Palabra y obra

15 years of the “Rose Cycle”, geographies of the other love
15 años del Ciclo Rosa, geografías del otro amor
10 de Junio de 2016


Comienza la 15ª edición del Ciclo Rosa, certamen cinematográfico, que tendrá funciones en Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, a partir de hoy. En la capital de Antioquia, esta cita cinematográfica será desarrollada en el Colombo Americano.



Cinco hitos del Ciclo Rosa

Cortesía Cinemateca Distrital de Bogotá

Pedro Adrián Zuluaga


Crítico de cine Programador del Festival de Cine de Cartagena-Ficci


En 2001, año del primer Ciclo Rosa, el amor entre personas del mismo sexo todavía parecía destinado a ser un oficio de las tinieblas. En los noventa, salió a flote en Medellín una militancia rabiosa que nos enseñó a colgar la vergüenza y salir a las calles para gritar, bajo la sombra protectora de Alaska y Dinarama, “A quién le importa”. Tras esos breves veranos del orgullo y la anarquía, lo normal era volver a las cloacas y los submundos, a las vidas atemorizadas, al amor que no se atreve a decir su nombre.


Con un lenguaje a veces oblicuo y otras directo, muchos artistas de Medellín habían encontrado en el homoerotismo su particular manera de vivir a la enemiga, de espaldas a ese confort moral que da ser parte de la mayoría. La poesía de Porfirio Barba-Jacob; la pionera novela de Félix Ángel, prohibida en la ciudad, y que guarda detrás de su título casi infantil, Te quiero mucho poquito nada, una violenta denuncia de Medellín y su espíritu provinciano y cerril; o la desmesurada elegía de Fernando Vallejo. Libros y artistas proscritos, tolerados a medias o pagando un alto precio: estar muertos o vivir en Otraparte. Otros momentos de convocatoria cultural como un ciclo de Derek Jarman, o las películas de Fassbinder o Almodóvar, no pasaban de ser la excepción que confirma la regla, y la regla era no tener espejos en donde mirarse. Era una muy hábil manera de convencernos de nuestra culpa y monstruosidad.


Las filas de cientos de gais y lesbianas, de travestis y transexuales que se tomaron en julio de ese año las escaleras que subían al tercer piso del Centro Colombo Americano, fueron, por eso, el gesto que rompió la costumbre. Un sitio emblemático de la cultura en Medellín abría sus puertas a una muestra de cine incómodo y valiente. Las “sucias peliculitas” de Rosa von Praunheim, que se presentaron en ese primer Ciclo, se burlaban no sólo de la sociedad patriarcal y su violencia normalizada; también se llevaban por delante el nuevo conformismo de la comunidad gay que, tras la crisis del sida, había aceptado el consuelo de volver al redil, formar familia y reproducir el rostro más desgastado del mundo heterosexual. 


Rosa von Praunheim es, en realidad, el seudónimo del alemán Holger Bernhard Bruno Mischwitzky. Con el nombre de Rosa, este autor irónico y dulce a la vez, recordaba el holocausto de homosexuales, marcados con un triángulo rosa, en los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial. El principal festival de cine Lgbti en Colombia nació pues como una invocación para no olvidar esos muertos del pasado y recordar el sufrimiento de miles de seres humanos que fueron obligados a vivir vidas miserables y padecer muertes oprobiosas. Y todo “por coger como nos gusta”, como canta Liliana Felipe.


Los años siguientes del Ciclo Rosa nos educaron en el difícil gesto de mirar al otro y aceptar su singularidad y libertad, en abrirnos a las múltiples posibilidades del sexo y el amor. Los centenares de títulos presentados muestran que cada elección humana trae su equipaje de dolor.


 La vida no es color de rosa


Por el Ciclo han pasado representaciones de espíritus rotos, fábulas sobre la precariedad de los vínculos afectivos y toda una pedagogía sobre las formas de la diferencia sexual: filias y fobias, prácticas y hábitos, transgresiones y rupturas. 


Hemos visto transformarse los grandes miedos y ansiedades que sacuden al planeta Lgbti: el miedo a morir de sida que era, sobre todo, el miedo a desaparecer en la vergüenza y la soledad; el debate sobre lo que está en juego en la decisión de intervenir quirúrgicamente el cuerpo para darse el género que corresponde al deseo o la fantasía; la fe o la desconfianza en la pareja como la forma más acabada del amor.El Ciclo, tanto en su versión académica como en su muestra de películas, anticipó debates: la iglesia y los homosexuales, el matrimonio igualitario, o la urgencia de una cultura jurídica para atender las demandas de ciudadanía de transexuales e intersexuales.


Imagen oficial del Ciclo Rosa 2006.


Colombia maricona



El festival ha contribuido también a armar el rompecabezas de la cultura Lgbti en el país. Los reconocimientos a figuras como el cineasta Luis Ospina, la Revista Acento y su director Fernando Toledo, o el dramaturgo antioqueño José Manuel Freidel, fueron la ocasión para hacer un inventario histórico que le permite, sobre todo a las nuevas generaciones, inscribirse en una tradición de luchas que se renuevan aquí y ahora. Porque la historia no está, como lo quieren los profetas de desgracias, terminada. 


El Ciclo también ha creado dinámicas de exhibición y discusión sobre los trabajos del audiovisual colombiano orientado a estas temáticas y personajes. Por él han pasado trabajos de muchos colectivos como Mujeres al borde o Miau y de realizadores como Ana Cristina Monroy o el ya citado Luis Ospina. Esto no es un mérito menor en un país donde el campo cinematográfico copia la estructura machista de la sociedad en general y donde faltan miradas “otras”, estéticas de la debilidad.



Una experiencia


Durante años he estado vinculado al Ciclo Rosa, de muchas maneras que no vale la pena enumerar. Pero quiero terminar con una anécdota que revela que este festival, más que generar acuerdos bienintencionados pero frágiles, también ha sido lugar del disenso y la provocación. En 2005, mientras trabajaba para el Ministerio de Cultura, colaboré con el Ciclo Rosa en representación de la Dirección de Cinematografía. Participé en la decisión sobre la película inaugural y propuse para ese fin a la portuguesa O fantasma, una pieza pequeña, como de música de cámara, sobre un recolector de basura que busca por Lisboa al hombre con el que ha tenido un encuentro esporádico. El Teatro Jorge Eliécer Gaitán reventaba de público, el mismo que, en grandes cantidades, fue abandonando la sala, ofendido por una visión tan oscura y retorcida del deseo homosexual. La discusión, posterior a la película, sobre la conveniencia o no de abrir un festival con una obra que ofuscaba con su desapacible vocabulario visual y narrativo, fue una prueba de que el cine, las películas, no son simple ornamento o souvenir. Que son ese lenguaje donde, por la proximidad material de la imagen, nuestra experiencia y visión de la vida es confrontada a fondo. Y que si no tenemos imágenes, representaciones que nos hablen de nuestros deseos y fantasías, estamos más solos en el mundo.




Cinco hitos del Ciclo Rosa

1). Ser homosexual no es perverso, perverso es el contexto (Rosa von Praunheim, 1970): una mirada crítica e irónica sobre el comportamiento homosexual, que no deja de ser actual aquí y ahora.


2). The Gift (Louise Hogarth, 2003): impactante documental sobre un grupo de personas que desafiaron el miedo al VIH-Sida y creyeron en la idea de Foucault: "el sexo bien vale la muerte".


3). Tropical Malady (Apichatpong Weerasethakul, 2004): la pasión y el deseo homosexual convertidas en mito y poesía.


4). Nuestra película (Luis Ospina, 1993): una celebración de los sentidos oficiada por Lorenzo Jaramillo, un pintor que amó la vida y se enfrenta, con esta película, a su propia muerte. 


5). Besos de Nitrato (Barbara Hammer, 1992): la documentalista norteamericana escarba en  archivos fílmicos y construye la historia no oficial de la comunidad lésbica.