Sobre la corrupción como principio de destrucción y transformación

Autor: Óscar Jairo González
3 agosto de 2017 - 12:54 PM

Corrompemos las relaciones, las cosas, para mantener el poder, para sumir a otro, para destruir al otro y someterlo al caos de lo inestable

Toda vez que nadie quiere ser destruido o exterminado, toda vez que nadie hace nada por el otro y todo tiene que ser y hacerse por sí mismo en relación con los intercambios a los que estamos sometidos, entonces cada uno, está totalmente relacionado y de manera constante con la destrucción de sí o el exterminio de sí y de la necesidad de destruir o no al otro.

En esas condiciones, la vida de cada uno ha de buscar la manera de contrarrestar lo que otros hacen contra la vida de uno y de todos, pues es necesario destruir el obstáculo, en uno mismo y en los otros, para poder desarrollar y evolucionar la vida de uno mismo, ante la de los otros. Y sí hay uno  que no se preocupe,  por la de los otros y del destino de las de los otros, porque antes es la de él, entonces el medio de las relaciones, comenzará a substituirlo o considerarlo innecesario o inclusive, destructivo.

Ocluir el intercambio, dado solamente hacia el éxito y la obtención de la estabilidad en la vida de uno. Entonces es por eso, que todo lo otro, se hace y se transforma en un movimiento que ha de resolverse con la medida del conocimiento y con las consideraciones medidas por la transparencia de la verdad, la intensidad estética de los intercambios o las relaciones, que positiven el trato entre todos los miembros de una comunidad de intereses.  

Duramos en la vida ante la muerte, porque tendemos a mantener la vida contra lo que sea y contra el que sea, medidos por nuestra intensidad hacia lo indeleble y lo transparente, que se ha decidido en nosotros. Y hacemos la vida indestructible, no porque la necesitamos así, no porque tenemos conciencia de que así sea, sino porque nos hacen hacerla de esa manera, y se nos llena de miedo, intranquilidad e inestabilidad sobre ella, sin que podamos contener esos miedos, por lo tanto, la vida deriva y se disemina en un caos, en donde se instalan relaciones de poder, que son las y desde las que se decide la vida y la estabilidad de uno.

Corrompemos las relaciones, las cosas, para mantener el poder, para sumir a otro, para destruir al otro y someterlo al caos de lo inestable y así contratarlo e involucrarlo, en nuestro destino de la vida, y la extorsionamos para nosotros mismos y para otros. Tenemos miedo a esa verdad, a la verdad del destino, de cómo viviremos si no tenemos poder económico, qué será de nosotros sin él, y por ello mismo, somos llevados, a tenerlo como sea, a ostentarlo ante los otros, a exhibirlo como un resultado positivo de la vida.

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Y cuando lo tenemos, consideramos que esa es la vida, alcanzar y tener relaciones de poder y relaciones de carácter económico, por lo mismo podemos ser destruidos, corrompidos hasta la médula y quedar vaciados de nosotros mismos y por lo mismo convertidos en unas máscaras vacías de la vida; el sentido de la vida muere, cuando accedemos solo a tenerla y sostenerla desde las relaciones de poder y las relaciones económicas, como lo dice Raoul Vaneigem: “Frente al fetichismo del dinero, la ética, por necesaria que se la considere, resulta insuficiente. Es tan vano pretender moralizar los negocios como incitar a cuidar más la higiene a quien vive en un estercolero. Nada, por el contrario, hay más apreciable que la libertad de palabra otorgada a todos para que una abundancia de ideas nuevas dirija la reconstrucción de la existencia individual y de la sociedad cuando le llega la hora de la lenta implosión a un sistema basado en el afán exclusivo del dinero (…)”

Y es que, dudando en todo momento, dado que la duda es nuestra condición inherente al desarrollo de la vida en y para el poder o desde el poder, entonces se hace inherente al desarrollo de la misma, la decisión. Nada puede hacerse sin la decisión, y dado que la decisión, en relación al poder y a lo económico, para mantenerlos y darnos status necesario, la decisión está causada por la necesidad o el interés, entonces se recurre a todos los medios y a todas las maniobras, para corromper al otro, para derribarlo, para someterlo a nuestra decisión.

O sea, no accedemos a que el otro decida, sino que lo involucramos en la inmediatez de nuestra decisión, para llevarlo a la destrucción, dado que puede que ese otro, no esté interesado ni quiera tener relaciones de esa índole con nadie, pues vive su vida desde su estética de principios, y nada lo haría traicionarla, a no ser que las condiciones extorsivas del otro que está decidiendo por él, el que como se dice, hace la propuesta e incurre en la tentativa, es quién más interesado está y su intencionalidad es más destructiva.

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Y hace ceder al otro, al exhibirle su poder de decisión, su libertad para hacerlo, su atreverse pedante y propositivo, que lo involucra sin que él pueda hacer nada para contradecirlo con su decisión, porque está sometido o quiere someterse, pues le interesa y coincide con su interés de adquirir poder y relevancia en su medio, y ante los otros.

Dimensionado esto, podemos decir, que si hay relaciones de poder y de poder económico, es normal e inherente la corrosión en las relaciones. Y es más propicio cuando se trata, de la decisión o del mundo de las decisiones, que están conectadas con el poder, que tienen como esencia el poder, mantener el poder y mantenerse en el poder. No se corrompe a quién no tiene poder. Desde esta perspectiva no solamente es lo económico lo que corrompe y destruye sino la obsesión por el poder. Dice George Orwell sobre este tema: “No es fácil hallar una explicación económica directa del comportamiento en que incurren los personajes que hoy gobiernan el mundo. El deseo de poder puro parece ser mucho más dominante que el deseo de amasar riqueza. Esto es algo que se ha señalado a menudo, aunque es curioso que el deseo del poder parezca darse por sentado, como si fuera un instinto natural que prevalece por igual que todas las edades, como el deseo de alimentarse. En realidad, no es más natural, en el sentido de que sea biológicamente necesario, que el emborracharse o el jugarse el dinero en un casino. Y si ha alcanzado cotas demenciales en nuestro tiempo, como creo que es el caso, la pregunta más bien seria ésta: ¿cuál es la cualidad especial que posee la vida moderna y que hace del abusar de los demás una de las principales motivaciones del ser humano”.

Y es que, como lo indicamos, lo que se da en el poder, desde el poder, en la estructura del poder, está dominado e incidido por la dominación y destrucción del otro, no tiene otro sentido ni tiene otro carácter y de la misma manera, hay que tener en consideración que quienes tienen el poder, son seres humanos, que se deben a una formación, que insisten en presentarse como tal, en mostrarse como quienes tienen una formación, lo que les hace más poderosos en relación con los otros, o sea, los que no tienen para intervenir en el poder, en las relaciones de poder ese carácter dado por la formación.

Tal y como se busca excusar y exonerar de la intención de corrupción a los que tienen formación, o sea, a los que desde el conocimiento que tienen de las cosas, más no de sí mismo, o tienen conocimiento de sí mismos, de otra manera y con otras intenciones, pueden o intentan dominar desde ahí al otro, para que se someta a sus intenciones, y lo extorsionan. Ese otro no quiere ni desea involucrarse y termina involucrado por el poder que el otro, le establece e instala sobre él, lo que hace entonces que la cadena de corrupción se extienda y domine toda la vida del ser humano y todas sus relaciones,  hasta destruirlas absolutamente.

Todos estamos pues, en medio de esa corrompe, de la masa que ella busca tentacular, cubrir y llenar con su oscuridad y su poder indecible de destrucción de la estructura de una comunidad e incrustarse en ella como verdad y como forma totalitaria de las relaciones de poder y económicas, desde y con sus maniobras de iniquidad e inequidad, haciendo que quienes no se involucren e incrusten en ella, sean los que están equivocados y los que han de ser excluidos de esas relaciones.

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Y no podrán eximirse nunca, de ser corrompidos por esa tentaculación de la masa de corrupción, que como en el relato de J. G. Ballard: El mundo de cristal, el hielo, cubre toda la naturaleza, la invade y la posee, hasta destruirla; lo mismo hace la corrosión entre nosotros, que hace una tarea de oxidación y contaminación de toda la vida, de las relaciones de la vida y su provocación incesante de llevarla hacia vivir la  vida hermosamente (Marco Aurelio).  Y es necesario indicarle, a la masa de corrupción, desde cada uno, sus condiciones y su carácter, el sí o el no, contenido en la decisión, de quién no la tiene ni podrá tenerla, pero que la contradice, se sustrae a ella,  desde y con su vida misma, por el destino que ha deseado vivir radicalmente para sí y para los otros.   

 

 

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