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El niño y el mar
Autor: Álvaro González Uribe
28 de Julio de 2012


Vivir la vida es toda una aventura para cualquiera si se saben leer, interpretar y reflexionar sus hechos por intrascendentes que parezcan.

Vivir la vida es toda una aventura para cualquiera si se saben leer, interpretar y reflexionar sus hechos por intrascendentes que parezcan. Así crecemos, aprendemos, evolucionamos y acumulamos experiencias, miedos, fortalezas, alegrías, tristezas. Hay hechos o situaciones que demoran meses o años, pero hay otros que en pocos segundos se vuelven hitos claves que incluso nos pueden dar la muerte o la misma vida.


Esa vida, que a veces nos pone en unas encrucijadas... Puente de campin, domingo pasado 22 de julio, siete de la mañana, playa Los Ángeles, en el brioso mar Caribe luego del Parque Tayrona hacia La Guajira. Dos niños de unos diez años toman un baño tempranero. A uno de ellos lo empieza a arrastrar adentro el encrespado mar, de casualidad paso, lo veo, escucho su grito de ayuda.


Pese a mi respeto por el mar, el día anterior más cerca de la playa yo había sentido con pavor ese poder oceánico que me succionaba. Por tanto, cuando veo al niño titubeo. Son tres segundos. Primero le grito que se calme mientras aleteo con brazos y manos -¿como las alas de los ángeles?- para que me entienda mejor y no se desespere, y pienso mucho durante ese breve lapso: en mis hijos, en mi fugaz experiencia de ayer con ese mar engulléndome, en el niño que se ahoga, en que solo yo quizá puedo salvarlo, en que el mar a mi también me puede -lo más seguro- ahogar con ese niño... Tantas ideas por mi cabeza en tres segundos vertiginosos.


Mientras pienso todo eso, avanzo inconsciente e irresponsable. Algo instintivo me llama hacia el niño. Creo que estoy entrando al punto de no retorno. Solo somos el niño, el mar y yo. Quizás cierta adrenalina por salvarlo me empieza a turbar la mente; y entonces...


De la nada aparece ese español (surfista me dijeron), rápido me rebasa, yo me quedo quieto luchando con el mar en un sitio donde creo -creo- estoy más seguro, intentando ser un eslabón para recibir al niño. En la distancia el español toma al niño con su brazo, se lo arrebata al océano del vientre de una inmensa ola y lo trae de regreso. Lo salva. No sé de dónde salió el tipo ni lo volvimos a ver, algo raro en una playa bastante sola.


El español entonces -¿el ángel?- me salvó también a mí.


Mi sensación es confusa. ¿Debí haber seguido, sin titubear? ¿Me hubiera ahogado? ¿Lo hubiera salvado? Tengo claro que si al niño se lo hubiera llevado el mar, yo para siempre hubiera cargado el remordimiento de no haber ido inmediatamente en su ayuda, y sé también que seguramente me hubiera ahogado con el niño. ¡Qué conflicto en mi cabeza!; se quedará conmigo. Pero todo es “hubiera”, quizás, talvez, seguramente... Lo único cierto ahí era el mar. La mente juega con uno.


No creo en casualidades ni en el azar; me genera inseguridad que mi vida quede tan a la deriva. Por eso pienso que mis gritos y mi aletear llamaron la atención del español y de otras personas, y ya éramos varios. Yo no salvé al niño, no siento que lo haya salvado, pero fui una pequeña parte de esa cadena de actos que se van formando en la vida para que algo pase o no pase, para que alguien viva o muera. No es coincidencia, todo se va tejiendo desde que nacemos, desde que nació el español, desde que él decidió ir a esa playa y no a una de Hawaii, de Sudáfrica o de Australia, desde que se levantó ese domingo a cierta hora; igual mi historia, la del niño, la de todos. Somos confluencias que se van encadenando con más confluencias y que desencadenan otras confluencias. El Big Bang aún vive.


Y ese nombre de la playa... ¡“Los Ángeles”! Allí, en las noches, he visto extasiado que cuando las olas avanzando chocan de lado entre sí, sus crestas de espuma fosforescente se levantan en surtidores formando figuras fugaces también fosforescentes que parecen ángeles de luz en medio de esa oscuridad estruendosa y bella.








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