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El nuevo pueblo de Gramalote, en Norte de Santander, sigue sin construirse y sus habitantes lanzados a la diáspora continúan padeciendo el abandono del Estado, el desinterés de las instituciones encargadas directamente de resolver lo que pasó a ser hoy una tragedia. Gramalote fue en el tiempo y en el espacio la concreción material y espiritual del proceso de una comunidad: un espacio público, una morfología, una estructura espacial, o sea unos significados construidos alrededor de una vida en común, un concepto de casa, de edificio, de ornato que propiciaron una serie determinada de actividades comerciales, cívicas, religiosas, lúdicas. La presencia silenciosa pero firme de la huella de un urbanismo colonial y posteriormente del lenguaje característico de la vida republicana y de su entrada en la modernidad.
De manera que la falla geológica destruyó no solo una arquitectura, una estructura urbana ya definida en sus usos y funciones sino ante todo algo de un valor incalculable: la vida cotidiana de sus ciudadanos, que constituye el verdadero patrimonio de una comunidad y con la cual esos espacios, esas arquitecturas llegaron a alcanzar un significado. Recorridos de vecinos, de colegiales, uso de edificios cívicos, de bancos y cafeterías, ritos religiosos como procesiones, fiestas cívicas que convocan a la relación ciudadana, al intercambio, músicas. Construcción de una noción necesaria de lugar como referencia vital propiciadora de unas sentimentalidades específicas. O sea el territorio imaginario, la única patria posible para quienes han mirado su presente desde los rostros del pasado y la afirmación de un futuro.
Una historia común de búsquedas o fracasos, una noción de la muerte, del nacimiento que devinieron en un acento propio del lenguaje, en una tonalidad de la música, o sea el espacio soberano que se constituye en el verdadero hogar de quien se localiza a través de sus costumbres. Por lo tanto lo que el sismo destruyó en Gramalote fue esta sedimentación de relaciones, de creación de cotidianidad, de temporalidades que conforman la verdadera memoria personal de un ciudadano. Y es esta carga de imágenes la que cada niño o anciano, cada ser humano de Gramalote siente que se ha pulverizado mientras se prolongan los días del destierro de la comunidad por causa de la desidia de los funcionarios y el regreso ya es un imposible. Ahora bien, esta tragedia plantea algunas preguntas decisivas: ¿Estaba preparada la arquitectura colombiana para hacer frente al reto que este tipo de desastres plantea? ¿Lo podía estar una burocracia inoperante a la cual debe la Justicia hacer rendir cuentas por este delito?
Nuestro urbanismo no existe ya que fue borrado del pensum académico y ahora nadie sabe diseñar una calle. La arquitectura se ha dedicado a hacer malas copias de proyectos de revistas internacionales; referirse al hábitat, al territorio, no ha pasado de ser un retoricismo más. Enfrentar situaciones como esta ha conducido a verdaderos logros en el urbanismo moderno, nuevas ciudades, nuevos poblados proyectados desde la perspectiva de la democracia. Dos años han transcurrido y algunas poblaciones del Atlántico permanecen aún bajo el agua, sus habitantes consumidos por las necesidades y la desesperación abocados a la droga y la prostitución.
Muchos poblados del Atlántico continúan dos años después bajo el agua, en medio de lo que supone la dispersión de una comunidad abocada al hambre, de una tragedia silenciada por el Gobierno.
Luego de haber consolidado una carrera como compositor, el francés Henri Dutilleux falleció hoy en París a sus 97 años.ver más
Tras la decimoséptima etapa, el colombiano Rigoberto Urán no deja su tercer lugar en la general. Por su parte, Carlos Alberto Betancur se ubicó en la séptima de la misma tabla.ver más
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