Columnistas

Entonces sigámonos matando
Autor: Álvaro González Uribe
9 de Mayo de 2015


La encuesta fue seria y minuciosa. Para bien de unos y para mal de otros sus resultados muestran una muy precaria opinión actual sobre el presidente Santos y varios estamentos oficiales.

Es el juego de la verdad política: los actos u omisiones, incluso ajenos, pasan su cuenta de cobro o su crédito.


Sin embargo, hay ciertos momentos en que la verdad política tiene que pasar a un segundo plano, porque, ¿en ultimas quién pierde con lo que muestra esta última encuesta? El presidente Santos pierde o perderá su imagen, pero los ciudadanos pierden la paz que se traduce en vida y desarrollo.


El proceso de paz está en su peor crisis, con la agravante del largo tiempo que lleva sin que produzca resultados claros y visibles pese a la regla de que “nada está acordado hasta que todo esté acordado” y a la formula de dialogar en medio del conflicto. Sin embargo, ¿qué se esperaba de un proceso para solucionar un conflicto armado de más de 50 años? Es cierto: dadas las condiciones muchos creímos que las negociaciones serían más rápidas y efectivas.


Sin embargo, la paz no estaba del tal cacho, el presidente podía tener unas llaves de la paz en el bolsillo pero las Farc tenían las otras llaves. Era una puerta de doble chapa, y es lógico. Además, esa puerta tenía una tranca que había que franquear: la de los opositores al proceso, tanto del lado de las instituciones y de la oposición como de la insurgencia. El asunto no era tan fácil.


Quizá el primer error fue ese: haber anunciado el inicio del proceso cuando los preacuerdos estaban demasiado biches, pero, por un lado, las filtraciones harían imposible dejar la cortina abajo, y, por otro lado, el Gobierno necesitaba mostrar resultados en su primer mandato y una bandera clave para ganar el segundo, o necesitaba ese segundo mandato para culminar el proceso. Y se la jugó. Pueden ser esas y otras interpretaciones o todas juntas, pero eso pasó.


Eso pasó y aún pasa. El proceso sigue pese a la crisis, pese a la baja favorabilidad, pese a la oposición y hasta pese a las Farc con sus posiciones absurdas, ondulantes, pendencieras y trasnochadas.


Todo eso había que pensarlo. Se trata de un camino culebrero lleno de trampas e imprevisiones normales en este tipo de procesos. Por ejemplo, si las Farc nunca hubieran prometido el cese al fuego unilateral, el execrable asesinato de los once soldados no habría puesto a tambalear la mesa. Hubiera sido grave -lo fue- pero al fin y al cabo un acto más del conflicto, parte de ese conflicto o fuego dentro del cual se pactó negociar, pese a lo duro que es ver caer soldados y colombianos de cualquier bando o ideología. Es que los muertos del conflicto duelen, siempre han dolido y siempre dolerán. Si no dolieran no habría necesidad de ningún proceso desgastador y más difícil que la guerra.


Por eso sería un error pactar ya un cese al fuego bilateral, por eso fue y es un ardid el cese al fuego unilateral así implicara desescalamiento. Sin embargo, cuando las Farc anunciaron su cese al fuego, ¿el Gobierno podía negarse a aceptarlo? Era un acto unilateral, “una rosa con espinas” que se arrojó. Cesar los bombardeos fue la respuesta que dio el Gobierno a la rosa, pero ante las heridas de sus espinas era obvio retomarlos.


El caso es que las Farc hicieron una promesa aún vigente que, a sabiendas o no, por varias circunstancias no podían cumplir: dificultad para distinguir cuándo su rompimiento sería una ofensiva o un acto defensivo, no tener el mando sobre todos sus integrantes, o porque era parte de su juego.


El camino de este proceso es así: lleno de situaciones absurdas, plagado de escollos y marrullas, pero no de otra forma podría ser. Debe continuar. Las encuestas favorables o desfavorables a veces son cantos de sirenas que no siempre deben ser escuchados ni menos actuar bajo sus presiones. De lo contrario, en este caso solo quedaría la guerra, y si es cierto que la mayoría de colombianos la quiere, pues adelante, sigámonos matando, ya sabemos que no es difícil.