Cultural

The park that is not a park
El parque que no es parque
7 de Febrero de 2016


Ábalos Arquitectos, firma de los españoles Iñaki Ábalos y Renata Sentkiewicz, propuso recientemente una nueva cara para el parque San Antonio, haciendo énfasis en que hace falta mayor cantidad de árboles. Este espacio del Centro de Medellín.


Reinaldo Spitaletta


Especial para EL MUNDO


Mi tía Valentina, que, pese a todo, era de pocos rezos, me llevó una tarde a la iglesia franciscana de San Antonio de Padua, sobre la calle Abejorral con San Juan, en Medellín, y no sé qué fue ella a impetrar al santo patrón, aunque no era una petición de novio, sino quizá un milagro de poder tener un hijo, que ella, entrada en años, parecía querer no quedarse sin un primogénito, porque novios, decía ella, ya había tenido suficientes.


No sé a los pies de cuál imagen se postró ni qué oraciones pronunció. Yo me quedé alelado con la bóveda, los vitrales, unos bultos de santones que más que admiración, producían miedo. No sé tampoco cuánto tiempo estuvimos dentro de la enorme iglesia, cuya cúpula daba la sensación de infinitud, de estar en un espacio que a uno lo hacía sentir muy chiquito. Con los años, supe que su diseño se lo atribuían al italiano Felipe Crosti, el mismo que se quedó a medias en la concepción y trazados de la Catedral de Villanueva, y craneó el palacio de Carlos Coriolano Amador (a quien llamaban El burro de oro), que quedaba en Ayacucho con Palacé. Pero, en realidad, la iglesia la concibió y construyó otro itálico, que vino con Crosti, el franciscano Benjamín Maschiantonio.


La enorme construcción, en todo caso, me parecía a veces como una nave intergaláctica, y en otras, como un inmenso pabellón de apestados, porque, en aquella visita, vi señoras caminando de rodillas, alzando con desespero las manos, implorando en voz alta y articulando quejas y lamentaciones. No sé, digo, cuánto permanecimos ahí, pero, de súbito, escuché la voz de la tía (todos los sobrinos le decíamos Tina) diciendo “nos vamos”. Y cuando iba a visitarla a su casa de Gómez Ángel con Quito, y después a la zona de El Huevo, siempre que veía la iglesia la conectaba con ella.


Los alrededores de la iglesia fueron mucho tiempo un cementerio de carros, un coso municipal, cuya altura de chatarra casi tocaba las nubes. La iglesia, quizá por esa vecindad, perdió cartel o se contagió de ciertas fealdades. Desde la visita con Tina, jamás volví a entrar a la magnífica edificación. Después, ya para los ochenta, aparecieron vallas que avisaban que ahí, donde estaba la aglomeración de carros muertos, se construiría un parque. Los anuncios mostraban un parque (como deben ser los parques) lleno de árboles, con senderos de caminantes y no sé qué otros elementos de frescura.


No se supo por qué, de un momento a otro, los elementos del futuro parque cambiaron. Y desaparecieron los presuntos árboles que allí se iban a sembrar. El nuevo trazado era de puro cemento, baldosas, una que otra jardinera, a cielo abierto, como una mina, y se escuchaban argumentos de arquitectos y paniaguados de la Administración Municipal de que aquello era una maravilla, porque el cielo iba a ser parte del moderno Parque San Antonio, vaya perogrullada. El cielo hace parte, también, por decir algo, del parque El Volador, hacía parte del jardín inglés llamado El Bosque de la Independencia, bueno, del parque Bolívar, etc. Así que había un gran descubrimiento urbanístico: el cielo como parte del parque. Y en virtud de aquello, para qué árboles que no dejaran ver el firmamento. Y así fue. El parque San Antonio estaba pensado para asfaltos y una nula vegetación. Quizá alguno dijo que si sembraban árboles, serviría para atraer gamines y no sé qué otras vainas. Y el planeador dijo hágase así el parque y el parque así se hizo.


De las más beneficiadas con la construcción del San Antonio fue la alegre colonia chocoana, que antes tenía como embajada el Bar Atlántico. Y allí, en una parte de los 33.000 metros cuadrados, el maestro Fernando Botero erigió El pájaro (comprada por el Municipio y empresa privada por US$800.000), Torso masculino y La venus durmiente (donadas por el artista), pero, por otro lado, por la ribera de la avenida Oriental, Ronny Vayda esculpió una puerta alucinante, en la que durante muchos años se mearon borrachos y habitantes de calle.


Así luce actualmente el parque San Antonio, del Centro de Medellín, donde las comunidades afrocolombianas que viven en la ciudad suelen reunirse cada fin de semana. 


Una noche de junio de 1995, mientras avanzaban las alegrías de un bazar popular, con aires vallenatos, estalló una bomba puesta junto a El pájaro. Veintitrés muertos y más de un centenar de heridos en otra jornada de pavor, sumada a otros episodios de carros bombas, masacres y amenazas permanentes de atentados de los carteles del narcotráfico. El parque San Antonio se ensangrentaba y su cemento era la tumba de gente despedazada. La escultura de Botero también fue otra víctima. Él pidió que la dejaran así, destrozada, como testimonio de la estupidez. Desde entonces se denomina Pájaro herido. Cinco años después, puso otro pájaro, una paloma, en el parque: “Colombia son dos mundos: un cuerpo inmenso poblado por gente maravillosa, y un apéndice de terror. Quiero mostrar las dos caras de mi país”, dijo el escultor y pintor.


El parque San Antonio, en el que están, por ejemplo, la Alianza Francesa, y oficinas de la Empresa de Desarrollo Urbano de Medellín, es, después del atentado, una suerte de santuario y puede ser que El pájaro sea una de las obras de arte más fotografiadas de Medellín y de Colombia. Lo único que se parece a un parque en esa inmensa explanada son las jardineras y arbustos que lindan con la calle San Juan y están cerca del atrio de la iglesia. Lo demás, es calor y sofoco.


Por estos días, visitó la ciudad un arquitecto español, Iñaki Ábalos, que asesorará una intervención en el mal llamado Parque San Antonio (que de parque, en rigor, tiene poco o nada) y dijo con sorpresa que carece de sombra.


El San Antonio, un parque que no es parque, ni plaza ni nada, es sólo una gran espacialidad dura, cementuda y caliente. Su más vieja vecina, que data de la segunda mitad del siglo XIX, sigue ahí, con su cúpula de majestad solemne. Quizá ya no vayan las muchachas a pedirle novio a San Antonio, porque tal situación ya está pasada de moda y los novios no sólo llueven del cielo sino que aparecen a montones en la virtualidad cibernética. La tía Valentina (se pensó en un principio que era estéril) sí tuvo un hijo y quizá el milagrito se lo hizo el santón de Padua. Desde aquellos días lejanos, no he vuelto a ese monumental y sacratísimo templo. Y de cuando en vez, cuando estoy en sus cercanías, me detengo a mirar La puerta de Vayda, que me parece una escultura excepcional. No sé si todavía borrachos y algunos desesperados continúan orinándose en ella.