?
Autor: Sergio Esteban Vélez
19 de Julio de 2008


En estos días de “Ingridmanía”, en que los medios han explorado tan incisivamente la vida de la aguerrida ex candidata presidencial, que sale del secuestro con un aura de beatífico y serenísimo temple, esos mismos periodistas, que se han preocupado tanto por entrevistar a los familiares de esta política y por exaltar la insistencia de su desesperada madre, han olvidado por completo referirse a su padre: Gabriel Betancur Mejía, y, mucho menos al hecho de que, por estos días, se celebran los 90 años del nacimiento de aquel ilustre antioqueño.

Sería realmente lamentable si este prohombre de la Cultura y la Educación fuera recordado simplemente, como se está viendo, como “el papá de Íngrid” (y ni siquiera así). Eso me hace acordar de una ocasión, en la que manifesté mi desconcierto porque alguien hizo alusión al gobernador, ministro, senador y rector universitario Octavio Arizmendi Posada, como “el hermano de Darío Arizmendi”.

Pero, volviendo a nuestro personaje, su obra es indeleble en la Historia de Colombia. Por citar sólo unos cuantos ejemplos, a él le debemos la fundación del Icetex (cuando él era muy joven todavía), la del Banco Educativo Colombiano, la ESAP, el Departamento Administrativo del Servicio Civil (cuando fue ministro de Educación, del general Rojas P.) y la creación del Icfes, Colciencias, Colcultura, Coldeportes, los Inems e Icolpe, cuando repitió en ese ministerio, durante el gobierno del doctor Lleras Restrepo (en donde fue sucedido por el mencionado doctor Arizmendi Posada, quien consiguió la puesta en marcha de tan formidables proyectos).

Nunca un colombiano ha llegado en la UNESCO a una posición más alta que la que él desempeñó: más allá de ser embajador de Colombia ante ese organismo, asumió por años la Subdirección General de ese importante brazo de la ONU. Desde allí, como responsable de todos los programas educativos del mundo, fue el más vigoroso divulgador de nuestra cultura ante el Orbe.

De su liderazgo global también es prueba su impoluta labor como presidente del Grupo Latinoamericano y del Grupo de los 77 y como supremo líder de la Conferencia Mundial de Educación.

Puedo recordar su última visita a Medellín, en diciembre del 2001. En esa ocasión, vino a la ciudad, para atender la invitación que le extendí para que nos acompañara en la celebración que este columnista le organizó al doctor Jorge Rodríguez Arbeláez, su casi hermano, con motivo de sus 80 años.

Dos meses después, en febrero del 2002, fue secuestrada su hija Íngrid. Ese sería el golpe que no podría soportar, pues el amor que les profesaba a sus dos hijas era el mayor motor de su vida. Al respecto, cuenta Íngrid en su libro “La rage au coeur” (escrito en un francés exquisito y redactado deliciosamente) que, en una ocasión, su padre, hospitalizado, se había sometido a unos exámenes del corazón y que, cuando ella le preguntó qué le habían encontrado, Gabriel le respondió: “A tí”.

Cuando su amada hija acababa de cumplir un mes de infame cautiverio, el corazón de Gabriel Betancur Mejía no resistió el vacío consecuente que ella dejaba en su corazón, y se apagó definitivamente. Tenía 83 años.

Teniendo en cuenta su vitalidad y fortaleza de siempre, es posible creer que, si los terroristas no le hubieran arrebatado la esencia de su vida, este excepcional forjador de utopías estaría con nosotros celebrando su cumpleaños número 90.

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Esta semana, la Orquesta Filarmónica de Medellín celebró sus 25 años, con un apoteósico concierto, en el Teatro Metropolitano. El programa estuvo a la altura de tan significativo aniversario, con nada menos que la psicológica “Sinfonía Fantástica”, de Berlioz.

La orquesta ha demostrado que estos 25 años no han pasado en vano y que, gracias a su constante impulso, en este momento puede ostentar un nivel de calidad altamente satisfactorio.

Nos alegra saber que, después de tantas dubitaciones, la Alcaldía esté comprendiendo la verdadera importancia de la Música Culta, en una ciudad asolada por la pobreza y por la violencia y el crimen, que, como han denunciado los periódicos, han aumentado ominosamente en el transcurso de esta administración.

Bien por la Filarmónica y bien por quienes, a lo largo de estos cinco lustros, han puesto su granito de arena para la materialización y consolidación de esta obra heroica del maestro Correa.