Sin debates y sin crítica

Autor: Darío Ruiz Gómez
23 octubre de 2017 - 12:10 AM

Hemos sido testigos del caricaturesco derrumbe final de lo que llegamos a llamar Partido Liberal y de cómo los principios que lo fundamentaron, devorados por las ambiciones de caudillos parroquiales

Atento lector de la realidad a todos los niveles, Emilio Lledó el más importante pensador español actual ha hecho de la crítica del lenguaje uno de sus objetivos al comprobar que sin el esfuerzo intelectual de salirse de las frases hechas, de los clichés políticos que sólo ponen de presente una angosta imaginación moral, cualquier disciplina, como lo repite, incapaz de acceder a la reflexión analítica, termina por convertirse en la guarida de la pereza intelectual y tal como lo podemos observar todos los días, en el arma afilada de los fanáticos que incapaces de admitir que una sociedad cambia, modifica secretamente sus objetivos, se dedican a obstaculizar la discusión, las necesarias discrepancia de opinión acerca del país que vivimos. Ante nuestros ojos entristecidos hemos sido testigos del caricaturesco derrumbe final de lo que llegamos a llamar Partido Liberal y de cómo los principios que lo fundamentaron, devorados por las ambiciones de caudillos parroquiales, carcomido por una burocracia insaciable, terminó por olvidarse de lo que significaron sus grandes luchas por la libertad, por la tolerancia y sobre todo por la presencia necesaria de una vigorosa opinión pública ¿Habíamos imaginado en pleno siglo XXI una demostración de tan feroz misoginia como la que nos dieron estos llamados dirigentes liberales? Un aparato totalitario manipulado por unos dictadores negados a admitir el aporte de las bases populares del Partido, de las mujeres. ¿Entonces de qué liberalismo hablamos, de cual democracia hablamos si la opinión del ciudadano no es tenida en cuenta? Este espectáculo de farsa frívola en momentos en que el destino de la Democracia está en juego ante las estrategias soterradas de los enemigos de la libertad tratando de manejar los hilos del poder contando con el relajamiento moral de la llamada clase política. Pero ¿cuándo en realidad hemos tenido debates en la reciente historia de Colombia? ¿Partidos únicos con jefes únicos que nombran a dedo sus candidatos? Y entonces el debate, la discrepancia que se supone están en la raíz misma de la racionalidad que exige la política en momentos de desestabilización de las Instituciones.

Lea también: Totalitarismo en el partido Liberal

¿Podemos pensar dentro de los proyectos para el postconflicto en tener una pomposa Casa del Pensamiento sin abrir antes la realidad del país al debate de ideas, a la necesaria discusión pública ante un país cuya complejidad – lo está poniendo de presente el caso de Tumaco- excede ya los maniqueos conceptos de lucha de clases, donde el llamado identatarismo se ha terminado por asimilar a un peligroso populismo o sea donde la tarea liberadora del pensamiento ha sido sustituida por un maniqueísmo tercermundista? Aletargados en la comodidad de un dogmatismo totalitario que únicamente ha dado para trifulcas, para riñas folclóricas entre supuestos “salvadores de pueblos oprimidos”, mientras los verdaderos debates continúan ausentes de nuestro precario “pensamiento político” ¿Cómo acceder a la amistad y a la solidaridad cuando la llamada policía del lenguaje está violando permanentemente nuestro derecho a la libertad de pensar, olvidando el reclamo de las víctimas? Recordemos a Aristóteles: a la libertad por la razón para entender la magnitud de una tarea que exige plantear una nueva forma de representatividad que no sea la de los caciques políticos ni la de los clichés trasnochados de una izquierda anquilosada.

Lo invitamos a leer: Definiciones políticas

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