Modalidad- Mejor trabajo de periodismo narrativo en los premios Emisión 9 de la Universidad de Antioquia
“Los libros matan, hermano”
11 de Enero de 2008


Entrevista a Helí Ramírez Gómez, poeta antioqueño que supo incorporar a su poesía el lenguaje barrial, cercano al relato y a la creación de personajes y ambientes.


Juan José Hoyos y Helí Ramírez Gómez

John Henry Amariles Mejía

“¡Uy, hermano!... ¿Por qué escribo? A veces pienso porque nací para esa güevonada. Así no me guste posar de escritor, así no me guste ir a leer (en voz alta) a ninguna parte. Es más hermano: yo creo que este momento nunca jamás lo voy a volver a vivir, yo creo que lo que diga como escritor sobra frente a mis libros. Ahora: Si los libros no dicen nada, entonces hablen con el autor, hermano... Esa vaina de que el Auditorio Helí Ramírez, eso me duele hermano, me avergüenza, me repugna y no me gusta. Mejor dicho: no me gusta ni que usted me esté entrevistando, hermano”.

Así empezó lo que parecía una fallida entrevista a Helí Ramírez, en una taberna del barrio Castilla, al Noroccidente de Medellín. Estamos a finales de junio del 2006. Se inauguraba un auditorio con su nombre y muchas personas se preguntaban cómo hicieron los organizadores del evento para convencerlo de que aceptara ir a aquel homenaje; aunque semanas después optaron por quitarle su nombre al auditorio, porque siempre que iba al lugar, despotricaba como si eso fuera la peor afrenta que le hubieran hecho en la vida.

“Sí, a Helí no le gustan las entrevistas, afirma Oscar Castro, él tiene todo el derecho: Es un poeta. Si él piensa que lo que tiene que decir lo dice en su poesía, vaya a su poesía. Eso quiere decir que está dedicado a lo suyo y que no tiene nada más que decirle a nadie”.

“Ahorcamos desde pelados a la emoción con un alambre de acero”

Helí nació en 1948, en Ebéjico, y por esas turbulencias de la violencia de los 50’s, en 1952 debió huir con su familia a Medellín, en donde se establece en Belén Rincón, poco antes de llegar a Castilla, espacio en el que se escenifica gran parte de su obra.

Sus primeros recuerdos de lecturas y de libros vienen de sus días en Belén Rincón: “Hasta allá llegaba un carro con libros de la Biblioteca Pública Piloto. Ese carro fue el que mató a Morfeo. Y yo siempre vivo perseguido por la muerte. Morfeo era un pelaíto del barrio. Estaba jugando. Los pelaítos se meten por debajo de los carros. El carro empezó a reversar para irse. Eran por ahí las 5:30 de la tarde, y trán: Le aplastó la cabeza a Morfeo. Murió por ahí de siete años... Aplastado por libros. ¡Aplastado por libros! Los libros matan, hermano. Yo creo que también voy a morir aplastado por libros”.

“Asesinamos a la muerte con sus voces de nostalgia mohosa”

“Sí, nací con el viento en contra. Así asumí la literatura... Y mi vida. Hermano, hice de todo”, antes de estabilizarse laboralmente en el Seguro Social, en donde “terminé manejando un hijueputa polvero, un archivo de historia, pero a mí me interesaba mi salario hermano, porque loquiando no tenés nada fijo. Allá camellé 28 años”.

“Él sabe que es un poeta distinto -afirma Víctor Gaviria-. Lo que pasa es que la belleza de él es de otra manera, no es de princesas ni lo que es la belleza habitual; de ahí la fuerza que hace para inventarse, para escribir poesía. Es algo que cobra en cierto sentido. Como quien dice:

¡Es que Ustedes no saben todo lo que yo tuve que hacer! O sea, la revolución personal, de lenguaje y la forma como tuvo que creer en sí mismo. Él es consciente de su valor”.

Guillermo E. Baena, editor de la desaparecida revista de poesía Deshora, dice que “hoy muchos poetas lo aceptan. Pero cuando él empezó a publicar era tomado como un poeta del montón y no alcanzaron a ver el lenguaje poético, profundo, que tiene Helí. Ya es mucho más aceptado gracias a las publicaciones que ha hecho. Dentro de los jóvenes ha tenido mucha aceptación. La prueba es que las pocas veces que Helí ha leído poesía son los jóvenes los que han acudido, fundamentalmente”.

Helí considera que escribir no lo aleja de los demás ni lo hace más interesante, ni mucho menos distinto: “No hermano, vea: yo nunca me he considerado... un demiurgo ni un chamán ni un escogido por Dios para ser el vocero de una comunidad o de un pueblo o de un grupo”.

Para Juan José Hoyos, Helí “se ve a sí mismo como un habitante más de nuestra ciudad. Es una de las cosas más bellas que tiene, él no ha dejado de ser el mismo: una especie de camaján de barrio pero que escribe poesía”.

Ante la pregunta ¿Por qué se fue de Castilla?, silencio. Es como si en su interior se debatieran secretos amores y odios. Duda.

Piensa, hasta que por fin responde: “Yo no me fui del barrio...”. Cierra los ojos unos segundos, como si le tomara una foto a lo ocurrido: “Nunca me he ido del barrio, cada 15 días camino por sus calles. Vengo por mi esposa y nos recorremos estas calles”. Un nuevo silencio se instala en medio de los dos. Hasta que por fin, confiesa: “Lo que pasa es que me tuve que ir porque hubo un tropel en el que había cuchillo y bala de por medio. Por eso. Pero no porque quisiera hacerlo”.

“Le hago el túnel y saliéndole por un lado le hago clavar al suelo la cabeza al arquero de paso eludo la tarde al día al sol y a las gentes que gritan”.

Para Helí el fútbol es su primer apellido. Inclusive el día que no entraba a clases se iba para el estadio a jugar fútbol. O para una finca en los alrededores del Liceo Antioqueño. Jugaba en un equipo de fútbol, en la Marte Uno del estadio, de puntero derecho. Llegó hasta el ascenso, que en esa época era como la B ahora, pero regional.

Eran los tiempos en los que los torneos de fútbol interbarriales se vivían con intensidad. Caso aparte, los partidos entre Castilla y Pedregal, que a veces terminaban en batallas campales. Las canchas de La Tinajita y del Doce de Octubre, los escenarios de estos duelos.

Un personaje de uno de sus libros, sacado de aquel ambiente futbolero es Cataño, “un cucho por ahí de 40 años, hincha furibundo de Medellín. Era un marcador de punta hermano, estilo Yotagrí, que fue de los primeros marcadores de punta estilo Roberto Carlos, papá, suba y baje, suba y baje. Yo era un pelao, y ya jugaba con los grandes”.

“No seguí con el fútbol porque me encarreté en otro rollo hermano... la poesía... la bareta... El mundo libre hermano: República Independiente de Castilla y las Comunas”.

“Jugaba de alero” es la historia de un futbolista que en su momento fue triunfador, “Borilo”. “Borilo, es un poco la historia trágica de los muchachos dedicados al fútbol. ¡Uy hermano!, mirando la historia de Garrincha me acordaba de ese pelado”.

Así como Borilo “existió”, pasó con “La mayoría de los personajes de mis libros, digamos que el 85% es gente real. Por ejemplo, Milín existió”. Tuvo un final tempranero: a los 22 años se fue de este mundo: “Eso fue a las tres de la mañana... Un cucho salió de una pensión, de comerse a una vieja. El man lo atracó y le robó una grabadora. Y llegó el cucho hermano, quién sabe qué clase de cucho era, llegó y le dio tres pepazos de una. ¿Y sabe en dónde lo mató? Lo mató en Maturín, entre Carabobo y Bolívar. Estos intelectuales maricas actuales afirman que los jóvenes están muriendo... Los jóvenes siempre hemos muerto. Y seguimos muriendo”.

“Milín era un man que a las cuatro de la tarde se tiraba sus mocasines, su chaqueta y a Guayaco, al ruedo papá: A robar. Era el jefe de toda la gallada. Milín salía al centro a rebuscarse la vida, a tirarse meras pintas, quebrarse sus meras chimbas, tirarse sus baretos, beber. Se pasaba todo el día en su casa, en donde tahuriábamos y tirábamos bareta como un hijueputa...”.

La novela “La Noche de su Desvelo” también se basa en hechos y personajes reales. Eso para él es entendible porque, “Hermano: La literatura es ficción y realidad. Y realidad y ficción. Es igual para todo: Llámese literatura, pintura, música. Ese es el arte, pienso yo, hermano”.

“Me acuesto a dormir y encuentro una fila de cosas que quieren soñar conmigo”

Desde hace unos años Víctor Gaviria vive interesado por llevar al cine “La Noche de su Desvelo”. Para él esta novela “es un sueño. Ahí están todos los elementos de la realidad, de una familia, desde el ladrón hasta el profesional, pasando por el papá campesino. O sea, está toda la ciudad, vista desde el barrio popular”.

Gaviria reconoce la deuda que tiene con Helí, en cuanto a que le prepara el terreno para hacer muchas de las cosas que hace: “Ya después, cuando hice ‘Rodrigo D’, a mí me quedó muy fácil porque yo ya conocía toda esa poesía. Ya estaba preparado, desde el lenguaje, los personajes... Si Helí no me hubiera preparado, esa vaina hubiera sido muy difícil”.

El hecho de ser amigos no ha facilitado que dicho proyecto se concrete, debido “a que guardo un gran respeto por Helí, para no molestarlo”. Por su parte, Helí reconoce que Gaviria sería un excelente director para una eventual versión cinematográfica del libro: “Es que yo creo que un man como Víctor lleva al cine cualquier cosa. Además este guevón se ha identificado con la novela”.

Gaviria conoció a Helí en la revista Acuarimántima, dirigida por el escritor y entonces profesor de la Universidad de Antioquia, Elkin Restrepo. Ambos eran nuevos en la revista, por esa época. “Todos en la revista estábamos fascinados con el libro “La Ausencia del Descanso”, pero sobre todo con “En la parte Alta Abajo”, que nosotros editamos en Ediciones Acuarimántima. Helí nos lo leyó una noche en la casa de Daniel Vinogrado, que era cercano a la revista. Esa noche nos leyó ¡Todo el libro! Y nosotros no nos cansábamos. Esa noche cambiamos completamente de punto de vista sobre Medellín”, puntualiza.

Helí se sintió bien con la receptividad que recibieron sus poemas en Acuarimántima. Era muy joven y lo invitaron a hacer parte de la redacción de la revista, a la que se vincula, hasta su desaparición. Asistía a las reuniones, no hablaba mucho pero “daba sus opiniones cuando era necesario”, anota Elkin Restrepo.

“La gente de Acuarimántima, hermano, me abrió las puertas del mundo de la literatura que llaman: Elkin Restrepo, Víctor Gaviria, Miguel Escobar... Es de las pocas veces en las que he leído poesía públicamente, que no llegan a los dedos de una mano. Esa noche leí “En la parte alta abajo”. Ellos dicen que los impactó mucho. Ya eso es al margen de Helí Ramírez como persona. Eso fue el libro”.

Por su parte, el pintor Fredy Serna también reconoce tener una deuda con la poesía de Helí: “Yo pinto lo que él escribió, aunque él escribió algo distinto, pero eso es lo mismo”. “A la literatura le hacía falta la pintura”, responde Helí. “No hay pintura sin poesía”, termina Fredy. Tal reciprocidad de valoraciones tiene sobre el tapete un proyecto en ciernes: Un libro de Helí con pinturas de Fredy Serna.

Una poesía diferente

Juan José Hoyos considera que “su poesía es muy importante, muy singular. Es la primera vez que yo siento como que un poeta habla con nuestra propia lengua la historia de nosotros, especialmente de los que crecimos en los barrios populares de ciudades como Medellín. Después de los años 50, 60, no he visto otra poesía así. Es una poesía que cambió muchas cosas de la poesía colombiana contemporánea. Para mí es como un milagro, porque describe un mundo de pura vida y que poco había trascendido a la literatura escrita. Diría que de pronto un antecedente son los cuentos de Umberto Valverde en ‘Bomba Camará’. Pero en poesía no había visto eso”.

Al respecto, opina Elkin Restrepo: ”No sé si la obra de Helí es tan conocida en Colombia como uno quisiera. En Medellín sí lo es, y cada vez más. Por su supuesto, con enorme respeto y reconocimiento, porque es una poesía sui generis, es muy distinta de las demás; tiene el atractivo de que está respaldada por una actitud del autor muy radical, clara, y definida”.

Lo innegable es que sus libros no se consiguen, hace rato están agotados y no se avizoran reediciones de sus textos, distinta a la mencionada por Fredy Serna.

Claro que, según Elkin Restrepo “a Helí todavía no lo veo haciendo parte de antologías de la poesía nacional, porque éstas a veces se hacen desde las conveniencias y creo que eso le hace bien a su trabajo; porque siempre será diferente, y siempre estará ahí, a la espera de quien con buen espíritu se acerque a él”.

A pesar de lo anterior, Elkin Restrepo piensa que “En la Parte Alta, Abajo” es una de las obras de poesía más importante de la literatura colombiana de todos los tiempos, en donde su poesía está muy cerca del relato y de la creación de personajes y de ambientes. Por primera vez en la poesía colombiana está el lenguaje barrial, con su sintaxis, con sus términos”.

Oscar Castro afirma que “Casi nadie escribe como Helí o sobre los temas que él escribe. O sea, él no ha fundado ninguna corriente. Él es como un ave solitaria. Si usted lee la poesía que produce en Medellín, por lo menos y dijéramos en Colombia, la poesía reciente y uno ve que Helí es como un grito en el desierto, es como una valiosa y creo que no aprovechada explosión, incluso por los lectores, por la juventud”.

“Déjame fabricar con tus cabellos lazos para ahorcar el odio asomándome su rostro a cada instante”

En una ocasión un amigo suyo, “El Chiqui”, le planteó el proyecto de hacer un video sobre Helí. La respuesta inicial “no”, que cambió por “sí” debido a que “El Chiqui” tenía una compañerita tan bacana y tan especial en esa época; siendo de un medio social tan hijueputa, Martica, y esa señora era... una bacanería. Y no hablaba de paternalismos sociales ni nada de ese tipo de cosas. Y más que “El Chiqui”, yo creo que fue esa señora la que me convenció del video, por respeto a las damas, a la mujer”.

“La mujer popular –continúa Helí- para mí... Es una héroe. Porque nosotros por nuestra incultura, por nuestra formación, por todo, tratamos mal a la compañera. Somos unos atarvanes con las mujeres. Para mí la mujer es un símbolo especial: Mejor dicho, yo reivindico la diosa, la cultura de la diosa, la diosa madre; porque el machismo hermano, el dios... Es una opresión”.

A su esposa la conoció en una particular circunstancia, que es detallada por Juan José Hoyos: “Cuando la esposa de Helí lo conoció a él, los dos nos íbamos a encontrar ese día y ella se iba a encontrar con una amiga. Entonces, llegó donde la amiga y nosotros estábamos con esa amiga. Y la amiga le dijo: te presento un poeta y un periodista. Y ella le dijo: no sé cuáles me caen más gordos, si los poetas o los periodistas. Y llevan más de 30 años viviendo juntos”.

“Lentamente vuelvo a vos poema en mí...”
Para Helí escribir es una simbiosis en donde se conjugan el placer y el dolor. Pero también es “luchar por la vida. Es todo, hermano, es una lucha, hermano”.

Al insistirle en qué siente al escribir, protesta: “Ah, no hermano...”. Cuando parece que va a acabar la entrevista, mira con cierto estupor, justo antes de responder, con sinceridad: “No sabría definir eso en este momento. Mejor dicho: no sabría decirte eso, ni en este momento ni en ningún momento hermano. A veces yo pienso que escribir un poema es como hacer el amor, hermano”. Una pausa. Me mira. Ve que aún continúa la grabadora en lo alto, a la espera de la puntilla final de la respuesta suspendida y simplemente agrega: “No, no, no, yo para elaborar teorías, no, hermano”.

Escribe a cualquier hora, todos los días, en cualquier lugar: “Puedo estar con usted o con el otro y... A la hora que me separe, que llegue a la casa, escribo cualquier cosa... Escribí alrededor de 20 poemas encanado. Y esos poemas están en el libro ‘Golosina de Sal’”.

“¿Por qué me encanaron? Ah no, eso sí...”.

¿Reserva del sumario? “Ya estás hablando como un juez”.

Baena considera que “desde que Helí publicó “En la Parte Alta Abajo” ya se descubrió en él un buen poeta, un poeta muy distinto a los que teníamos en Medellín; rompió con mucha tradición. Algo de eso se conocía ya, sobre todo con algunos poetas norteamericanos, de la generación beat, que hacían unos planteamientos frente a la ciudad, sobre la actitud de una persona en el mundo, cuestionándose la sociedad de consumo, todo este tipo de cosas. Pero, en el medio colombiano Helí es algo nuevo, fresco.

Habla con el lenguaje nuestro, sin esa grandilocuencia a la que nos tenían acostumbrados muchos poetas que ya estaban en desuso. Helí en cambio nos propone un lenguaje de la gente del común; con una gran ironía, con un gran sentido de la solidaridad, de la gallada, del barrio. Por eso es que Helí se ha hecho un espacio propio acá, por eso es una voz que va a sonar mucho tiempo en la poesía colombiana”. Al respecto, Elkin Restrepo considera que “la poesía de Helí tiene cierta vocación de permanencia, es importante y se leerá en el futuro porque si alguien quiere pensar ese Medellín de los años 70 en adelante, necesariamente tiene que acudir a Helí”. Juan José Hoyos concluye: “No sé... porque no soy inmortal. Sólo se me viene a la mente una expresión muy propia de él, y es aquella que dice que de aquí a eso estaremos chupando anturios, que es la flor que crece en los cementerios”.