Atalaya
Pepe Sierra
Autor: Rodrigo Sanín Posada
22 de Agosto de 2007


Ojeando libros viejos me encontré con uno titulado “Pepe Sierra –el método de un campesino millonario”- que hoy en día se encuentra agotado en las librerías, escrito por Bernardo Jaramillo Sierra, nieto del magnate.

El libro editado por Bedout en 1947-casa editorial hoy lamentablemente desaparecida que hiciera tantas cosas buenas e importantes por la literatura de este país- son unas interesantes impresiones sobre el legendario hombre de campo que llegó a ser, si no el más grande, uno de los grandes potentados de Colombia.

José María Sierra Sierra era hijo de Evaristo y Gabriela, primos hermanos entre sí, descendientes en línea directa de don Ignacio López de la Sierra, el primer peninsular que trajo a estas montañas el apellido al cual se encuentran vinculados por la sangre destacados colombianos como Monseñor Manuel José Sierra, fundador de la Universidad Pontificia Bolivariana y el actual presidente de la República.

Se inició don Pepe en el siglo XIX en la siembra de caña y producción de panela en la finca de su padre- llamada San Esteban- en las vegas de su Girardota natal, en otras épocas llamada también Hato Grande- nombre tomado de la gran hacienda que fue de doña Ana de Castrillón, matrona de la estirpe, esposa de gobernadores y fundadora de Medellín- latifundio que iba desde Bello (Hato Viejo hasta Barbosa (El Hatillo).

Allí don Pepe prontamente dio muestras de su vigorosa capacidad de trabajo, pues laboraba hasta de noche, haciendo surcos y sembrando caña. Su padre lo recriminaba diciéndole “este Pepe ni duerme ni deja dormir”, pero el tenaz agricultor no cedía en su empeño de conseguir un patrimonio propio.

A los pocos meses sus hermanos le vendieron sus derechos y él quedó como único cosechero de San Esteban.

Los fines de semana, cuando todos descansaban, don Pepe armaba una recua de mulas y bueyes y se iba para San Pedro a vender la panela y a traer papa que vendía con pingüe ganancia.

Se vinculaba así a la arriería que sería una fuente creadora de fortunas como las de don Alejandro Angel y don Pedro Jaramillo que se hicieron a un gran riqueza llevando y trayendo mercancías de Medellín por el camino de Islitas hasta Nare y a Manizales por el camino de Sonsón- Aguadas.

Con sus muladas don Pepe hacia grandes recorridos desde Girardota hasta Caracolí y otras zonas del Departamento.

Rápidamente se fue haciendo don Pepe a la propiedad de varios predios en los cuales comenzó la industrialización de la panela con un molino hidráulico que molía caña las 24 horas del día, desbancando a sus competidores que trabajaban con viejos molinos halados por mulas.

Con la abundante producción de panela se vinculó también a la producción de aguardiente lo que aumentó sus ingresos.

Empezó a diversificar sus inversiones con la creación de ganaderías y se trasladó con su familia para Medellín en donde fue ampliamente conocido por su gran afición a las peleas de gallos.

Alguien que lo conoció en su afición a tales riñas decía que “don Pepe entraba a la gallera y dominaba la situación desde el primer momento, sus gallos eran los más finos y famosos”. Por supuesto, don Pepe apostaba dinero y ganaba dinero con sus ejemplares de selección. Le gustaba el juego y el ambiente de las galleras, pero una vez recriminaba a uno de sus hijos conocido por malbaratar gruesas sumas en los garitos diciéndole que “a mi no me choca que juegue, lo que me choca es no gane nunca”.

Mientras tanto, don Pepe compraba tierras en donde quiera que le interesaran para su negocio.

A comienzos del siglo pasado entró en el negocio de los remates de rentas municipales. Se trasladó a vivir a Bogotá en donde comenzó una serie de negocios de ganado en la Sabana y municipios aledaños.

La fortuna había crecido y alcanzado, hacia 1907, un volumen inconmensurable. Se decía que tenía más numerario que el mismo gobierno y se convirtió en el primer financiador del ejecutivo a través de la suscripción de bonos.

Entró en el negocio bancario como accionista del Banco Central y en la financiación de grandes obras públicas como los ferrocarriles del Pacífico y Amagá.

En esta época compró la hacienda El Chicó de 330 fanegas con una enorme visión que lo convirtió en dueño de las tierras más valiosas de la capital y en controlador del desarrollo urbano de la ciudad que en sus barrios de estratos altos crecía en esa dirección.

Este inteligente y avezado negociante de Giradota, cuando murió en 1921 a los 73 años, dejó una enorme fortuna representada casi toda en grandes extensiones de tierra diseminadas en los departamentos de Antioquia, Cundinamarca, la sabana de Bogotá y el Valle del Cauca.

Es un ejemplo para las nuevas generaciones del antioqueño tesonero, trabajador e independiente que logra hacer una fortuna a base de esfuerzo y trabajo.