Columnistas


Lincoln rechaza el patr髇 oro y el libre comercio
Autor: Dario Valencia Restrepo
20 de Diciembre de 2015


La Guerra Civil de los Estados Unidos empieza en abril de 1861, un mes largo despu閟 de la posesi髇 de Abraham Lincoln como presidente, y termina en abril de 1865, un mes largo despu閟 de la posesi髇 del mismo para un segundo per韔do.

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La Guerra Civil de los Estados Unidos empieza en abril de 1861, un mes largo después de la posesión de Abraham Lincoln como presidente, y termina en abril de 1865, un mes largo después de la posesión del mismo para un segundo período. Lincoln muere al día siguiente de un atentado, seis días después de la rendición de las fuerzas secesionistas de la Confederación, de modo que la casi totalidad de su ejercicio presidencial coincide con la duración de dicha guerra. Dos acontecimientos de aquellos años conservan una sorprendente actualidad.


El primer aspecto tiene que ver con los aranceles a las importaciones, una cuestión objeto de agitado debate durante la campaña presidencial de 1860 y también de enfrentamiento entre los contendientes de aquella guerra civil (la esclavitud no fue lo único que dividía el país, como se cree ordinariamente). El Congreso de Estados Unidos aprobó leyes que aumentaban en forma creciente los aranceles, las cuales fueron sancionadas por Lincoln.


De tiempo atrás se había establecido que los altos aranceles incrementarían los ingresos del Gobierno y reducirían su deuda, fomentarían la industria, expandirían el empleo y corregirían el desequilibrio entre exportaciones e importaciones (en especial procedentes de una Inglaterra partidaria del “libre comercio” pues ya había alcanzado un alto grado de avance industrial). Lo anterior no es ninguna sorpresa pues como lo ha mostrado el economista Guillermo Maya Muñoz, columnista de EL MUNDO, muchos países iniciaron su exitoso proceso de desarrollo económico mediante el establecimiento de aranceles proteccionistas.


El segundo aspecto de interés se relaciona con la creación del dinero. En ese entonces, como ahora, tan pronto un banco hace un préstamo lo anota como activo y empieza a cobrar intereses. Los bancos que reciben captaciones del público con el fin de hacer préstamos deben conservar en su poder una fracción de aquellas, el llamado encaje, por ejemplo el 10 %. Se habla entonces del multiplicador bancario que aumenta la masa monetaria sin necesidad de la emisión de nuevos billetes. Podría decirse que los bancos crean dinero prácticamente de la nada.


Con motivo de los enormes gastos de la Guerra Civil, el Gobierno de Lincoln solicitó  préstamos a bancos privados, los cuales respondieron que como era un negocio arriesgado lo harían con tasas del 24 al 36 %. Ante esos abusivos intereses, se decidió que el Congreso autorizara al Gobierno, como en efecto lo hizo en 1862, la emisión de billetes de curso legal, buenos para el pago de deudas públicas y privadas. Se trataba de un numerario sin ningún respaldo en oro o plata como era lo normal, pues solo estaba basado en la confianza que a los ciudadanos les mereciera el Gobierno. Entre 1862 y 1863 se hicieron tres emisiones de billetes (tenían en su reverso color verde y por eso fueron llamados greenbacks) que sufrieron varias devaluaciones frente al dólar de oro. Al final de la guerra, la relación era de 150 a 100.


A propósito de lo anterior, la colección Debate, de la editorial Random House Mondadori, publicó recientemente en castellano la cuarta edición de un libro de Ellen Hodgson Brown titulado Telaraña de deuda. La escandalosa verdad sobre el sistema monetario y cómo podemos liberarnos, relacionado con la situación en Estados Unidos pero con lecciones útiles más allá de ese país. Señala ese libro que la gente no sabe que la casi totalidad de la masa monetaria corresponde a deudas con la banca privada y no a dinero físico. Como las deudas del Gobierno son cada vez crecientes e impagables, el libro propone devolver al Gobierno y el pueblo que representa el poder de crear dinero. Se dice que los gobernantes suelen ser tan derrochadores que con emisiones envilecerían la moneda. Pero queda por verse qué es peor.