Un drama con final feliz

Autor: Luis Fernando Múnera López
5 marzo de 2018 - 12:09 AM

Queda un sabor agridulce: ¿Tan mal estamos que a un robo tenemos que buscarle los detalles positivos y alegrarnos porque “pudo ser peor”?

Martes, 2:10 de la tarde. Mientras estaba en una reunión de trabajo importante en Medellín, dos llamadas entran a su celular. Una es de su esposa, la otra de un número desconocido. Decide no responder para no interrumpir la reunión.

Un minuto después, las llamadas se repiten en el mismo orden. Se retira de la sala, intrigado, y responde la de su esposa quien, descompuesta, le dice que acaban de robarle la cartera con todo lo que tenía en ella: Billetera con los documentos, llaves de la casa, llaves del carro y recibo del parqueadero donde acababa de dejarlo guardado.

El hombre trata de mantener la calma y de tranquilizarla. Ella, de forma atropellada, le cuenta los detalles. Su principal angustia es que no tiene cómo volver a casa, pues no tiene las llaves del carro. El esposo, para poder ayudarle, tendrá que ir a casa por las llaves de repuesto antes de encontrarse con ella ¡lo que significará dos horas en taxi! ¡Demasiado tiempo para tal angustia!

Hagamos composición de tiempo, lugar y modo: Ellos viven en una vereda que queda a media hora del casco urbano del pueblo y a una hora de Medellín. El esposo había viajado a esta ciudad desde la mañana en bus intermunicipal. La esposa había ido esa tarde en el automóvil al pueblo para recibir, por primera vez, una clase de costura con un grupo que se reúne semanalmente en el salón parroquial.

Lea también: Una sociedad (casi) sin control moral

Llegó al pueblo media hora antes de la clase; buscó el salón, que está sobre un corredor descubierto que bordea uno de los costados de la iglesia; lo encontró cerrado y se sentó a esperar. De un local vecino salió una persona que le sugirió tocar en otra puerta cercana y la acompañó a hacerlo. La cartera debió quedarse en un bolso grande con los elementos de costura y ocurrió el robo, sin que la señora se percatara, pues el bolso grande seguía en su sitio.

Alguien le dice que por el costado opuesto de la iglesia hay otro corredor con salones similares, donde posiblemente esté el grupo que ella busca. Se dirige allá, encuentra el salón, entra, saluda, se sienta y en ese momento se da cuenta de que en el bolso no está la cartera. Buscan por todas partes, sin resultado. Ella vuelve al parqueadero, verifica que tampoco está en el carro, y solicita al encargado no entregarle el vehículo a nadie más que a ella.

En este punto, la señora interrumpe la conversación con su esposo para continuar buscando, y éste decide llamar al celular de donde vino la otra llamada.

Contesta un hombre que le dice que a la salida del pueblo tal se acaba de encontrar una cartera tirada sobre la carretera, que en ella encontró su número telefónico y que ha dejado el bolso en la administración de un pequeño negocio del que le da todas las coordenadas.

El señor agradece a aquel desconocido el gesto de civismo y llama a su esposa para informarle que su cartera ha aparecido.

Ella repite esas palabras a voz en grito y se alcanza a escuchar desde el salón un coro de alegría, y en él varias voces que dicen: “¡Ese fue San Antonio!”

Una de las compañeras de clase la lleva en su carro a recoger la cartera, de la que el ladrón se llevó la billetera con el dinero que tenía y un estuche con gafas de sol, pero dejó todo lo demás: Llaves, cédula, licencia de conducción, tarjetas del banco, tarjetas de servicios varios… Cosas que hubieran requerido mucho tiempo, esfuerzo y dinero para reponerlas.

De este drama con final feliz destaco varias cosas: El civismo del desconocido que encontró la cartera y la puso a buen recaudo; la solidaridad de la profesora que le fio la clase a la asustada señora y la generosidad de una compañera que, sin conocerla de antes, le facilitó dinero para pagar el parqueadero, pues ya su marido había bloqueado la tarjeta del banco; la fe del grupo de señoras que interrumpieron su costura para pedirle a San Antonio que la cartera apareciera, y la actitud del administrador del parqueadero que al final exclamó: “¡No he tenido tranquilidad pensando cómo me iba a negar a entregarle el carro a alguien diferente que se apareciera con el recibo y las llaves en su poder!”.

Además: Demos el primer paso

Pequeños detalles que edifican. Sin embargo, queda un sabor agridulce: ¿Tan mal estamos que a un robo tenemos que buscarle los detalles positivos y alegrarnos porque “pudo ser peor”?

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