Columnistas

Notas de viaje
Tuluá
Autor: José Alvear Sanin
20 de Julio de 2011


Se llega ahora a Tuluá cruzando una serie de excelentes vías, entre las cuales sobresalen las dobles calzadas del Valle, casi autopistas.

1

Se llega ahora a Tuluá cruzando una serie de excelentes vías, entre las cuales sobresalen las dobles calzadas del Valle, casi autopistas. Los verdes de la paleta, coronados por espléndidos guaduales, acentúan en el viajero el goce del país más bello del mundo.


Acudo a unas citas bien interesantes. Al finalizar la tarde se ha colocado una placa con el nombre de Óscar Londoño Pineda en el Archivo Municipal, que de ahora en adelante llevará el nombre del novelista, poeta e historiador. Este Archivo está llamado a convertirse en referente, porque en el país muy pocas ciudades y ningún pueblo han emprendido la tarea de conservar técnicamente los documentos de su devenir. En este rincón vallecaucano recibimos una clara lección conversando con sus dedicados y bien capacitados funcionarios.


Cuando cae la noche, en la Casa de la Cultura, que desde la víspera lleva el nombre del tulueño universal, Enrique Uribe White, ingeniero, matemático, astrónomo, literato, se lanzan tres valiosos libros: “Voces de mi ciudad”, de Carlos Ochoa Martínez, evoca en bellas páginas la pequeña Tuluá de su infancia; en “Maquiavelo y la crisis colombiana” Diego Céspedes Lozano atisba la raíz de nuestros males, y Óscar Londoño, el patriarca literario del Valle, recrea en vigorosas estrofas el pasado de su terruño.


Funciona en Tuluá un vibrante Centro de Historia, animado por Jorge Armando Russi, Fernando Caicedo, Efraín Marmolejo y Jaime Arenas, en permanente contacto con el triunvirato tulueño en Bogotá, Óscar Londoño, Carlos Ochoa y Herney Victoria.


Los esfuerzos de este grupo de estudiosos se centran en la creación del Museo Histórico, para el cual ya han recibido el copioso archivo y la enorme biblioteca de Enrique Uribe White. Para alojar dignamente el Museo y el Archivo Municipal, la Alcaldía va a restaurar la antigua cárcel, uno de los pocos edificios patrimoniales que se conservan, porque, duele decirlo, la piqueta fue muy activa en Tuluá, empezando por la magnífica Estación del Ferrocarril, y siguiendo con la lamentable reforma de la vieja iglesia parroquial…


Sin embargo, a pesar de los terribles destrozos del pasado invierno, encuentro una ciudad que se ha recuperado con rapidez. La administración del ingeniero Rafael Eduardo Paláu goza de aprecio, merecido desde luego, por la acertada atención de los desastres y porque la ciudad luce bien en arborizadas avenidas, parques y monumentos, superando ya los 200.000 habitantes.


Ubicada en una inmensa planicie, Tuluá ha resistido, afortunadamente, la tentación de los altos edificios. Su traza, regular como un damero, es bien agradable y por sus adecuadas aceras se discurre sosegadamente. Pocos automóviles, relativamente, y multitud de motos y bicicletas circulan sin atropello, lo que no deja de llamar la atención a quien llega de la saturada Medellín.


***


La Plaza de Boyacá era un pequeño bosque habitado por la más fértil colonia de ardillas. Estos ágiles roedores imprimían a ese espacio excepcional belleza y alegría, hasta que se las desterró cuando se convirtieron en amenaza al invadir casas y negocios. No obstante los daños de las palomas ¿qué sería de Notre Dame y San Marcos sin ellas? Por eso se debe encontrar la manera de que coexistan ardillas, palomas y edificios. ¡Las ardillas deben regresar a la plaza principal de Tuluá!




Comentarios
1
JUAN
2011/07/20 12:24:51 pm
Muy bueno lo de Tulua en especial lo de la conservación en su Urbanismo, lo único que les deseo es que no los descubran nuestros ávidos, inescrupulosos, depredadores e insaciables constructores y lonjas de Medellín. habitantesdelpoblado.med@hotmail.com