Homenaje a Cayetano Betancur Campuzano, intelectual pionero de la filosofía en Colombia, cuyo centenario conmemoramos el 27 de abril
La Universidad y la responsabilidad intelectual
30 de Abril de 2010


Extractos tomados de conferencia del filósofo centenario dictada en 1955, cuando ejercía como decano de Filosofía de la Universidad Nacional.


Cayetano Betancur fue reconocido por su labor profesional en el derecho y formadora en la filosofía.

CAYETANO BETANCUR CAMPUZANO

El tema de la responsabilidad intelectual es todo él una cuestión de nuestro tiempo. A Sócrates no se le ocurrió plantear ante los sofistas este problema. Se discutía entonces un asunto más radical, es a saber, si la inteligencia (o la razón), puede alcanzar el ser de las cosas. Los sofistas no eran unos irresponsables intelectuales: muy al contrario, eran gente seria, pues seriedad implica el decir que el ser es inaccesible, y que sólo debemos ocuparnos de las cosas mismas, en cuanto prácticas, en cuanto pragmáticas. El triunfo de Sócrates no fue contra la charlatanería de los sofistas sino contra su escepticismo…

Corresponde quizás a la última centuria que llevamos de vida histórica, es decir, de 1850 hasta nuestros días, el que la inteligencia empiece a abusar de su tarea, el que no responda por lo tanto a la misión que siempre se le tuvo asignada. En efecto, casi contemporáneos son Nietzsche, Oscar Wilde, Bernard Shaw, Proust, Gide, y en ellos cabe localizar buena parte del origen en el abuso de la inteligencia. No niego que en muchos de ellos, primordialmente en Nietzsche, palpitará en lo hondo una inconformidad contra la suficiencia filistea de las gentes de su tiempo, inconformidad que se dirigía desde luego a la búsqueda de valores elevados y que pugnaba por hallarlos a contra vía, es decir, por caminos distintos de los que la humanidad había trasegado milenariamente.

Pero en todos los citados y en otros más de menor prestancia, se anuncia ya la posibilidad de hacerlo todo con la inteligencia, lo que no es otra cosa que una manera de caricaturizarla y ponerla en ridículo. El intelectual de nuestro tiempo tiene su filiación en estas grandes figuras de la cultura moderna. Su inteligencia ya no sirve para el conocimiento de la verdad, sino que “es una forma de la propaganda”, para usar una expresión spengleriana. En este momento agónico, la inteligencia es “voluntad de vida”, “fuerza vital”, “principio dinámico práctico”, en ningún caso voluntad de verdad.

Del periodismo

Lo que ahora contemplamos no significa otra cosa que el torpe aprovechamiento de la inteligencia para expresar toda clase de pensamientos, así sean ellos verdaderos o falsos, calumniosos o veraces, símbolos de autenticidad o recursos de la más refinada simulación. Nadie osaría negar que en mucha parte el origen de este mal tan peculiar a nuestra época corresponda también al periodismo, una necesidad típicamente occidental, desconocida completamente antes, y ello por razones obvias. Desde que diariamente un ejército de hombres que se llaman periodistas, se vean en la necesidad de ganarse la vida, escribiendo, sin saber si tienen algo que decir, y sí sólo en posesión de unas múltiples maneras de decirlo, resulta entonces claro que el pensamiento debe derivar hacia zonas distintas de las de su objeto propio que es la de expresar la verdad. Ya es una hazaña que existan periodistas que sepan sustraerse a la necesidad de falsificación, aun a costa de que se les llame triviales y adocenados. Pero si miramos más a fondo, ¿no está afectada de periodismo toda la cultura moderna?

La Universidad

La inteligencia debe responder hoy a la pregunta sobre su misión, dando cuenta, a la vez, acerca de la manera como la ha cumplido en nuestro tiempo.

La universidad medieval surge en las escuelas.

Por ello se llamarán, durante largos siglos, “escolares” a los alumnos que la integran. Las palabras escolar y escuela tienen una raíz común en el griego más antiguo que significa “tiempo de ocio”, o el ocio mismo.

Esto porque se suponía que el tiempo escolar es la otra cara de la medalla de “los días laborales”. La labor, el trabajo consistía para los griegos en la producción de cosas útiles, de krémata, objetos al fin y al cabo del comercio y del trueque, con los cuales se atendía a la subsistencia propia y de la familia. El escolar, en cambio, sólo tenía por misión la theoria, la contemplación… Suena a contradicción el que hoy hablemos de universidades industriales, obreras, artesanales, etc., pues el que concurre a una universidad no puede hacerlo en otro papel que en el de intelectual, así su labor cotidiana y su subsistencia se radiquen en humildes quehaceres extraños a la contemplación desinteresada. El “kalos sjolazein”, el entretener bellamente los ocios, tiene que seguir siendo la actitud interior del que concurre a las aulas, pues sin ella se frustra el propósito, fracasa la intención. Claro está que la labor intelectual de estos tiempos se halla muy lejos de poder ser llamada una bella entretención de los ocios. Los problemas del saber son hoy tan arduos que sólo pueden afrontarse “cura ira et cum studio”, con ahínco, con pertinacia desusada en cualquier otro menester.

“Escolar” o “estudiante”, de cualquiera manera que se les llame, son ellos los primeros en el derecho de hacer a la Universidad la siguiente pregunta, la pregunta fundamental, la que la universidad debe responder: ¿Qué función desempeña en los claustros universitarios la inteligencia? ¿Cumple en ellos su función radical de buscar la verdad, de inquirir por la verdad, de crear la verdad? ¿Saben a la vez esos mismos claustros cuáles son los límites de la inteligencia? La responsabilidad de la universidad opera primordialmente ante todo en el que tiene un interés por la inteligencia. Con esto se alude a una sociedad o a una parte de la sociedad, que no es otra que el grupo intelectual, con derecho a exigir de la institución universitaria el cumplimiento de sus finalidades. La verdad, tal como la concibe actualmente la filosofía, es tanto cuestión de descubrimiento como de creación. Y esto porque el mundo a que la verdad se dirige no es sólo un mundo que no es dado sino también un mundo por nosotros construido. Cierto es que nuestra inteligencia está limitada por los materiales con que la verdad se construye; por tanto, respecto de estos materiales cabe siempre la actitud pasiva del intelecto, tal como la miraron los griegos clásicos: en otras palabras, cabe cumplidamente la contemplación. Mas por otro aspecto, esos mismos materiales no son más que el punto de partida de un acto creador de nuevas verdades…

Libertad y ciencia

La ciencia ha llegado, por tanto, en nuestros días a desempeñarse en forma análoga a la de la actividad artística: libre es ésta por así decirlo, no sólo de escoger sus materiales para la obra de arte, mas también de escoger el propio tema en que el objeto artístico habrá de desenvolverse. Pero ocurre q u e u n a vez elegido un d e t e r m i n a d o material, escapará ya al artista la libertad para producir estéticamente un objeto cualquiera Subsisten en la ciencia m o d e r n a estos dos momentos en la búsqueda de la verdad. Se busca de dos maneras la verdad: o bien para inquirir su hondo arcano estático, o bien para establecer sus nuevas posibilidades dinámica…

La primera misión de la universidad es esta forma de búsqueda de la verdad de tipo moderno , que es a un tiempo saber y técnica, contemplación y creación, escolaridad y estudio… Es aquí donde cabe plenamente la palabra libertad El Estado totalitario de nuestro tiempo no puede concebir este tipo de investigación, ni puede estatuir esta forma de ciencia ni de filosofía, porque en la raíz del sistema que lo hace posible está la planificación total, la proscripción de toda iniciativa individual y creadora. Esta universidad se halla por lo tanto muy fuera de los marcos de toda organización totalitaria.


El saber sabido

Ocurre que al lado de la universidad que investiga está la universidad que enseña. Y que enseña, no ya a investigar, sino a conocer la ciencia establecida. Es a esta universidad a la que se refería Hegel cuando protestaba contra la libertad de cátedra, aduciendo el principio de que la razón es capaz de conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. “En el campo de la Filosofía fulmina Hegel contra la funesta costumbre de los alumnos de tener pensamientos propios.” Esto derivado de su idea según la cual la filosofía sin sistema es tan insensata “como la estatua de un dios sin figura”. En esta ilación, ¿cabrá distinguir entre el personal universitario, aquél que concurre a las aulas para la investigación del que sólo a ellas asiste para aprender lo ya investigado y elaborado? No hay duda alguna que la masificación de la universidad, el inmenso afluir de estudiantes a ella, impone el que se haga esta discriminación inaplazable.

En las universidades, los llamados seminarios de investigación no pueden ser obligatorios para todo su personal discente. Es, pretenderlo, una simple utopía. Mas si se proclama la necesidad de una cátedra fijada, de una cátedra estatuida, ello no significa que haya de desembocar en la cátedra de propaganda. La enseñanza deja de serlo, si lo que se trasmite ha de obedecer a un sentido distinto del de dar a conocer. Y esto toca especialmente con la enseñanza de la filosofía… Hemos llegado a la altura en que podemos plantear el problema de la libertad intelectual. ¿A qué viene este tema, a menudo suscitado en universidades y centros académicos, en la prensa y en los parlamentos? Justamente la cuestión de la libertad intelectual sólo surge como problema agudo, tras un largo abuso de esa misma libertad. Pero el concepto de libertad es un concepto esencialmente moral. Y cuando se vincula con el tema de la inteligencia, al preguntar por lo que signifique la libertad intelectual, no se hace otra cosa que plantear en términos éticos la cuestión de los límites de la inteligencia. No hablamos desde luego de las limitaciones físicas de la inteligencia, sino de sus linderos morales… La inteligencia tiene ya un límite interno que es el de atenerse a la verdad, verdad creada o verdad recibida. Pero en todas formas, la verdad ha de ser el objetivo de la inteligencia…

Colombia está entrando ahora en la vía segura de la especialización intelectual. El contacto directo de los colombianos con los grandes centros científicos del exterior, nos empieza a traer ya un saber objetivo, serio y controlable científicamente. Los inmensos recursos de que hoy se dispone permiten incluso que este saber more en cabezas no muy genialmente dotadas, ni resulte el esfuerzo de voluntades que entre nosotros llegaron en otros tiempos hasta el heroísmo. Esto determina que la ciencia, y por tanto la inteligencia, y finalmente, la universidad, lleguen a ser dirigidas por sujetos admirablemente equipados, del punto de vista intelectual, mas no siempre revestidos de una alta personalidad moral.

Es el peligro de que nos invada el espécimen del puro científico, sin personalidad moral, el que debe detener primordialmente la Universidad.

Goethe recordó una vez que a Napoleón lo exasperaba Rabelais, al par que admiraba, no obstante ser más fría, la obra literaria de Corneille. Y ello, porque esa obra era la expresión de un carácter moral. Para fortuna nuestra, debemos confiar en que aquel peligro sea harto remoto, dada la herencia hispánica, cultural y moral, que todavía nos nutre.

Nos hallamos con que la inteligencia, al encontrar sus propios límites, descubre también que la Universidad, su albergue natural, trasciende el campo puramente intelectual en la tarea de formar hombres antes que científicos, caracteres antes que cabezas pensadoras.