Cultural

Anna Francisca Rodas: the unchangeable happening of time
Anna Francisca Rodas: el ocurrir inalterable del tiempo
17 de Julio de 2015


La poeta, quien participa por estos días en las jornadas del Festival Internacional de Poesía de Medellín 2015, compartió sus visiones de la producción poética y los fines estéticos de sus versos.


Foto: Cortesía 

Los poemas de Anna Francisca Rodas han sido incluidos en diferentes antologías nacionales e internacionales. 

Óscar Jairo González Hernández 


Profesor Facultad de Comunicación


Comunicación y Lenguajes Audiovisuales


Universidad de Medellín


De las primeras preguntas que el poeta se hace, antes inclusive de escribir poesía, o escribir el poema, una es la pregunta por el tiempo. 


El tiempo lo inquieta, lo preocupa y lo problematiza, porque él quiere saber quién es el creador del tiempo, por qué y para qué existe el tiempo, y cómo el tiempo le va diciendo cómo se consume, cómo se acaba todo, y no sabe él cómo hacerlo indestructible, cómo contenerlo o dominarlo. 


Nadie lo puede poseer y nadie sabe de él. Y el poeta lo ve moverse, lo ve pasar y nada puede hacer contra ello, no tiene manera de medirlo como lo haría con una clepsidra; como lo hace la poeta Anna Francisca Rodas, en este su libro último: La soledad de las clepsidras.


Y por eso mismo, esta obra se interroga y busca respuesta desde el lenguaje mismo. Así, hace  mención constante e insistente sobre el tiempo, marcado y determinado por los días, meses y horas, que son los que se pueden hacerlo concreto y real. 


No huye del tiempo, pero busca propiciarle otra dimensión al dios Kairós que le va causando la extinción y la consumación, y a lo que sobrevendrá la muerte. Por eso dice: “Alucino cuarteles de un martes/ mítico olvido a cubiertas/que profanaron las estirpes (P.41)”. Como también, en ese mismo sentido precisa: “Hoy te observa mi cielo de noviembre/y es taciturna la silueta reposada del asombro/ante esa necesidad de dibujarte (P.91)”.


Ante la indestructibilidad que es la presencia del tiempo, ante la imposibilidad de abarcar extenuante de la conciencia del tiempo, sólo la poesía puede destruirlo, por medio de la experiencia del amado y los amantes. Solamente en el amor y el amado está la salvación del tiempo; es en el instante del amor y de lo amado, en el que el tiempo explota, lo hace explotar en él éxtasis,  y se puede exterminar para siempre, pero como  no podemos vivir el tiempo, todo el tiempo,  de esa manera, en éxtasis, entonces se tiene para ello a la poesía, que como en Anna Francisca es la que vence y nos salva del tiempo hacia la muerte, para hacernos vivir un tiempo hacia la vida del eros y su carnalidad y espiritualidad que nos consuelan. 


Ella concluye: “Ser poeta, en mi caso, es mantenerme en contacto íntimo con la vida, la tragedia que rodea la vida, lo intrínsecamente humano donde el paisaje interior siga fiel a mi palabra, pero ante todo, a los silencios que nos encuentran en estado de indefensión como piedra de resistencia”.



Comentario

La poesía de Anna Francisca Rodas es la que considero una “poesía de la interioridad”, no de poesía de lo eventual, como llama a la suya Günter Grass, sino de la interioridad, porque se dan en su membrana y en la substancia de su lenguaje, momentos de una interioridad comunicable pero también incomunicable, que cada lector tiene que extraer como si se tratara de su misma substancia y membrana, para que haya poesía.


La poesía existe en lo existente de cada ser, del poeta y de su lector, dominados, incrustados y condenados o no en y por el tiempo. De la caverna del tiempo hay que huir y no sabe cómo hacerlo, pero queda la poesía allí, donde el tiempo cesa en su tormentosidad de ser, o sea, donde está suspendido y no nos hiere ni toca, haciéndonos alcanzar la otra conciencia del sí mismo, en la que podemos ver que somos inmortales, en el tiempo y la muerte.