Palabra y obra

Marta Traba, the “rootless” one
Marta Traba, la desarraigada
27 de Noviembre de 2015


Conocí a Marta Traba cuando yo tenía 18 años, ella 41, y era profesora de Historia del Arte en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de los Andes.



De izquierda a derecha: Silvio Vélez, propietario de la Galería Contemporánea; Marta Traba, crítica de arte; Octavio Arizmendi Posada, gobernador de Antioquia y Aníbal Vallejo.

Archivo Aníbal Vallejo

Conocí a Marta Traba cuando yo tenía 18 años, ella 41, y era profesora de Historia del Arte en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de los Andes. De pequeña estatura, con su capul siempre cubriéndole la frente, era apabullante con su palabra y su marcado acento rioplatense, que no había podido dejar. 


Qué iba yo a saber de su vida y su trashumancia, de esa admirable mujer que lo llevaba a uno de una cultura a otra, sin parar, casi sin respirar, mientras el tiempo pasaba en esos salones llenos de estudiantes de distintas carreras, quienes nos sentíamos subyugados por su palabra. 


Sólo sabía que era la mujer de Alberto Zalamea, director entonces de la Revista Alternativa, en la que tenía una columna sobre el acontecer artístico, que desde años atrás disertaba en la televisión en blanco y negro, parada en los sardineles divisorios de las calles de Puente Aranda compitiendo con el ruido infernal de los camiones. En blanco y negro, como parodiando uno de sus primeros libros El museo vacío en el cual no había indicaciones, ni cuadros explicativos, ni esquemas cronológicos. 


Marta Traba había desacralizado la posición del arte, bajándose a la calle, saliéndose de esos viejos salones escalonados en las faldas de Monserrate, mientras que allí cerca, en el Parque Santander, en las famosas Ferias del Libro, al aire libre, se vendía su obra literaria y sus primeros escarceos estéticos.


 En ese parque palpitaba el corazón de la ciudad, el Museo del Oro, el emblemático edificio del Banco de la República, la enorme Librería Francesa, la Galería El Callejón, allí cerca El Automático, el emblemático café, punto de encuentro de la intelectualidad de la época, la Librería Bucholz con su molino siempre en movimiento, como los habituales visitantes compradores que invadían los distintos pisos. La iglesia de San Francisco con su pinacoteca colonial semialumbrada en la penumbra por las veladoras de los fieles, el edificio de la Gobernación, la vida palpitante de los esmeralderos y más abajo el populoso San Victorino con su estación ferroviaria, y la truculenta vida de los bajos fondos en un mercado caótico y sin control.


Qué iba yo a saber nada de la respetada crítica que había puesto el tema del arte en las páginas de los diarios donde escribían otros nacionales y sobre todo extranjeros que habían llegado a Colombia, después de las guerras mundiales que disertaban e inauguraban exposiciones. 


Qué iba a saber yo de esa su infancia infeliz, al lado de un padre borracho e irresponsable que si bien no les faltó del todo, no cumplió con su papel fundamental de protección y cariño. Trabajó en la revista Caras y Caretas como secretario de Redacción.  Su ir y venir de casa en casa, de hotel a inquilinato, de ciudad a ciudad, de país a otro país, se convirtió en una maldición.  Vivió en cuarenta casas, en nueve países, sin contar hoteles, pensiones y residencias. La descripción en las barriadas de San Telmo en Buenos Aires, en la calles Chacabuco y Gualeguaychú, con sus inquilinatos y vivencias quedaron plasmadas  en su obra literaria. Casas todas iguales que ni sus propietarios podían reconocer. No tuvo lugar propio ni territorio. 


Tantas viviendas en tantos sitios fueron plasmadas como sinónimo de desventuras, con huellas familiares y personales,  habló de su mundo de carencias y horror que fue su infancia. Al lado de su producción crítica aparecieron Las ceremonias del verano, Los laberintos insolados, Casa sin fin, En cualquier lugar, La jugada del sexto día, Homérica latina, Conversación al sur... siete novelas, dos libros de cuentos, uno de poesía, 22 libros de arte y cientos de artículos y ensayos publicados en El Tiempo, las revistas Semana, Nueva Prensa, Mito y Eco. 


De niña deambulando por esos callejones para ir a la escuela. “La niñez me parece uno de los periodos más horribles de la vida de un ser; lo mismo la adolescencia (...) Fui una niña triste. Fui una niña solitaria (...) y todo lo que me pasaba era terrible. Era una criatura abandonada (...)”, dijo. 


En esas casas de inquilinato todos sabían lo de todos, no había nada oculto. Así fue toda su vida armando y desarmando casas por el mundo, angustiada por dejar a sus hijos. Rodeada de los miedos que no le dejaban disfrutar sus viajes, con el terror que le producía viajar en avión. Premonitorio augurio que le hacía temblar las rodillas al subir, sudar las manos al despegar y  suspender los latidos al aterrizar, que la llevó a tomar su último vuelo a Bogotá, donde su segundo esposo, Ángel Rama, era el invitado a intervenir en un evento cultural y ella le acompañaba, convidada pero no invitada, a un país que le había puesto en dificultades consulares y ella le había ganado por tener hijos nacidos en Colombia. 


Una época ya pasada, en la que había levantado tantas incomprensiones por su actitud crítica con los movimientos artísticos, que la hicieron dejarla de lado en sus últimos años y dedicarse a su enorme interés por la literatura.


Ese fatídico vuelo del Boeing 747 de Avianca, el HK-2910 se llevó entre sus ruinas, en Mejorada del Campo, a 183 personas, entre ellas a Marta Traba. La nieta de españoles, la argentina de nacimiento y la colombiana por adopción quedó enterrada en el cementerio Jardines de Paz, en Bogotá, junto a su esposo, con una lápida que sólo marca la fecha de su muerte, noviembre 26 de 1983. ¡Como si no hubiera nacido!


¡Cómo hiciste de falta querida Marta durante todos estos años y que tu vida hubiera terminado así!