Tres comentarios, tres miradas

Autor: Carlos J. Villaseñor Anaya
9 abril de 2017 - 02:00 PM

“Habiendo sido durante muchos años convencido promotor internacional de Colombia en numerosos foros culturales internacionales, me complace mucho leer y hacer un breve comentarios sobre las entrevistas realizadas a tres mujeres que tienen a su cargo la dirección de las instituciones de cultura de la Nación, de Antioquia y de Medellín”.

Medellín, Antioquia

Carlos J. Villaseñor Anaya
 

Nacional 

Mariana Garcés

La Ministra de Cultura de Colombia, Mariana Garcés, ha debido conducir su administración (2010-2017) entre el incremento exponencial del sector cultural y la disminución de los recursos fiscales disponibles. Ahora, enfrenta el reto aún mayor de participar en la construcción de una política cultural integral, en el entorno al post-conflicto.
Han pasado casi 18 años desde que se gestó el Plan Nacional de Cultura (2001-2010). Si solamente tomamos como referencia el crecimiento del presupuesto destinado entre los años 2002 y 2017, a la ejecución de políticas culturales nacionales, podemos suponer que en ese mismo lapso el sector cultural ha crecido en casi un 400%.  
Si bien es cierto que parte de ese crecimiento geométrico del sector cultural se puede explicar por la presencia disruptiva de las nuevas tecnologías en la producción artística y la circulación de contenidos simbólicos; también lo es que ese explosivo crecimiento coyuntural de las llamadas industrias creativas está presionando notablemente el sentido y las prioridades de la política cultural nacional. 
Cada vez se habla más de rendimientos, sostenibilidad, diversificación, cofinanciamiento y gerenciamiento de proyectos culturales; y, mucho menos, de aquellas otras acciones culturales que son esenciales para el desarrollo integral.
En ese contexto, tampoco debemos perder de vista que el reto cultural más grande que enfrenta la Nación es cómo construir una nueva noción de un nosotros colombiano, después del conflicto armado.  
No se trata de cómo hacer para que cada una de las partes que estuvo en conflicto tenga más recursos económicos, técnicos y humanos para seguir haciendo las mismas actividades culturales, sino que se trata de construir –con el apoyo de la política cultural- un territorio simbólico que les sea común a todos los colombianos, donde dialoguen y puedan construir -como una sola nación- las nuevas formas de resolución de las controversias y de convivencia pacífica, que ésta nueva etapa demanda. 
No estoy seguro que el tema de la política cultural y su contribución al post-conflicto pueda agotarse con una convocatoria al Consejo Nacional de Cultura o mediante la elaboración de un nuevo Plan Nacional de Cultura; y es precisamente por eso que me alegra al leer que se ha convocado, desde el Congreso, con la participación de la Ministra Garcés, a la creación de una política cultural integral para Colombia. Ojalá que esa iniciativa prospere, poniendo en el centro de la reflexión el pleno ejercicio de los derechos culturales de todos los colombianos. De todos.
 

Antioquia

Isabel Carvajal

Justo en el medio entre las grandes líneas de acción de la política cultural nacional y la vibrante vida cultural de Medellín, el Departamento de Antioquia decide priorizar la obtención y gestión de recursos, sin que (al menos a mi) quede muy claro en qué proyectos habrán de aplicarse. 
En la entrevista a la directora del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, Isabel Cristina Carvajal, se presentan algunas ideas, pero, en lo personal, me cuesta trabajo comprender cuál es el sentido que marca la diferencia en la gestión del departamento. ¿En qué se distinguen las convocatorias de danza, teatro, música, lectura y bibliotecas, cinematografía que se lanzan en el departamento, respecto de las que se ofrecen en el ámbito nacional o de la ciudad de Medellín? ¿Por qué alguien no podría participar de las convocatorias de los tres ámbitos de gobierno, al mismo tiempo, con objeto de contar con mejores posibilidades de realizar un mismo proyecto?
Hace algunos años, cuando iniciaba mis visitas a Medellín, llamó mucho mi atención la palabra corregimiento, que ahora sé que se refiere a pequeñas poblaciones rurales de los municipios. La pregunta que hice en aquel entonces fue ¿Qué hay que corregirles a esas poblaciones rurales? ¿Será que la existencia de otras formas de producción de conocimiento, de otras nociones de desarrollo, sea una forma de ser que deba ser arreglada?
Ante la posibilidad de concertar en el Congreso una política integral de cultura, me parece que se abre una enorme área de oportunidad para que las políticas culturales departamentales tengan por objetivo específico promover una mayor equidad y reciprocidad en los diálogos entre los territorios urbanos y rurales. 
Leo con gusto que hay algunas ideas para fortalecer la gobernanza y la infraestructura cultural de los municipios. Ojalá se profundice en esa línea. El departamento puede dejar de estar en medio, para convertirse en puente.

Medellín

Amalia  Londoño

La entrevista a la Secretaria de Cultura Ciudadana de Medellín, Amalia Londoño, me hizo pensar que tendrá ahora como su principal objetivo institucional la gestión de los apoyos para los artistas y los agentes culturales, y la organización de eventos públicos artísticos en la ciudad. Todos los cuales, por añadidura, deberán tender progresivamente a la independencia económica o –cuando menos- a que el subsidio que reciben de la Alcaldía sea solamente una parte menor del total del financiamiento requerido.
Cuando participé en la elaboración del Plan Decenal de Cultura de Medellín (2011-2020), tuve la oportunidad de conocer muy de cerca las causas por las cuales la Alcaldía Medellín le diera un lugar preponderante a la política cultural. En resumen, se debió a que, en la cúspide de los tiempos violentos, los procesos artísticos y culturales fueron los únicos que pudieron abrir las barreras/fronteras que fragmentaban la ciudad e impedían a la Alcaldía no solo la instrumentación de las políticas públicas, sino incluso entrar a esos territorios.
Al mismo tiempo, la cultura había demostrado ser un medio muy pertinente para que la gente transformara sus narrativas y representaciones, generar cohesión y darle un nuevo sentido al desarrollo de la ciudad. A través de la cultura Metro y de los Parques Biblioteca, por ejemplo, las personas antes estigmatizadas y relegadas, se descubrieron merecedoras de las cosas buenas de la vida y capaces de alcanzar otros destinos.
En ese orden de ideas, la política cultural de la Alcaldía de Medellín tuvo como génesis la necesidad de integrar la vertiente cultural como parte de las políticas públicas. No por una concesión graciosa de la autoridad, ni como un privilegio sectorial a los creadores, sino sencillamente porque hizo más pertinentes y eficaces al resto de las políticas públicas. 
En otra parte de la entrevista, la secretaria habla de la necesidad de generar indicadores de impacto. En aquel entonces, por congruencia, el impacto social de la política cultural ciudadana se medía y evaluaba a través de encuestas que registraban los avances –por ejemplo- en lo relativo a empatía con la diversidad, mejoramiento de convivencia, disminución de los índices delictivos e incremento de la movilidad. Es decir, la sostenibilidad de la política cultural ciudadana no estaba medida por el número de asistentes, los recursos invertidos o su capacidad de generar porcentajes de retorno económico, sino por otros criterios de mejoramiento de la convivencia ciudadana.
Por último, cuando la Secretaria habla de la necesidad prioritaria de crear “el primer mercado cultural de Medellín, pues la ciudad tiene una deuda de trabajar con el tema de emprendimiento, industria creativa, economía naranja, que las tres son completamente distintas, aisladas, pero las tres nos competen”, parece utilizar algunos términos de moda que, en realidad, no termina de comprender. Así también, parece ignorar la existencia de uno de los mercados culturales más importantes de América Latina: Circulart.

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