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Rubén Darío, el gran poeta de Nicaragua
Autor: Iván Guzmán López
31 de Enero de 2013


Nicaragua ha realizado varias actividades este mes para conmemorar al poeta Rubén Darío, considerado el padre del modernismo literario latinoamericano, por el aniversario número 146 de su nacimiento.


El mes de enero, mes por excelencia dedicado al descanso luego de un año  continuo de trabajo, nos presenta el natalicio de uno de los más grandes íconos de la literatura americana y mundial. Se trata de Rubén Darío. O Darío, simplemente, como se le cita a menudo.


Con él, de tarde en tarde vuelve a mi memoria y a mi corazón, la hermosa figura de mi primera maestra de escuela cuando, en mañanas de gozo, nos leía sus espléndidos poemas. Luego de mostrarnos una carátula azul en cuyo fondo aparecía dibujado un gran cisne y que respondía perfectamente a la definición estética de modernismo, rompía a leer con un acento especial, el poema “A Margarita Debayle”:


“Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.


Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.


Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.


La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.


Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así. (...)”.


Sintiendo tal vez que la juventud se le escapaba, como solemos pensar tempranamente, continuaba con igual emoción, recitando “Canción de Otoño en Primavera”:


“Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.


Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.


Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor. (...)”.


Tiempo después, ya picado  el espíritu por el bicho literario, volvimos con emoción al gran poeta de Nicaragua, caudal de lirismo por el cual llegamos a Víctor Hugo, Juan Valera, José Martí, Leopoldo Lugones, Pablo Neruda, Amado Nervo, José Asunción Silva,  entre otras figuras de la literatura mundial de hogaño.


Su vida


Rubén Darío, cuyo nombre de pila responde a Félix Rubén García Sarmiento, nació el 18 de enero de 1867, en Metapa (hoy llamada ciudad Darío), Nicaragua.


Sus padres, Manuel García y Rosa Sarmiento Alemán, se separaron cuando él todavía era muy pequeño, quedando al cuidado de la abuela que lo educó, cuidó  y presentó en Managua, siendo todavía  adolescente, como un artista prodigio.


El poeta niño, como se le llamaba entonces, leía a los bardos franceses, a la vez que era invitado a recitar poesía en los círculos culturales de la ciudad. A la edad de doce años publicó sus primeros poemas: “La fe”, “Una lágrima” y “El desengaño”.


A propósito de su temprana vocación por la poesía y la lectura de los franceses, cuenta la anécdota que en 1882, cuando Darío contaba solamente con quince años, fue recibido por el presidente de entonces, Joaquín Zavala, y luego de leerle  un poema -que más era una diatriba contra la patria y la religión-, le preguntó si él pudiera ir a Europa. Sereno, el presidente respondió: “hijo mío, si así escribes ahora contra la religión de tus padres y de tu patria, ¿qué será si te vas a Europa a aprender cosas peores?”.


En 1886 viajó a Santiago de Chile. Allí publicó “Abrojos”, (1887) y “Canto épico a las glorias de Chile”, (1887); sus primeros poemas son una mezcla de tradicionalismo y romanticismo, al estilo del poeta español Gustavo Adolfo Bécquer y con una clara temática  social. Allí publicó su gran primer libro, “Azul”. El azul era para él, ya como buen modernista, “el color del ensueño, el color del arte, el color helénico y homérico, un color oceánico”.


En un primer momento la publicación no tuvo mayor eco, salvo una pequeña reseña en la prensa chilena pero, en octubre de 1888, la opinión del respetado novelista español Juan Valera, vertida en el periódico El Imparcial, de Madrid, cambió el rumbo del libro. Dijo Valera:


“... Y usted no imita a ninguno: ni es usted romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quinta esencia”.


Los elogios de Valera, difundidos en Hispanoamérica, supusieron el éxito de la obra y pronto se agotó la edición. Otros poemarios suyos son: “Prosas profanas” (1896 y 1901), “Cantos de vida y esperanza” (1905), “El canto errante” (1907), “Canto a Argentina y otros poemas” (1914).


En 1892 viajó a España  en representación del Gobierno nicaragüense y luego a Estados Unidos y Francia. Vivió una temporada en Buenos Aires trabajando para el diario La Nación, lo que le dio una reputación internacional. En 1898 regresó a España como corresponsal del mismo diario. En 1907, convertido en un gran poeta de éxito en Europa y América, fue nombrado representante diplomático de Nicaragua en Madrid.


Rubén Darío, El Príncipe de las Letras Castellanas, el Padre del Modernismo,  falleció el 6 de febrero de 1916, con escasos  49  años, convertido en el centro de gravitación del modernismo hispanoamericano.



“Que el amor no admite cuerdas reflexiones”

“Señora, el amor es violento,
y cuando nos transfigura
nos enciende el pensamiento
la locura.


No pidas paz a mis brazos
que a los tuyos tienen presos:
son de guerra mis abrazos
y son de incendio mis besos;
y sería vano intento
el tornar mi mente obscura
si me enciende el pensamiento
la locura.


Clara está la mente mía
de llamas de amor, señora,
como la tienda del día
o el palacio de la aurora.


Y al perfume de tu ungüento
te persigue mi ventura,
y me enciende el pensamiento
la locura.


Mi gozo tu paladar
rico panal conceptúa,
como en el santo Cantar:
Mel et lac sub lingua tua.
La delicia de tu aliento
en tan divino vaso apura,
y me enciende el pensamiento
la locura”.




Sonatina

“La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave de oro;
y en un vaso olvidado se desmaya una flor.


El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.


¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?


¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.


Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.


¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.


¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
La princesa está triste. La princesa está pálida...
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
La princesa está pálida. La princesa está triste...
más brillante que el alba, más hermoso que abril!


¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte ,
a encenderte los labios con su beso de amor!”









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