Columnistas

La parranda consumista
Autor: Carlos Cadena Gaitán
3 de Diciembre de 2012


Estructuralmente, las claves de las sostenibilidad urbana se encuentran en la mágica fórmula de: vivir en espacios más reducidos, vivir más cerca y manejar menos. No obstante, es crucial reflexionar sobre el impacto que genera nuestro estilo de vida.

Estructuralmente, las claves de las sostenibilidad urbana se encuentran en la mágica fórmula de: vivir en espacios más reducidos, vivir más cerca y manejar menos. No obstante, es crucial reflexionar sobre el impacto que genera nuestro estilo de vida.


No ha empezado la navidad y ya estamos sufriendo los coletazos del tradicional festival gringo de las compras. Este triste día, bautizado siniestramente “Viernes Negro” (Black Friday), se celebra sagradamente el viernes que le sigue al Día de Acción de Gracias en los Estados Unidos. Entre las legendarias avalanchas de consumidores irresponsables y los motines callejeros, este año su influencia se notó con fuerza en muchas sociedades desorientadas; los países en desarrollo se convierten rápidamente en los nuevos mercados para esta auténtica orgía consumista.


Colombia no fue la excepción. En un país agobiado por la pobreza y la desigualdad, vimos como el Viernes Negro se instaló con fuerza. Atrás quedaron los días en los que algunos cuantos oportunistas se escapaban para Miami durante estas fechas, para vaciar los centros comerciales, y luego batallar por su exceso de equipaje ante las señoritas de Avianca. Ahora, es posible comprar hasta la saciedad por internet (y programar los envíos a través de compañías locales), ó simplemente ir a varios de los grandes almacenes de cadena locales, que han sabido copiar muy bien esta promoción de promociones.


¿Pero cuál es el problema con el Viernes Negro? Para muchos, este día representa la definición misma de la insostenibilidad. Es sencillo: se busca vender la mayor cantidad posible de chécheres, al menor precio posible, utilizando el anzuelo de los precios insólitos para atraer a clientes que usualmente comprarán algo más. El gran problema reside en el hecho –aún más sencillo– de que la gran mayoría de los artículos que se compran en esta macabra invención comercial, responden a necesidades falsas, es decir, son cosas que no necesitamos. El resto, quizá sean reemplazos obligados a cosas que ya teníamos, pero que curiosamente dejaron de funcionar; celulares que no duran más de dos años, impresoras medio nuevas, y demás prototipos de la obsolescencia programada.


Qué tantas cosas necesitamos para ser felices es una decisión bastante personal. Sin embargo, la responsabilidad que adquirimos por nuestros patrones de consumo afecta directamente a muchos otros seres humanos. No sólo hablamos de las miserables condiciones de trabajo y salarios de los niños que producen tantos de los artículos del Viernes Negro (los 112 muertos en Bangladesh la semana pasada nos recuerdan que en ese país el 17.5% de los obreros son niños hasta los 15 años de edad), sino también de los insumos que se utilizan para manufacturar tanta basura desechable que consumimos (y desechamos rápidamente).  Un reciente reportaje de La Silla Vacía le empieza a poner números al creciente mercado negro del coltán en el Guainía. Este escaso mineral, altamente utilizado en la producción de aparatos electrónicos, ha generado miseria y guerra en tantos otros lugares donde ha sido descubierto, y ahora está sigilosamente asomando la cabeza en el país de las locomotoras mineras.


Obviamente no voy a ser yo quien critique a ese 5% de los colombianos que no sabe en qué más gastarse la plata; no seré yo quien les dañe la parranda a los consumistas patológicos. Pero si les pudiera decir algo, sería lo siguiente: ¡compren menos cosas que no necesitan, manejen menos su carro particular, y contribúyanle más a su ciudad! Eso es diciendo y haciendo.