Columnistas


Aprender en libertad
3 de Diciembre de 2015


Ya es oficial: aprender es inevitable. Estamos diseñados para ello y nunca dejamos de hacerlo. El ser humano no solo nace con la capacidad para aprender todo lo que necesita, sino también, y ante todo, con el deseo de hacerlo.

Anna Dragow


Ya es oficial: aprender es inevitable. Estamos diseñados para ello y nunca dejamos de hacerlo. El ser humano no solo nace con la capacidad para aprender todo lo que necesita, sino también, y ante todo, con el deseo de hacerlo. Nacemos con los programas biológicos afinados para que eso sea posible, pues en esa capacidad de aprendizaje descansa nuestra supervivencia como especie. La curiosidad, la memoria, el entusiasmo y la compañía amorosa que nos dé seguridad es todo lo que necesitamos para poder desarrollarnos de forma óptima.


Pueden cambiar la sociedad y sus normas pero hay algo que permanece: somos y seremos humanos y como tales, seres biológicos, no solo sociales. Nacemos con unas necesidades y programas de desarrollo propios de la especie e irrenunciables. 


Nadie le dice a un árbol cómo crecer y, sin embargo, él por sí mismo desde la semilla enraíza, busca nutrientes, crece, florece y da frutos. Cuando un niño crece así de libre, cuando respetamos su proceso cuidando de su vida, la convivencia con él se convierte en una experiencia placentera y en una oportunidad para observar cómo actúa la naturaleza en nosotros.


“Los niños no son de ninguna manera menos inteligentes que las plantas. Como ellas, traen consigo su propio plan de desarrollo que se cumple a su debido tiempo a través de la interacción con un ambiente adecuado”, nos recordaba la recientemente desaparecida pedagoga Rebeca Wild, pero ese enfoque centrado en la biología parece no tener cabida en el sistema educativo vigente. ¿Desconfiamos? ¿O ignoramos?


Los adultos estamos tan acostumbrados a educar y dirigir a los niños que hasta creemos que les estamos ayudando con ello. Gastamos mucho tiempo y dinero en ofrecerles más oportunidades, repasamos las redes en busca de la fórmula mágica que transforme a nuestro gorrioncito en un águila o, mejor aún, en un pavo real. Muchas veces con la mejor intención, procuramos rellenar sus días con nuestras propuestas y actividades de lo más interesantes y estimulantes para que aprendan mucho y rápido, para que tengan una buena educación, que destaquen y sobre todo para que no se aburran, no pierdan el tiempo.


Ignoramos que con todo ello los estamos distrayendo y alejando de su propio programa interno de aprendizaje, que funciona en ellos invisible para nuestros ojos como funcionan su hígado y su corazón sin que nos demos cuenta. Pero con ese constante intervencionismo los estamos dañando pues pierden ese contacto consigo mismos y sus deseos internos y cada vez esperarán más que los entretengan desde fuera. Pero si los adultos que los acompañamos se lo permitimos, veremos que los niños vienen capacitados para guiar su aprendizaje desde dentro y que sus mentes están configuradas para que ese aprendizaje sea el óptimo en cada circunstancia, cada momento, cada persona.


Y aún así ellos, unos con más y otros con menos paciencia, nos conceden el privilegio de dirigir sus vidas renunciándose. Y no nos quepa duda: lo hacen por amor. Ya que no pueden permitirse perder el amor de los padres, nos complacen en nuestros caprichos y posponen u olvidan su plan interno de desarrollo. A veces, si hay suerte, intentan hasta disfrutar en su cautiverio como lo hacen aves enjauladas que se divierten no “gracias a” sino “a pesar de”. Porque jugar y divertirse es un mecanismo de aprendizaje tan perfecto y tan potente que hasta en las circunstancias más difíciles se cuela por las rendijas y se hace vida. Para desplegar las plumas se necesita libertad: bien sabemos que en una jaula es imposible volar.


Hay que empezar a confiar en la vida, olvidar los planes, divertirse, observar, acompañar, dejarse llevar por su alegría, su fuerza poderosa interna que los hace tan tenaces en lograr que se cumplan sus necesidades y deseos... Habrá que aprender a no dirigir la interacción de los niños con el entorno, proteger de la invasión de otros intervencionistas, respetar los procesos de vida.


Confiar en la vida es dejar de gobernar las flores para disfrutar de ellas y su esplendor.


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