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Cultural

Faith images
Imágenes de la Fe
1 de Julio de 2012


En el A.T. se proclama que Dios no es el autor de la muerte sino el autor de la vida, mientras que en el N.T. su Hijo, Jesús, es enviado para sanar y retornar la vida.


Señor, Dios, Padre nuestro, que no quieres la muerte de las personas ni te complaces con los sacrificios, sino que has puesto tu gloria en el ser humano vivo, en la Vida en plenitud. Haz que te sepamos imitar acogiendo, defendiendo y promoviendo la vida, sobre todo la de nuestros hermanos necesitados u oprimidos. Nosotros te lo pedimos siguiendo el ejemplo y la inspiración de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

 


P. Emilio Betancur Múnera


Dos actitudes son posibles frente a la muerte: gozar la vida presente, disfrutar lo inmediato porque pronto todo se acabará, o la actitud judeo-cristiana para quienes el presente lleva semillas de eternidad y la fe en la resurrección nos dice que “Dios es más grande que nuestro corazón”.  Este criterio preservó la integridad de la fe judía en un contexto pagano (libro de la Sabiduría, primera lectura, escrito en Alejandría para afrontar la cultura griega).


Fe y alimento


La niña tenía doce años y la mujer doce años padeciendo hemorragias. Si doce significa a Israel, cada una de las mujeres da razón de un sector social diferente: la hemorroísa es Israel que se extingue en la sinagoga  y la hija de Jairo, la comunidad cristiana que revive. De la desesperación de la mujer brota una certeza llamada fe: tocar el manto es un signo de adhesión a Jesús fuente de vida y salud.  Tocar a Jesús no es nada mágico solo reconocer que relacionándonos con su cuerpo en la palabra y los sacramentos pueden fluir de nosotros vida, y vida en abundancia.   La mujer enferma porque pierde la vida, flujos de sangre, es además marginada por impura de ahí su temor por haber tocado a Jesús.  La sanación de la mujer y la resurrección de la hija de Jairo son una imagen de la resurrección.  Así como ella sanó poniendo su cuerpo en relación al de Jesús y a la niña con su mano la rescató de la muerte, nos rescatará  con su cuerpo crucificado y resucitado a cada uno de nosotros.  Todos hemos tenido el gusto de haber sido tomados de la mano de Dios por el bautismo, participando del poder de sanación de la cruz y resurrección del Señor; y todos podemos renovar esa victoria, apropiarnos de ella en la  misión continental.


Tratándose de la hija de Jairo, “la niña no está muerta sino dormida”.  Donde vemos muerte Jesús ve “sueño”.  El padre de la niña, Jairo (él despierta), ha dejado de creer en la institución judía que ha conducido a Israel a la muerte pero que Jesús va a levantar(resucitar) en la comunidad cristiana.  Ambas catequesis son para ayudar a crecer en la fe a Santiago, Pedro y Juan, los mismos discípulos de la transfiguración y Getsemaní, considerados por Pablo como columnas de la Iglesia  (Gal 2,9).  Toda catequesis eclesial lo es también para nosotros, los discípulos sujetos y responsables de la nueva evangelización.


La insistencia en “dar de comer a la niña” es la necesidad de proponer el mensaje como alimento para quienes, por la predicación, comienzan a vivir la fe en comunidad y se hacen por la misma fe responsables de compartir el pan con los demás.  Es la referencia de Marcos en el capítulo siguiente de la multiplicación de los panes y el llamado a la solidaridad que hace Pablo a la comunidad de Corinto para que ayude a la iglesia madre de Jerusalén que pasa por serias dificultades económicas (segunda lectura). 


Leamos de solidaridad


El ejemplo para Pablo de solidaridad es Macedonia empobrecida porque Roma le ha quitado la mayor parte de su riqueza natural.  Solo cuando la fe comienza a pasar apuros o precariedades, se revela su tesoro escondido: liberarse del amor seductor del dinero.  Alguien que sabía mucho de solidaridad decía: “Si uno no se incomoda no le ayuda a nadie”.  Darnos con nuestro don es lo que vuelve efectivo y afectivo el dar y aceptable el don.  La solidaridad con amor es el trabajo de la gracia en quien da; y el trabajo de la gracia en quienes reciben.  “Pues conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico por ustedes se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza”.  Aquí pone en juego Pablo -el motivo máximo-.  Su súplica la fundamenta en su conocimiento de la gracia de Cristo, y apela a ella. 


Es esta mención de la gracia sobreabundante de Dios la que deja en el corazón de Pablo un eco final de agradecimiento. “Demos gracias a Dios por su don inefable: la solidaridad”.


 


Evangelio de Marcos 5, 21-43


Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar.  Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: “Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva.”  Y se fue con él.  Le seguía un gran gentío que le oprimía.  Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto.  Pues decía: “Si logro tocar aunque solo sea sus vestidos, me salvaré”. Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal.  Al instante Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: “¿Quién me ha tocado los vestidos?”  Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”  Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho.  Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad.  Él le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad”.


Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» Jesús, que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe».  Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.  Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos.  Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis?  La niña no ha muerto; está dormida».  Y se burlaban de él.  Pero él, después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña.  Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate».  La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años.  Quedaron fuera de sí, llenos de estupor.  Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.





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