Palabra y obra

Dioscórides, the artist who plants bamboo in the heart
Dioscórides, el artista que siembra bambú en el corazón
8 de Abril de 2016


El artista Dioscórides Pérez Bedoya presentó recientemente su libro Sembrar bambú en el corazón. Relatos de China, publicado por la Editorial de la Universidad Nacional, en la que narra los 1.000 días que permaneció estudiando xilografía.


Foto: Cortesía 

Dioscórides Pérez Bedoya se aproximó a la filosofía a través de las obras de Kandinsky y Klee.

Óscar Jairo 


González Hernández


Profesor Facultad de Comunicación Universidad de Medellín


¿Por qué tituló el libro de esa manera, qué busca causar con eso de “sembrar bambú en el corazón”?


El bambú  simboliza en China la paciencia y la perseverancia. Una vez sembrado, el bambú se manifiesta en la superficie como un pequeño brote, pero bajo tierra está echando raíces. Después de cinco años, surge y se eleva rápidamente hasta alcanzar mucha altura; habrá de demorarse un  tiempo largo para florecer. 


Cuando llegué a China en el otoño de 1984, tuve que hacer a un lado  mi importancia personal y mis conocimientos y empezar un proceso de reeducación del cuerpo y los sentidos para adaptarme a esa tierra de dragones. Debía iniciar mi preescolar chino, aprender a leer y  escribir los caracteres del mandarín para poder nombrar los deseos y las  cosas,  a comunicarme con el lenguaje de los gestos, y hacer empatía  con el entorno y el espíritu de esa cultura. Esto exigía  mucha observación, paciencia y perseverancia.


La clave fue aprender a ver-sentir-hacer; fue realmente como sembrar bambú en el corazón. Inicié con la práctica del ojo y el  asombro y a sentir cómo  ‘la belleza penetra lentamente’. El título del libro es  una metáfora del aprendizaje del hanyu y del sembrar en el cuerpo el conocimiento a través del arte de la meditación del taichí. 


¿Este libro exorciza su vida? 


El texto contiene la memoria, hecha relatos y ficciones, de los mil días y los sueños de las mil lunas que viví en China, articulada por el aprendizaje del mandarín, el taichí y el chigong, artes marciales del movimiento y la respiración. 


Ese día, hice también un performance de taichí y caligrafía, donde puse en escena las memorias sembradas en el cuerpo. Me acompañaron una bailarina de butoh y un amigo experto en sonidos.  Después de más de 30 años, los relatos recuperan olvidos, conjuran demonios y revelan el florecimiento del bambú. Son también como el resonar de un gong  forjado en Beijing, en la Academia de Artes, y en los viajes por montañas, desiertos, monasterios y lamaserías, recogiendo experiencias durante la vigilia y en los sueños.


¿Cómo se relaciona este libro con sus performances? 


En el libro apenas menciono  mis performances en China, algunos  hechos en La ciudad prohibida y en el jardín de la Casa de Confucio, quizás porque allí todas las experiencias eran performáticas: sucedían por primera vez. Mi vida allí fue como un largo  sueño del que, sólo después de mil días, pude despertar. 


Ahora, hago tres clases de performances: uno sucede en mis clases de arte, en los salones o talleres de la academia; otros son acciones rituales, generalmente hechas en espacios abiertos, en el campo, ríos, desiertos, que están íntimamente relacionadas con el llamado ‘land art’, el chamanismo y con el arte rupestre. La tercera, son  las meditaciones del taichí, un arte marcial de tipo interior que se conoce en occidente como boxeo con la sombra; es decir, una técnica de meditación en movimiento que prepara el cuerpo y el espíritu para la batalla con sí mismo. Los performances académicos suceden en el aula, taller o espacio abierto. Allí  uso una particular ‘bibliografía objetual’, y con gestos y relatos intento instalar en el aquí y ahora una incitación al asombro, para despertar la intuición, activar la imaginación, desatar las memorias  y dirigir todo   hacia   la acción creativa. 


Los dos siguientes, aunque también suceden como prácticas de campo con estudiantes de artes, son acciones que realizo generalmente en solitario. Se trata de juegos creativos de performances e instalación  con  tierra, piedras, madera, agua, fuego y metales; son invenciones rituales, ‘arqueometrías’ que intentan una  empatía con la naturaleza. Insisto con ello en encontrar una reconfiguración de mi energía y por tanto son actos de sanación personal y del entorno. Mis performances son un juego de descubrimiento de lo invisible, una experiencia del Ver,  una escritura en tierra, una construcción de pequeños laberintos como acción poética del cuerpo y para el cuerpo. No hay espectáculo. Los sonidos guturales, que a veces produzco,  son mantras para mover- redibujar la energía del espacio, para intentar detener el tiempo. Son actos de resonancia con la naturaleza y su  permanente acción creativa.  De ello quedan algunos textos que escribo después como crónica, y una serie de fotografías que en  muchas ocasiones son autorretratos. 


Los relatos del libro Sembrar bambú en el corazón están anudados al aprendizaje del taichí, e íntimamente relacionados con la caligrafía y con todos los conceptos de la estética taoísta, que debí aprender para desarrollar mi trabajo artístico de grabado. Según los chinos, se puede hacer arte sin preparar el cuerpo y el espíritu cargándolo de energía del vacío. 


¿Para qué le sirven en su tarea artística la meditación oriental (intuitiva) y la reflexión (racional) occidental?


La meditación de lentos movimientos del taichí se práctica para cargar el cuerpo y el espíritu de Chi, energía indispensable para insuflar de vida las representaciones caligráficas o pictóricas. Una pintura o caligrafía hechas sin Chi son como un arrume de huesos; un dragón dibujado con Chi puede romper el papel y regresar al cielo de donde proviene. Lo menciono en el capítulo donde comparto las instrucciones para cazar un dragón. 


El taichí requiere de un cuerpo relajado, atención y concentración en el aquí y ahora,  y una respiración embrionaria. Esta práctica lleva al cuerpo y al espíritu a la  empatía con la naturaleza, momento de intuición en que esta revela sus secretos; estar en este umbral  del asombro produce un estado de  epifanía que debe sembrarse en el corazón. La reflexión estorba al asombro, mata la intuición. La mente trabaja con la razón y después  organiza la memoria. La memoria del  corazón brota en forma de resonancia.


¿Cómo une la xilografía y la performance? 


Mientras era estudiante de artes, hice teatro en la Universidad Nacional bajo la dirección de Ricardo Camacho, grupo que terminó  convertido en el Teatro Libre de Bogotá. 


Desde que  inicié mi carrera docente en 1978, empecé a hacer performances propias  y pedagógicas con mis estudiantes, cosa que parecía totalmente descabellada en la academia de esa época. Eran acciones inevitablemente  contagiadas  del simulacro teatral-político de la época, pero que ya presentaban la deriva onírica y surrealista que aparecía en mis dibujos y grabados. 


En 1984, viajé a China para estudiar xilografía tradicional y me encuentro con la disciplina taoísta del taichí, a la que me integro de inmediato y que considero desde entonces como mi mejor performance, pues,  esta especie de danza que imita el movimiento de los animales y las mutaciones de la naturaleza, es el ejercicio por excelencia del aquí y ahora. Además, porque  instala en el cuerpo la estética taoísta, el gesto pictórico y caligráfico,  los símbolos, y la energía del cosmos, en beneficio de la salud,  la intuición, la imaginación y la creatividad. El taichí es una forma de hacer caligrafía y dibujo en el vacío del espacio, de forma invisible y efímera; también un camino del  sentir, una forma de  disolverse en el vacío.


La xilografía china, técnica milenaria de impresión con tinta y acuarelas, es una  técnica que tiene como prerrequisito el dibujo, y exige en  la talla y la impresión el dominio de los cinco elementos: agua, tierra, madera, metal y fuego. El dibujo es una poiesis, acción creativa, resultado de las resonancias orgánicas y espirituales del corazón. Cuando este resuena, el cuerpo tiembla y la mano y el lápiz actúan como un sismógrafo, que por medio de líneas, planos, volúmenes, representa la experiencia del ver lo  visible del mundo real, y lo invisible de otras dimensiones; esto último  situándome  en el espacio-tiempo como  meditador y como observador cuántico.  Dibujar es un acto de alquimia, una maroma de abstracción, un suceso mágico.