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Caído del zarzo
Autor: Orlando Cadavid Correa
8 de Julio de 2011


Elkin Obregón, de quien dicen algunos amigos que los años que tiene sólo los conoce Dios y que no guarda almanaques porque todos se los ha gastado a placer...

El título corresponde a la muy amena columna que publica mensualmente en la prensa alternativa el escritor y caricaturista paisa Elkin Obregón, de quien dicen algunos amigos que los años que tiene sólo los conoce Dios y que no guarda almanaques porque todos se los ha gastado a placer, dedicándose en la vida a hacer las cosas que más le gustan: vivir en el centro de Medellín, escuchar bambucos viejos, leer, escribir, traducir y fumar más que tres presos juntos.


Al ir en su búsqueda directamente al segundo tomo de Escritores y Autores de Antioquia, del Colegio de Altos Estudios Quirama, notamos que en materia biográfica su pequeño nicho es de una pobreza absolutamente franciscana.


No tiene un solo dato personal de este gran valor humano que parece el vivo retrato del manchego Don Quijote o una ilustración en movimiento del francés Gustavo Doré. 


La avara reseña apenas trae los títulos de tres de sus libros: Tiitiribicito y otros recuerdos personales (1966), Grafismos (1978) y Más grafismos (1986).


Empero, el sabelotodo Google redondea así su palmarés: “Entre 1975 y 1979, desarrolló una tira cómica llamada Los Invasores, una sátira que trataba sobre el descubrimiento de América y las relaciones en clave de humor entre españoles y aborígenes, pero en el fondo hablaba de las relaciones entre el poder y nuestra cultura.


La Universidad de Antioquia editó en 1992 una recopilación de las mejores viñetas publicadas entre 1975 y 1977 en los periódicos EL MUNDO y El Colombiano.


Obregón confiesa que tuvo que dejar Los Invasores debido a la exigencia que implica mantener una tira cómica con alto nivel.


Desde hace algunos años Elkin Obregón realiza caricaturas de personajes, las cuales se han expuesto en diversas galerías, bibliotecas y espacios culturales de la ciudad. También se dedica a la traducción de libros”.


La definición precisa de su Caído del zarzo que emplea para identificar sus columnas  en el periódico Universo Centro, la trae en sus últimas páginas, en Refranes y dichos, el inolvidable Roberto Cadavid Misas, Argos: Caído del zarzo: “Se le dice así al individuo lelo y turulato”, aunque el Obregón maicero no tenga una pizca de lo uno, ni de lo otro.


Con su venia y la de sus editores, damos curso a su columna más reciente para deleite del público lector:


Sergio Valencia, un activo hiperactivo, como todo el mundo sabe y padece, ha tenido desde hace muchos años el proyecto recurrente (medio en serio, medio en broma, pero me temo más que lo primero), de hacer un programa radial llamado “Pase maluco con el bambuco”.


Sospecho de buena fuente que el responsable de libretos y elección de repertorio sería yo, y confieso que la idea no me desagrada del todo.


Para empezar, sólo pondría bambucos viejos (el bambuco maluco es el nuevo), y creo que empezaría con uno muy anciano, Me acuerdo de ella, y que dice, en su parte pertinente:


“Cuando la aurora tiende su manto/ y allá en los cielos su luz destella/ cuando las aves alzan su canto/ me acuerdo de ella…”.


Después seguirían otros ejemplos (bambucos de serenata, descriptivos, de cementerio, nostálgicos, idílicos, pocos de despecho—casi no existen—, y hasta fiesteros, que también los hay, y muy bellos, con letra o sin ella).


Y el programa, tal vez por suerte o desgracia el único, cerraría con el hoy olvidado Acuarela, que en su parte pertinente dice:
“Un alma de amor avara/ al alma tuya pregunta: / ¿Por qué la tarde nos junta/ si la aurora nos separa?”


Lo cual viene a significar, si de eso se trata, que en bambucos, al menos, el tigre se muerde la cola, y viene a decirnos al final lo opuesto a lo dicho al principio.


Expresado con los versos del gran Simón Díaz, “Quererse no tiene horario”. O sea, para el amor no hay sol ni luna. Es ciego.


La apostilla: El colofón musical también sale del magín del maestro Elkin Obregón: “Cuando uno oye en radio a Darío Gómez, o apaga el aparato, o cambia de emisora. Y, sin embargo, pensándolo bien, estos dos versos, tan oídos, son quevedianos: “Nadie es eterno en el mundo, nadie vuelve del sueño profundo…”.








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