¡Ramiro Arango está aquí!
Artista que renace para el país
14 de Diciembre de 2007


Él no está regresando a Medellín. Está llegando. Desde hace dos años, recorre la ciudad para conocerla y aprenderla. Hasta ahora no ha sido fácil. Él viene de París, donde vivió durante 33 años.

Foto: Edwin Bustamante 

Las cafeteras, las calabazas, los poporos... los objetos toman vida en la obra de Arango y parecen caminar por la obra de Arango

Margarita Isaza

Su obra artística también llegó con él. La trajo en un contenedor al que no le cabía ni una pintura más. Hoy, su apartamento es una galería pues las paredes están tapizadas de lienzos y uno de los cuartos tiene el rebujo, propio de los talleres de artistas, adornado con papeles y libros de la cultura Maya. Mientras que los pinceles y los tubitos de pinturas los conserva en un orden exquisito. En su habitación, están los cuadros que más quiere, los que por nada del mundo vendería, su colección personal.

El artista que nació en Fredonia hace 61 años, el que estudió economía en Bogotá cuando en realidad quería ser poeta, el que dejó de trabajar en una gran empresa para dedicarse al sueño de pintar, el que se fue a París y creyó que no iba a volver, se llama Ramiro Arango y vive en un edificio del centro de Medellín.

A veces, casi todos los días, no soporta el ruido que le niega la concentración. Se queja de tantos decibeles, tan inoficiosos, y no se explica cómo un día de fiesta nacional puede ser para él y para sus vecinos del Parque de Bolívar una tragedia de bulla, desde el amanecer hasta el mediodía. París, en cambio, es tranquila; allí se respeta a las personas y su tiempo, asegura.

Ramiro Arango está casado con una bogotana, de origen antioqueño, que también es economista y quien también lleva muchos años en París. Sus hijos son los cuadros que juegan por toda la casa, silenciosos.

Decidió cambiar la economía por el arte cuando se dio cuenta que llegaba cansado del trabajo y lo único que quería era “hacer dibujitos”, recuarda ahora mientras se toma un café, hace una pausa, nuevamente sonríe y luego comenta que los hacía hasta que se le quitaba el cansancio y por fin podía dormir. Para ese entonces, era un profesional exitoso que veía en su trabajo una buena fuente de dinero, pero sin muchas satisfacciones para el espíritu. Para la fortuna del país, hubo una coyuntura en su empresa y decidió pedir una indemnización que le permitiera hacer las maletas para estudiar pintura en Francia. Así lo hizo en 1975. Cuatro años después comenzó a exponer en Europa y en América, y se ganó un nombre como artista.

Tres períodos

Su obra no ha sido siempre la misma, pues con el aprendizaje y la experiencia sus búsquedas han cambiado. En un primer período, la obra de Arango se basa en la elaboración de pinturas donde los objetos son imaginados: hay frutas imaginarias, sin nombre, lisas, llenas de luz y de sombra, esparcidas en espacios infinitos; las cosas están tiradas ahí, como caídas de alguna parte en su horizonte sin límite. Después, llegan los espacios delimitados, representando un abandono metafísico, y presentes en el recuerdo de los orígenes que alimentan.

Y empieza a aparecer, así, el segundo período, que es cuando esos objetos toman vida, cuando la naturaleza muerta se transforma en personajes, en seres vivientes, como seres humanos que realizan acciones: están en reuniones familiares, en paseos al campo, en evocaciones mitológicas, en retratos de objetos-personas, etc. De ahí, se apropian de obras que han marcado la historia del arte, transformando sus composiciones y reemplazándolas por los objetos-calabazas-frutas, y estableciendo un diálogo con los recuerdos del espectador y una unión visual entre la cultura indígena de las Américas y Europa.

Según el catálogo de exposición A Praga Maravilhosa. Pintores colombianos em Paris, este período de Ramiro Arango “es la simbiosis de dos culturas en la expresión formal de las tradiciones europeas y el sentimiento ancestral de las influencias indígenas encarnadas en elementos rituales como el poporo o simplemente de uso corriente como la calabaza”.

Luego, en un tercer período, la forma comienza a rasgarse, a envolverse. Es cuando los objetos se pliegan y despliegan a partir de un punto hipotético inicial, como el universo que se expande y se contrae… como en el ritual de creación de una cultura moderna.

Ramiro Arango se encuentra en esas búsquedas, que lo han llevado de lo inanimado a lo vivo, de lo vivo a lo suspendido, y entre todo eso, al ser artista. Mientras tanto, seguirá pintando, ahora teniendo bajo el brazo toda la historia de la cultura Maya y esparando que algún museo de Medellín le abra las puertas a su obra.