Volver a mirar

Autor: Juliana González Rivera
26 enero de 2017 - 12:00 AM

Sobre la frente de la vaca el hijo coloca una máscara de cuero negra y se la ata a los cuernos. 

Sobre la frente de la vaca el hijo coloca una máscara de cuero negra y se la ata a los cuernos. La vaca no ve nada. Se la quitarán en menos de un minuto cuando ya esté muerta. Diez pasos separan el establo del matadero. El matadero lo atienden un hombre ya mayor, su mujer, y el hijo de ambos.

Al no ver nada, la vaca se resiste a avanzar, pero el hijo tira de la soga atada a los cuernos, y la madre le sigue agarrándola por el rabo. En la puerta del matadero la vaca vuelve a vacilar. Luego deja que tiren de ella. Dentro, a la altura del tejado, hay un sistema de rieles. Por ellos corren unas poleas de las que pende una barra de hierro con un gancho.

El hijo sitúa el detonador contra la cabeza de la vaca. En la ejecución, la máscara hace a la víctima pasiva, y protege al verdugo de su última mirada. Ceden las patas y el cuerpo se desploma al instante. La vaca cae con la rapidez del rayo. El hijo empuja un pesado alambre por el agujero perforado en el cráneo, hasta el cerebro. Entra unos veinte centímetros. La madre sujeta con las dos manos la pata delantera. El hijo corta por la garganta y un raudal de sangre inunda el suelo.

Los ollares rosados de la vaca tiemblan todavía. Su ojo mira sin ver, y tiene la lengua fuera, colgando a un lado de la boca. Una vez cortada, la lengua será dispuesta al lado de la cabeza y el hígado. Las quijadas, totalmente abiertas, sin lengua, y las dentaduras circulares están manchadas con algo de sangre, como si el drama hubiera comenzado con un animal, que no era carnívoro, comiendo carne.

El cuerpo de la vaca se quiebra violentamente, y las patas traseras embisten al aire. Sorprende que un animal grande muera con la misma rapidez que uno pequeño.

El hijo empieza a separar el cuero alrededor de los cuernos. Aprendió de su padre la rapidez en el oficio. La madre y el hijo trabajan muy compenetrados. Ella alcanza una carretilla con cuatro ruedas, parecida a un cochecito de niño. Él, con un solo tajo de su minúsculo cuchillo, abre una raja en cada pata trasera y prende en ellas los ganchos. La madre pulsa el interruptor que pone en marcha el montacargas eléctrico. El cuerpo de la vaca se alza por encima de ellos.

Su trabajo es parecido al de los sastres. La piel es blanca bajo el cuero. La abren desde el pescuezo hasta el rabo, de modo que parece un abrigo desabrochado.

El hijo da un corte en las cuatro pezuñas, las retuerce hasta que se desprenden y las tira a un cubo. La madre retira las ubres. Luego, a través del cuero abierto, el hijo parte el esternón con un hacha. Esto recuerda al último hachazo antes de la caída de un árbol, pues a partir de este momento, la vaca deja de ser un animal y se transforma en carne, al igual que el árbol se transforma en madera.

La mujer empieza a lavar la carne y la seca después con un paño. El hijo separa con una simetría perfecta los dos flancos del animal. Ahora ya son piezas de carne. El campesino comprueba el peso. Ha acordado nueve francos por kilo. Esas piezas de carne con las que sueñan los hambrientos desde hace cientos de miles de años.

Este relato hace parte del libro Puerca tierra, de John Berger, el escritor inglés que ha muerto hace un par de semanas. Y lo parafraseo aquí porque no hay nada que me guste más como lectora que compartir una joya cuando la encuentro. Y porque Berger fue, sobre todo, un

hombre que enseñaba la importancia de aprender a mirar, porque la vista es la establece nuestro lugar en el mundo, ese que luego intentamos explicar con las palabras.

Aprender a ver es una lección no solo suya. También Saint-Exupéry decía que “No hay que aprender a escribir sino a ver" porque la escritura es una consecuencia: de la experiencia, pero también de la mirada. Por eso hay que procurar ‘afilar los ojos’ todos los días, una expresión que es a su vez de otro maestro, Pedro Sorela, que fue quien me puso en la pista de la importancia de aprender a ver cuando se trabaja con las palabras.

En la película italiana El tigre y la nieve, Roberto Benigni explica lo que es un poeta. Cuenta que, cuando era niño, una mañana, un pájaro se le posó en el hombro. Un pajarito precioso, que se paró sobre él casi una hora, cantando, mientras él intentaba permanecer inmóvil, como si fuera un árbol. El corazón le latía con fuerza en el pecho. Y cuando el pajarito emprendió el vuelo, su emoción era total y fue corriendo a contárselo a su madre. “Pero qué te voy a creer”, le dijo ella, y el joven Benigni, decepcionado, supo entonces lo que quería ser en la vida: alguien capaz de contar bien una historia, de transmitir su emoción a los otros tras encontrar las palabras que hacen latir otro corazón igual que late el propio.

Cuando Berger murió hace unos días me acordé, entre todos los textos suyos que he leído, de esos campesinos y su vaca, de cómo él me hizo sentir la corriente que la mata desde el cráneo, de la visión de su carne troceada, el suelo ensangrentado, la venta al peso de sus órganos, la ceguera con la que se encamina a la muerte desde el establo, su paso de ser vivo a moneda de cambio.

Y lamento la muerte de un narrador como él porque en los tiempos que corren hacen cada vez más falta los poetas, esos que nos enseñan a volver a ver el arte, el horror, la tiranía, la belleza o el espanto; aquello que tan pocos saben relatar, como supo Benigni cuando niño, todo eso que de tanto ver se nos vuelve invisible o lamentablemente cotidiano.

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