Palabra y obra

You will see the calm flee. Chapter VIII
Verás huir la calma. Capítulo VIII
20 de Octubre de 2014


La escritora antioqueña María Cristina Restrepo compartió en exclusiva con EL MUNDO, el Capítulo VIII de su nuevo libro Verás huir la calma, en el que cuenta la historia de Jorge Isaacs, como político, aventurero y poeta.



Jorge Isaacs (Cali, República de la Nueva Granada, abril 1 de 1837 - Ibagué, abril 17 de 1895).

Ilustraciones 

Álvaro Tuberquia 

María Cristina Restrepo


Especial para EL MUNDO


Nuestra querida Julia Holguín, la viuda de Lisímaco, había vuelto a casarse, esta vez con Francisco Rebolledo, también amigo de la familia. Por aquellos días el matrimonio vivía en Bogotá. Gracias a sus cartas, Alcides y yo recibíamos noticias sobre el desempeño, no siempre ecuánime, de Jorge en el Congreso. 


Poco dado a ocultar lo que pensaba, pronunciaba unos discursos acalorados, llenos de esa pasión que lo caracteriza. Como era de esperarse su vehemencia tocó sensibilidades, hirió orgullos y, sin pretenderlo, le fue ganando enemigos. Los conservadores lo criticaban, en especial Carlos y Jorge Holguín. La simpatía era cada día más notoria por la causa liberal. Veían con preocupación el giro que iba dando, temerosos de perder un brillante representante para su causa. A la acusación que le hicieron de estar cambiando de partido, Jorge respondió: “Lo que ocurre es que estoy empezando a ver la luz”.


Siempre he creído que la educación que recibió en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras fue el primer paso hacia el cambio político que entonces se manifestaba con tanta claridad. El maestro de rostro anguloso y mirada inteligente se había ganado de inmediato la confianza de Jorge, un niño asustado, que añoraba amargamente la vida en familia, las caricias de doña -Manuelita y el afecto de sus hermanas. A su llegada con apenas once años a la capital, necesitó el apoyo de alguien y nadie mejor que el doctor Lleras, hombre polifacético como llegaría a ser su alumno, liberal radical, con unas ideas de justicia y libertad que supo sembrar en la mente del “calentanito”, como lo llamaban sus compañeros.


Poco después de la primera acusación, otro congresista pretendió insultarlo llamándolo miembro de la raza maldita. El que se hiciera referencia a su ancestro judío con la intención de humillarlo, indignó a Jorge. A partir de ese momento comenzó a culpar de nuestros problemas al prejuicio de las personas que lo despreciaban por ser el hijo de don Jorge Enrique, quien, a pesar de haberse convertido al catolicismo, de haberse hecho colombiano, de haber levantado una familia en el valle del Cauca y haber servido con devoción al país, fue considerado por muchos, hasta su muerte, como un extranjero. 


En las cartas de Jorge, que a veces llegaban con regularidad y otras se espaciaban de manera preocupante, recomendaba el cuidado de los niños, como si hiciera falta, o la economía en los gastos, como si pudiera ser de otra manera. Se refería continuamente a la intolerancia de los colombianos, a la falta de caridad, a los odios que campeaban en la vida política y económica. Aseguraba que no sentía vergüenza de la raza de su padre. Al contrario, encontraba inspiración para la poesía precisamente en la Biblia, libro que leía por las tardes en su habitación de alquiler, o cuando venía a casa, en la silla de juncos en el jardín.


 


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Pienso, sin querer juzgarlo de manera muy severa, que Jorge fue responsable de la animosidad que despertaba. Desde muy joven ha ostentado un talante orgulloso, con frecuencia arrogante. Basta ver su manera de andar, el gesto desafiante de la cabeza, la mirada taladrante y ese rictus desdeñoso de la boca, para comprender que se considera dueño de la razón. Hasta en la desdichada aventura militar en Antioquia demostró poseer una ambición política tan arraigada, que ni los más violentos ataques por parte de sus oponentes, entre ellos el clero, con su inmenso poder, lograron abatirlo. Sería necesaria la expulsión de la vida pública por parte de aquellos antioqueños a quienes todavía asegura admirar tanto, para alejarlo por las malas de esa actividad que le devolvió muy poco de lo que entregó.


Durante los últimos meses de su militancia en el Partido Conservador, se desempeñaba también como redactor del diario La República. Creo que el periodismo, ejercido de manera permanente, le habría asegurado el éxito, además del tiempo para escribir otras novelas. Pero en el caso de La República, Jorge se encontraba en un dilema: de una parte estaba su inclinación por el periodismo; de otra, las nuevas ideas políticas. Como es bien sabido, el periódico apoyaba el ala moderada del conservatismo, orientación de la cual se había separado ya en su corazón.


 


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Con el tiempo pagaría caro esa celosa fidelidad a sus principios. Su entereza, la honestidad con el nuevo pensamiento que concebía a medida que aumentaba el conocimiento del país, y de los problemas que lo asolaban, fueron las principales razones por las cuales pasó del conservatismo a la masonería, y de ahí al liberalismo radical. Un pecado, al parecer imperdonable, una traición para tantos que presenciaron aquel cambio  inevitable. Por ese motivo, años más tarde, cuando la cuestión religiosa llegó al punto más crítico, las autoridades eclesiásticas del Cauca, en combinación con la prensa conservadora, lo atacaron de manera despiadada e injusta.


Su primera participación en el Congreso habría de durar hasta 1869, el año más terrible, el de la muerte de Clementina. Nuestra hijita dejó de existir el 11 de enero en Bogotá, adonde la habíamos llevado en busca de mejores tratamientos, que no surtían efecto, porque la vida se iba apagando en su cuerpo cada día más frágil, atormentado por la enfermedad. Al ver su carita lívida recostada en las almohadas, al verla sonreír débilmente, tratando de darme ánimos, me decía que no había peor suplicio. La niña sabía que iba a morir y aceptaba ese hecho con una serenidad conmovedora. Yo habría dado gustosa mi vida por la suya. En vano oré, le imploré a Dios que me llevara a cambio de ella, rogué de rodillas por un milagro del cielo. Pero de nada valieron mis ruegos. Cuando Clementina exhaló el último suspiro, sin proferir una queja, resignada a lo inevitable, algo en mí murió con ella.


No he dejado de recordar a mi hija un solo día, con una pena que no mengua. Tengo la costumbre de contar cuántos años tendría de haber vivido: catorce, quince, dieciocho, veinte. La imagino transformándose de niña en mujer, viéndola abrirse al amor, a la maternidad. De imaginarla constantemente, me parece verla, una figura blanca que se acerca a mi lecho al amanecer, que se desliza junto a las macetas de flores al fondo del jardín, que está de pie, inmóvil a la orilla del río, contemplando la corriente. Me pregunto si será cierto que los muertos encuentran al otro lado a sus seres queridos. Pero se trata de suposiciones, el consuelo que buscamos cuando la pena es demasiado grande para poder soportarla, cuando el silencio inquebrantable de los que se van, amenaza con destruirnos.


El dolor de Jorge fue inconcebible. Sus sollozos, aferrado al cuerpo de nuestra pequeña, me desgarraban el alma. Hice lo posible por soportar esa doble tragedia: la de perder a la hija más cariñosa y alegre, y la de verlo sufrir de aquella manera. Él mismo cortó sus trenzas, que guardamos en una caja de madera perfumada.La misma que abriríamos este año, para guardar los pañuelos de Elvira Silva.


 


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El nuevo presidente, Santos Gutiérrez, quien confiaba en Jorge como se vería más adelante, inició su Gobierno con una propuesta de convivencia política, encaminada a eliminar los odios partidistas que existían, existen y existirán en el país. Para dar el primer paso les ofreció a dos notables conservadores, el doctor Ignacio Gutiérrez Vergara primero y luego el general antioqueño Pedro Justo Berrío, el cargo de secretario del Tesoro y Crédito Nacional, que ambos declinaron. Pero se había sentado un precedente en un gobierno que pretendía orientarse hacia la moralidad, el desarrollo de la instrucción pública, el entendimiento con la Iglesia, el mejoramiento de las condiciones económicas del país. 


En la mayoría de los estados gobernaban los radicales, aunque el Tolima, Antioquia y Cundinamarca tenían gobiernos conservadores. El nuevo presidente recibía un país con recursos menores que las obligaciones del tesoro. Presentó al Congreso una serie de medidas de emergencia encaminadas a reorganizar el crédito nacional, a ordenar el sistema público de pagos. También fijó en 1.500 hombres el pie de fuerza del Gobierno, y presentó un nuevo estatuto de aduanas. 


Fue durante el Gobierno de Santos Gutiérrez cuando oí hablar por primera vez de la posible exploración de unos yacimientos de carbón en la Costa Atlántica. Las rentas de ese mineral podrían, según el presidente, eliminar el monopolio de la sal. Además, tenía otro proyecto que apasionaba a Jorge: construir un canal en Panamá, idea que mi marido consideraba fundamental para las exportaciones, y que el presidente pensaba contratar con Estados Unidos. Algo que a simple vista parecía realizable. 


 


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Por la época en que pasó a engrosar las filas del liberalismo, con gran indignación por parte de algunos miembros de la familia, de nuestros amigos los Holguín, de sus antiguos copartidarios en la capital, Jorge entró a la masonería. 


Llevaba años entregado al estudio de las obras de revolucionarios radicales franceses como Luis Blanc y Joseph Proudhon, que eran masones. Leía a Benjamín Constant, a Alexis de Tocqueville, a Lamartine, a Víctor Hugo, escritores interesados en temas políticos y sociales. Repasaba las teorías de Jeremías Bentham, para quien el interés económico ha sido la fuerza que mueve el alma humana. Lo seducía la influencia de las doctrinas socializantes y liberales que provenían de Francia e Inglaterra. Sostenía largas conversaciones con César Conto, intercambiaban libros. Yo me sentaba a su lado para oírlos hablar. Discutían el papel de la masonería en la difusión del pensamiento libertario en nuestro país y aseguraban que la Revolución francesa había sido portadora en América Latina de las verdaderas ideas de justicia social, que aquí estaban por aplicarse. 


Los miembros de las logias masónicas eran personas destacadas en el plano político, económico, intelectual, social. Conto y Jorge mencionaban al general Mosquera, a Florentino González, a Manuel Ancízar, cuyo trabajo en la política, el derecho y el periodismo, ambos admiraban. Era innegable la influencia de José Hilario López, caucano como nosotros, la persona que había sido llamada a cambiar nuestra forma de vida con reformas como la declaración de la libertad de enseñanza, el otorgamiento de libertad a los esclavos, la libertad de imprenta, el juicio con jurado en las causas criminales, la institucionalización del matrimonio civil, la expulsión de los poderosos jesuitas por cuestionar las reformas liberales, la liquidación de todo privilegio eclesiástico por parte del Congreso. Tanto Jorge, como Conto, habrían de defender esas ideas, muchas de ellas contrarias a la educación recibida en la niñez, a la forma de vida de los grandes terratenientes del Valle del Cauca.


La iniciación de Jorge tuvo lugar el día convenido, en Bogotá. Ya bien entrada la noche, debía esperar una señal cerca de la iglesia de Santa Clara. En medio de la oscuridad, un desconocido se acercó con paso lento por la calle desierta. Sin decir palabra le vendó los ojos, lo obligó a dar varias vueltas para que perdiera el sentido de orientación y lo guió a un lugar elevado, pues subieron por lo menos tres tramos de escaleras. Al llegar a una habitación mal iluminada, el desconocido le ordenó quitarse la venda. Jorge pudo ver tapices negros con emblemas en las paredes. Un esqueleto presidía la escena desde un dosel, empuñando una espada en cuya punta había un papel con un mensaje para Jorge: se le preguntaba cuál sería su testamento, llegada la última hora. 


Se disponía a responder cuando unos pasos resonaron en el pasillo. Un hombre encapuchado de negro, que llevaba una soga, entró a la habitación. Se acercó a Jorge, le vendó nuevamente los ojos, le quitó la chaqueta, el chaleco, la corbata y los zapatos, le ató las manos y le ordenó seguirlo hasta un lugar en el mismo edificio. Las personas allí reunidas lo interrogaron sobre política y religión.


Jorge sentía el pulso de la sangre en las sienes. El corazón le latía con fuerza. No había imaginado que sentiría tanta emoción y hacía esfuerzos por serenarse. El ritual tenía un misterioso poder que lo conmovía, a pesar de su deseo por mostrarse ecuánime frente a los demás iniciados.


Finalmente se le concedió la luz como neófito, después de lo cual le quitaron la venda para que pudiera ver el templo masónico iluminado por cientos de velas, a los hermanos adornados con bandas, mandiles y condecoraciones. Jorge se puso de rodillas frente a la escuadra y el compás. Juró amar y proteger a los hermanos y respetar a las esposas, hijas y hermanas de los cofrades. Había sido admitido a la logia masónica Estrella del Tequendama, en el grado treinta y tres. 


Seguía los dictados de su conciencia. Veía nuevas formas de impulsar el desarrollo del país, más apropiadas al momento histórico que las teorías de los conservadores. Libre de las ataduras de la riqueza, de la posesión de la tierra, del peso de la tradición, de la influencia de la familia, se decidía a ser él mismo. 


No dudo que la masonería influyó en su carrera política, dado que en nuestra América es una organización clandestina, dedicada a esa actividad, con unos objetivos que Jorge hizo suyos, tales como la separación entre la Iglesia y el Estado, o la secularización de la enseñanza. Asuntos por los cuales ha combatido de manera ferviente a pesar de las persecuciones, a pesar del desafecto de muchos, entre ellos Miguel Antonio Caro, quien por ese entonces todavía le brindaba su amistad, ofreciéndose una vez más a corregir las pruebas de la segunda edición de María.


Se acercaba el tiempo en que Jorge habría de llevarnos a la más descalabrada aventura económica. Pero, a pesar de las enemistades que se granjeaba, de las dificultades para pagar las deudas en las que incurríamos, a pesar de su ausencia y del temor a perder su amor, a pesar de la trágica muerte de Clementina, nada nos hacía sospechar que en un par de años nos veríamos abocados a ese desastre financiero y moral que se llamó Guayabonegro. Otro nombre de mal agüero, como el de La Caridad.



Su literatura

Esta fue la respuesta de María Cristina Restrepo, a la pregunta ¿Qué la sorprendió en esta investigación de la historia de Jorge Isaacs, que parecería ser casi una contradicción con lo que inspiran sus letras?


“En el sentido de las contradicciones, no me sorprendió nada. Pocas personas tan fieles a sí mismas como Isaacs. Somos nosotros, los de las generaciones posteriores, quienes no hemos querido ver en él más que a un dulzón escritor de una novela romántica”. 


“Somos nosotros los que no hemos querido leer en María más que una trágica historia de amor entre dos ingenuos adolescentes. Lo que sí me sorprendió fue esa vida apasionante, esas facetas que no conocía, el educador, el explorador, el descubridor, el antropólogo, el diplomático, el visionario que soñaba con ferrocarriles y explotaciones mineras, el agricultor que enviaba al señor Eder en la Manuelita fórmulas para mejorar el azúcar”. 


“El político más osado, el dictador en Antioquia, el enemigo político de Núñez que termina convertido en su amigo personal, el hombre capaz de alzar la voz en favor de sus ideales. Isaacs no se inclinó ante nadie. ¿Sorprendente en el autor de María? Si se la lee con cuidado, se verá que no”.




Su tumba

La tumba de Jorge Isaacs está ubicada en el Museo Cementerio San Pedro de Medellín. 


Ante esto, María Cristina Restrepo dijo que piensa que “Isaacs no pudo perdonar el desprecio con el cual recibieron la novela en su tierra. A María la tildaron de plagio, de haber sido escrita por su hermano Alcides y firmada por él, de ser un intento de restaurar el buen nombre de la familia”. Además, precisó: “Para mí sigue siendo un misterio esa idealización de Medellín, de Antioquia, de los antioqueños, si se piensa en lo mal que le fue cuando se proclamó jefe civil y militar en estas tierras. Pero el hecho es que quiso pasar aquí sus últimos años y al no poder hacerlo, dejó instrucciones para que sus huesos fueran trasladados a esta ciudad”. 




La autora

María Cristina Restrepo nació en Medellín, donde estudió Filosofía y Letras y Educación. 


La escritora, lingüista y traductora, vivió durante un año en Roma, donde estudió Lenguas Modernas e Historia del Arte. 


Durante varias décadas, Restrepo ha sido profesora de Literatura e Historia, además de traductora, colaboradora de algunos medios de comunicación y gestora cultural. 


También, se desempeñó como directora del Centro Cultural y Biblioteca de la Universidad Eafit. 


Sus obras han estado relacionadas con diferentes temáticas, la mayoría han tenido que ver con Colombia y sus hechos históricos. 


Ha publicado ensayo, crónica, cuento y novela. 


Actualmente recide en Rionegro, Antioquia, desde donde escribe sus novelas, se dedica a la lectura y a la orientación de un taller de escritura creativa.