Columnistas

El insoportable desorden
Autor: Jorge Arango Mejía
3 de Mayo de 2015


Colombia no tiene una meta, carece de un propósito nacional, de una finalidad que congregue la voluntad de la gente. Esto es consecuencia de la ausencia de liderazgo y de la decadencia de los partidos políticos. De esta circunstancia nacen muchos de los problemas del país.

La elección popular de alcaldes y gobernadores, como era previsible, entregó el poder regional a los caciques, como nunca antes se había visto. Pensaron ingenuamente los autores de la Reforma de 1991, que entregaban el poder al pueblo, al aumentar el número de elecciones. Por fortuna, una propuesta de Álvaro Gómez Hurtado nunca prosperó: la elección popular de jueces. De haberse aprobado ese desatino, Colombia no sería hoy la antesala del infierno sino el propio infierno.


La compra  de votos es práctica generalizada. Ese negocio supone la inversión de miles de millones de pesos, inversión que genera una pregunta lógica: ¿cómo esperan los elegidos recuperar su dinero? La respuesta no puede ser sino una: mediante el saqueo del erario. Hace años el maestro Echandía decía que los políticos podían “meter la pata” pero no meter la mano. Hoy meten la una y la otra y siguen tan campantes.


¿Quién conoce hoy la ideología de los partidos? ¿Cuáles son las tesis de Cambio Radical o del partido de la U? Nadie ignora que este último se creó únicamente para la reelección de Álvaro Uribe: el partido de Uribe, de la “U”. ¿Tenía unos pricipios, un programa concreto? Jamás tuvo lo uno ni lo otro. Terminó convertido en el partido del gobierno, pero sin disciplina, sin orden.  


Santos, durante la campaña para su primera elección, se limitó a poner de presente su absoluta sumisión a Uribe. Por eso éste lo apoyó, intervino en política descaradamente. Llegado al poder, entendió que no tenía compromiso con nadie, que la gente había votado por él y por Angelino Garzón, y no para obedecer las órdenes de Álvaro Uribe. ¿Quién tiene la razón en la pelea entre los dos? Es  asunto que no tiene importancia: que cada cual juzgue de conformidad con su criterio, y con  la idea que tenga de la lealtad.


Lamentablemente, el principio de autoridad ha desaparecido. Todo el mundo sabe que el gobierno atiende únicamente a quienes desconocen la ley y recurren a las vías de hecho. Cuando esto acontece, el gobierno responde siempre de la misma manera: en un principio, ignora lo evidente. Recuérdese al presidente Santos cuando se preguntaba “¿cuál paro agrario?” Después sostiene que no negociará mientras no se restablezca la normalidad. Y finalmente entrega lo que puede y promete lo que no cumplirá, para salir del enredo, así sea transitoriamente.


En el caso de las conversaciones de paz en La Habana, todo hace pensar en un diálogo entre sordos. Un día a las Farc se les ocurre ordenar a sus cuadrillas una tregua unilateral. Hasta donde se cumpla o no, parece no importarle a nadie. Hay quienes sostienen que en estos meses no han dejado de extorsionar. El gobierno ordena suspender los bombardeos, lo cual, como es natural, convierte a los campamentos de los bandidos en los lugares más seguros de Colombia. No contentos con esto, los dirigentes de esta asociación para delinquir, insisten en que todas las fuerzas armadas tienen que retirarse a los cuarteles, dejar todo el territorio nacional en manos de los que no tienen ni Dios ni ley. Y, al parecer, pensando en conseguir ese objetivo, hacen otra demostración de su capacidad criminal, al asesinar unos soldados en el Cauca.


Lo anterior lleva a una pregunta: ¿además del señor Santos, quién cree que los cabecillas de las Farc busquen la paz? Nadie. Éste es un punto de partida para hacer las cuentas de los votos necesarios para aprobar, mediante un referendo, las reformas constitucionales que se acuerden en Cuba.


Hay que descartar la idea, a todas luces descabellada, de una asamblea constituyente. ¿Por qué? Porque en ella solamente podrían participar personas elegidas por el voto popular, lo que implica que las Farc no tendrían ninguna representación.


Estos son apenas algunos ejemplos del lamentable estado de la nación.  Como lo dijera alguna vez Carlos Lleras, el país esta descuadernado. Y a tal punto llega el descuadernamiento, que ya se han perdido algunas hojas, como el mar de San Andrés.