Qué hacemos con tanto sufrimiento

Autor: Pbro. Emilio Betancur
14 abril de 2017 - 10:04 AM

Lo importante es saber conciliar el silencio y la Palabra en las situaciones límites del sufrimiento

Medellín

En todas las épocas, pero particularmente hoy y puntualmente en nuestro país, el sufrimiento desde diversos frentes y en todas las instancias sociales y situaciones humanas está comprometiendo el sentido de la existencia y la dignidad de vivir. El sufrimiento es una de esas experiencias que por su hondura ahogan la palabra y dejan en silencio al sufriente porque rompe toda lógica y destruye las pretendidas explicaciones o defensas razonables, como es el caso de las víctimas de la violencia. 
Es paradójico que el sufrimiento no sirva para responder sino para preguntar incluso a Dios murmurando por sus actuaciones cuando lo involucramos con el mal; pero a pesar de todo, Dios responde como es el caso de la Cruz y la Resurrección.
Una sociedad que se quiere construir no en la roca de los valores sino en el terreno movedizo de la ambición, el relativismo, el egoísmo, el materialismo, el engaño, con tendencia a todo lo ilegal sin darse por enterada de sus propias inequidades o relativizando su mentalidad corrupta; es apenas lógico que multiplique sus sufrimientos 
Nunca antes habíamos visto progresos tan importantes en campos como la medicina y las comunicaciones, pero igualmente no ha sido poco el sufrimiento con las nuevas enfermedades, la falta de sentido y gusto por la vida; o la soledad a pesar de la facilidad de las comunicaciones. Las pérdidas en lo afectivo traen mayor sufrimiento que muchas enfermedades. No es menos el sufrimiento que entraña la culpa de hacer daño a alguien, jugar con la vida humana o no haber hecho el debido bien. ¿Habrá mayor sufrimiento que alguien se encuentre deprimido o que sus nervios le hagan sentir como reales situaciones que no lo son?; en la depresión se juntan el sufrimiento y la pérdida del sentido o la esperanza de la vida. El peso del sufrimiento lo sentimos en la vida diaria por las dificultades de relación entre las parejas, en familia o la convivencia ciudadana. ¡No es poco el sufrimiento que tenemos al caer siempre en las mismas faltas u otras que aparecen cuando menos pensamos y de las que no teníamos noticia anteriormente! Las tensiones no resueltas y las situaciones pasadas de nuestra historia son fuente de indecibles sufrimientos. Una historia sin sanar crea muchos sufrimientos, los suficientes para no permitirnos ser felices, rechazar el pasado y empañar el futuro.
Las realidades que impiden lograr los ideales también producen frustraciones y tensiones. Cuando al correr de los años comenzamos a darnos cuenta de la desproporción que existe en los esfuerzos y los logros podemos caer en un desánimo que puede empequeñecer la vida. Puede llegar un momento en que el tiempo que ha corrido de la vida y lo poco que falta de vivir, se puede llenar de cansancios de existencia por ineficacia acumulada. Una carencia prolongada de salud nos golpea la dignidad. No podemos pasar por alto un sufrimiento socialmente nuestro, la violencia y la inseguridad de la tierra, la corrupción privada y pública, el desconcierto con la política, por sus desaciertos éticos. Una fuente de sufrimiento que abarca todas las instancias sociales es la carencia de paz y propuestas mal planteadas donde se invisibilizan las víctimas y gana el partido los victimarios por tener al gobierno como árbitro a su favor.
En los últimos tiempos se suman más fieles que sufren por la iglesia en relación al comportamiento inmoral de algunos de sus miembros, que va en aumento, con secuelas difíciles de sanar y explicar al pueblo de Dios. La sociedad no sabe ni ha tenido una explicación de cómo se dejó polarizar la iglesia a nombre de la paz, perdiendo credibilidad para lo que constituye su misión: la reconciliación. Hoy la iglesia debe reconciliarse internamente, por ejemplo, en sus presbiterios para poder luego reconciliar la sociedad, y ante todo, la familia; sin esperar que quienes la polarizaron la vaya a reconciliar, como tampoco lo podrán hacer con la sociedad.
El sufrimiento social es transversal a nuestra vida personal, ahondando el sufrimiento. El sufrimiento sin la vida del espíritu que ofrece el siervo de Yahvé, Jesucristo crucificado y Resucitado, difícilmente tiene sentido. Según uno esté enraizado se puede dar sentido al sufrimiento.


Pablo y el sufrimiento humano
Pablo incorpora un himno cristológico a su Carta a los Filipenses (2,6-11), que aprendió después de su conversión. No se limita a citarlo; lo hace suyo, lo inserta en el contexto, marcándolo con su sello personal. Así presenta el papel central de Cristo en la historia de la salvación y su condición de modelo supremo del cristiano en todo y para todo (1,13-23; 2,6-11; 3,7-11; 4,13).
1-Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús
2- el cual a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios;
3- sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo,
4- haciéndose semejante a los hombres 
5 -y mostrándose en figura humana se humilló,
6- se hizo obediente hasta la muerte y una muerte en cruz
7- por eso Dios lo exaltó y le confirió un título superior a todo título,
8- para que ante el título de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo la tierra y el abismo,
9-y toda lengua confiese para gloria de Dios-Padre: ¡Jesucristo es el Señor! 
Entonces, Filipenses es el libro acerca de la experiencia de la cruz como fortaleza, gozo y sentido de todo sufrimiento humano. A Pablo el crucificado resucitado en su interior por el bautismo lo hizo humilde y compasivo; de un judío crucificado por la ley pasó a un creyente crucificado con Cristo. 

El siervo de Yahvé y nuestros sufrimientos
“Siervo y servir” son términos relativos a la persona que sirve o a quien se le sirve. Para San Agustín como el hombre no puede amar a Dios, Dios se contenta con que quiera al hermano. En este texto el servicio tiene una relación con Dios (mi siervo quien me sirve) y está en relación con el servicio de Abraham, Josué y David; a Job lo llama Yahvé “mi servidor”. El Siervo es “un hombre de dolores”. Pero que “no gritará, no subirá el tono”, será solidario con los más humildes: “Mi Señor me ha dado una palabra de iniciado para poder decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4). El Siervo sabe sufrir sin traición y hace “su misión “sin taparse el rostro ante los ultrajes”. El Siervo asume libremente la responsabilidad de la culpa de otros poniendo su vida como medio de salvación. Job luego de poner su sufrimiento en manos de Dios se convirtió en mediador de sus falsos amigos, Elifaz, Bildad, Sobar y Elihú. Si alguien se interesa por los otros debe asumir en primera persona la responsabilidad de los otros. Esta nueva forma de mirar los sufrimientos requiere “una conversión”. Los sufrimientos mirados desde la cruz producen paz; de ahí la imagen del crucificado en paz. Así Dios transforma la vida de sufrimiento que deja el pecado en una vida reconciliada. El dolor une al Siervo de Yahveh, produciendo solidaridad con los que sufren y en general con los hermanos, configurando una comunión, comunidad, desde la compasión con el hermano que sufre. Es una respuesta razonable más que racional y aceptable por Dios en un don suyo que es la fe.

Jesucristo, Siervo crucificado inesperado
Para el Siervo la aceptación no es fatalismo ni tiene que ver con la resignación, con decirle al que sufre “pobrecito”, o con la murmuración. Son opciones más cercanas a la cultura griega que a la cruz. Nosotros somos griegos por naturaleza pero como creyentes somos hijos de Dios; para los creyentes la historia así sea de dolor, es asumida por el Siervo, Jesucristo crucificado, y dirigida a la resurrección. La resurrección es el máximo amor de Dios en el sufrimiento porque lo transforma desde dentro por el perdón. El psicólogo Jung decía que “nada puede ser transformado si primero no es aceptado”. Una responsabilidad con el sufrimiento es su apoyo en la cruz y resurrección del Señor. Los orientales dicen que el ojo derecho es para ver lo que debemos hacer y el izquierdo, es para estar atentos, darnos cuenta de reojo por dónde va Dios.
No es del todo cierto que el sufrimiento en sí mismo nos madura y ayuda en la vida; cuando el amor de la cruz no ha estado unido al sufrimiento éste va acumulando resentimientos. Amor y sufrimiento están unidos por lo afectivo Hace parte del seguimiento de Jesús saber que nos sentimos amados por un crucificado. Seguimos a un crucificado que, como el grano de trigo tiene que transformarse para dar fruto en abundancia. 
La Palara y la liturgia son el memorial de la cruz, sufrimiento y resurrección de Jesús, donde siempre podemos recordarle a Dios nuestros sufrimientos y los de nuestros hermanos hasta que llegue el momento de su sanación.

El sentido depende de la cruz
Dar sentido al sufrimiento depende de la relación personal que tengamos con el Siervo de Yahveh, Jesucristo muerto y resucitado; pero si separamos el crucificado de nuestro sufrimiento no sabemos y desconocemos la palabra y la consolación de Dios en él. Si el sufrimiento busca solo explicarse no humaniza y nos destruye, impidiendo que por la cruz nos haga más personas y creyentes 
Qué nos hubiese ocurrido si Jesús acepta la invitación de los sumos sacerdotes, letrados y senadores cuando se burlaban de él diciendo: “SALVÓ A OTROS, Y ÉL NO SE PUEDE SALVAR . SI ES REY DE ISRAEL QUE BAJE AHORA DE LA CRUZ Y CREEREMOS EN ÉL. Se ha fiado de Dios: que lo libre si es que lo ama; pues ha dicho que es hijo de Dios “(Mt 27,42-43). Hubiésemos sido víctimas fatales de todos nuestros males y de sus sufrimientos; por el contrario, tomando la cruz de cada día podemos seguir a Jesús, dándole sentido a nuestro sufrimiento y el de los demás; como el mejor efecto y la consecuencia más grande de la muerte y resurrección de Jesús; que nos permite como a Job pasar del sufrimiento a ser mediadores de paz y reconciliación.
Dios necesita de los que sufren para salvar al mundo. Las personas o los pueblos que sufren llevan en peso la historia de la salvación y son portadores de la paz. La salvación está en manos de las víctimas, en manos de los que vienen de la gran tribulación, diría el Apocalipsis. Desde la muerte del Siervo (Jesucristo) en la cruz nadie podrá morir solo, bien sea en su pecado o en su sufrimiento. De ahí el deber del culto cristiano y la evangelización de tener en cuenta en la liturgia; memorial permanente, de la muerte de Jesús como esperanza (resurrección y cielo) a los que se sufren como víctimas o victimarios arrepentidos. “La obediencia hasta la muerte en cruz” incluyó para Pablo sus persecuciones, tribulaciones, cárcel, heridas para acreditar su apostolado (Felpa 1,12-14; 2Cor 6,8).El vaciarse de Jesús fue para que Dios creciera en él; el vaciarse de Pablo fue para que el espíritu lo transformara en creyente ¡Gracias al Siervo de Yahveh que con su muerte y resurrección nos confirma que esto va a ocurrir también en nosotros!

La cruz es cuerpo a cuerpo
La total libertad del Siervo muerto y resucitado se manifiesta en el don de su cuerpo en la cruz y la eucaristía. La fe requiere de la máxima expresión en el cuerpo que es la comunidad. Después de Yahve entender a Job; este dijo: “He conocido a Dios en mi propia carne”. La expresión corporal de la cruz la hace más humana; y por tanto cercana a nosotros. Desde que Juan dijo en el prólogo: “La palabra se hizo carne y habitó en nosotros” (Encarnación) se estaba estableciendo que todas la raíces y expresiones de la fe son necesariamente corporales como los sacramentos y las obras de Misericordia: “dar de comer al hambriento, acompañar al enfermo, vestir al que carece de abrigo, visitar a quien ha perdido la libertad y hospedar al que no tiene techo”. Es por el cuerpo por donde pasa el sufrimiento y nos encontramos con la cruz; como también desde donde damos testimonio de la resurrección: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestro ojos, que contemplaron y palparon nuestras manos, es nuestra tierra: la palabra de vida” (Jn. 1,1).
Cuando adoramos y besamos la cruz nos ponemos de rodillas haciendo memoria con estos gestos corporales de que la cruz está enraizada en nuestro cuerpo más que colgada como adorno.
Cuando comprendemos en la fe que las angustias del Siervo están en su cuerpo por nosotros, nos movemos a confesar nuestras culpas como creyentes.. 

El sufrimiento y el silencio
El siervo de Yahveh, desde la cruz, antes de buscar explicaciones razonables o espirituales se queda en silencio; también María en la situación límite que vive, la muerte de su Hijo. A ejemplo del Siervo la primera actitud frente al sufrimiento propio y ajeno es callarnos. Pero el sufrimiento que origina silencio debe ser iluminado por la Palabra del Siervo, quien nos da sentido al silencio que impone el sufrimiento. La palabra del Siervo es eficaz por ser la Palabra de un crucificado; palabra de Dios a los que sufren. En el sufrimiento el silencio y la palabra son inseparables; tal como ocurre en momentos culmen del amor, ocurre también con el sufrimiento del crucificado que nos ama en y desde la cruz.
Lo importante es saber conciliar el silencio y la Palabra en las situaciones límites del sufrimiento, con nuestra mirada puesta en la cruz gloriosa del señor resucitado


 

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