Jorge Artel,poeta de negritudes
17 de Enero de 2009


Uno de los grandes pecados de nuestra cultura es, sin lugar a dudas, el olvido; somos buenos para ello; impuesto o no, nos gusta, casi lo amamos, sobre todo cuando de recordar y valorar y reclamar lo nuestro se trata. Tal cosa sucede con el poeta cartagenero Jorge Artel. Para empezar a recordarlo, a re-conocerlo, traigamos las palabras del gran poeta puertorriqueño Luis Palés Matos, pronunciadas en San Juan de Puerto rico, el 8 de abril de 1950, para saludar la presencia del vate colombiano:

Iván de J. Guzmán López*

“Él es una presencia dinámica y eficaz en las letras americanas y una influencia renovadora sobre las juventudes poéticas del Continente.

Como en Nicolás Guillén, como en Langston Hughes, como en Jorge de Lima, aunque en diverso modo, su arte arranca del pueblo, se nutre de esencias populares, y está sometido al golpe elemental de la sangre y el instinto, que es siempre golpe certero, porque es golpe de naturaleza. De ahí que derivase, por espontáneo impulso, hacia ese foco de atracción humana, inescapable a todo gran artista, que es el venero de los temas negros y mulatos. Ahí hay ritmos inéditos que buscan pulso amigo y generoso; hay riqueza tradicional, folklórica, que aguarda expresión lírica; hay belleza de alta calidad que pretende revelarse a través de intérpretes cordiales, en su ingenua y deslumbrante desnudez... Mas, sobre todo, hay dolor; angustia ancestral de razas oprimidas que desemboca en Artel por sus dos líneas de sangre: la india y la africana; dolor que se cuece -caldo amargo de sudor y lágrimas-, en la bodega de los barcos negreros, en las plantaciones de caña y de cacao bajo el foete implacable del mayoral, en las barracas pestilentes, en las minas sin aire y sin luz. Dolor, en fin, del hombre virginal y limpio, explotado por el hombre de piel blanca y civilización cristiana, que lleva a Jesús en los labios y al demonio de la codicia en su pecho”.

Piedad Córdoba Ruiz, por su parte, en uno de sus lúcidos escritos, hace una bella evocación del poeta que conoció en sus años de estudiante universitaria:

“…Llegan a mi memoria como ráfagas fragantes las tardes de poesía con el maestro Jorge Artel; trasegaba entonces mis primeros años en la Universidad y lo visitaba en su casa del corregimiento de Santa-Helena, cuando él era inspector de policía de Medellín. Era un hombre mulato, como yo. Rodeado de libros y documentos que en compañía de Francisco de Paula Uribe acariciábamos con asombro. Su estatura descomunal sobresalía entre todos los habitantes de aquella aldea, donde alejado del ruido urbano se dedicaba a tejer cada día, cada hora, sus versos. Recuerdo mucho el asombro que me causaban sus grandes manos morenas, muy grandes, demasiado grandes para un poeta tan fino como él. Esa era mi pregunta ¿cómo pueden esas manos gigantescas producir versos y poesías tan delicadas? Naturalmente sus manos eran apenas el instrumento adecuado para recibir ese poderoso manantial de su musa grávida de ideas y belleza. Unas manos débiles no aguantarían la energía de esa música.

Tardes enteras dedicadas a disfrutar la música recóndita de su bello poemario, a regocijarnos con el son de ancestros africanos que flotaban redivivos en el mapa polícromo de su producción intelectual, a llenarnos de júbilo con los poderosos timbales de su estética social.

Se alegraba al vernos llegar y casi no nos dejaba salir. Y para nosotros el sortilegio de esa dulce y maravillosa aventura de observarlo mientras construía “sonetos que luego transformaba en poesías”, según Jorge Turner, era tan atractivo como escuchar sus disertaciones sabias con palabras que lentamente iba desgranando, soltándolas al desgaire para formar verdaderos discursos sociales. Una entonación profunda, diríase cavernosa, que sonorizaba elocuentes pensamientos, a través de los cuales iba engarzando temas de la más variada índole.

Por entre las sinalefas de su poesía brotaban los tonos ancestrales de los tambores y las pasiones de las gaitas que brindaban acentos de combate y celebración palenquera a sus versos sonoros…”:

Golpe elemental de la sangre, golpe del instinto, celebración palenquera, es su poesía:
Negro soy desde hace muchos siglos.
poeta de mi raza, heredé su dolor.

Y la emoción que digo ha de ser pura
en el bronco son del grito
y el monorrítmico tambor.

El hondo, estremecido acento
en que trisca la voz de los ancestros
es mi voz.

La angustia humana que exalto
no es decorativa joya
para turistas.

¡Yo no canto un dolor de exportación!
La poesía de Jorge Artel no tiene nada de artificiosa; está hecha de la materia prima que abunda en Colombia: está hecha de mar, de noche, de tambores, de gaitas, de pesca, de negro, de mulato, de dolor, de segregación, de injusticia, de explotación y de pobreza. Así lo certifica su producción poética, en trabajos como:

Tambores en la noche, publicado en 1940 por la Universidad de Cartagena, Poemas con bota y bandera (1972); Sinú, riberas de asombro jubiloso; Coctail de estampas y Antología poética (1979).

Jorge Artel, cuyo nombre de pila corresponde a Agapito de Arco, nació en Cartagena el 27 de Abril de 1909; abogado de la Universidad de Cartagena, murió en Barranquilla, en 1994. A sus escazos 21 años recaló en Bogotá y luego se adentró en las Antillas, desde donde cantó con su voz poderosa y su cuerpo gigante, las alegrías y tristezas del negro, de sus negros, como decía Guillén, con inocultable orgullo.

* iguzman2007@une.net.co