Primeras películas de Víctor Gaviria: cine de las palabras menores II

Autor: Pedro Adrián Zuluaga
12 marzo de 2017 - 03:33 PM

Los habitantes de la noche  (1984) y La vieja guardia (1984) son dos de las producciones en las cuales el cineasta antioqueño representó la provincia. Esta es la segunda de tres entregas que el crítico Pedro Adrián Zuluaga comparte con nuestros lectores, mirando en retrospectiva la obra del autor de La mujer del animal (2016).  

Medellín

Representar la provincia
En 1981 Víctor Gaviria y Luis Alberto Álvarez escribieron a cuatro manos Las latas en el fondo del río. El cine colombiano visto desde la provincia, ensayo ganador de un concurso nacional de crítica y publicado al año siguiente por la Revista Cine. Aunque en su momento pudo haber sido parcialmente ignorado, con el tiempo este texto ha venido a significar casi un manifiesto generacional pronunciado en la provincia y que prefiguraría las discusiones sobre la representación de lo regional en el cine y la televisión de los años ochenta, representación arruinada por el reduccionismo y los lugares comunes. 
Gaviria y Álvarez elaboran todo un inventario sobre los problemas logísticos que deben enfrentar los realizadores de provincia para producir sus películas en un medio dominado por el centralismo bogotano y sus esquemas de pensamiento. Aunque analizan las variables externas de esta postración estética, los autores no excluyen la complicidad que en ese estado de cosas tienen los propios creadores, incapaces de imponer una visión del mundo que oponga resistencia al discurso oficial;  al mismo tiempo, valoran la malograda obra del español radicado en Colombia José María Arzuaga, en cuyo cine ven los intentos más valiosos de representar al hombre colombiano en su espacio propio. 
Aun siendo un texto tan temprano, Gaviria ya enfila sus baterías en contra del actor profesional y hace su reclamo por algo distinto: “Los actores de televisión han representado en el cine a las gentes de Bogotá. Pero ellos no son Bogotá, son sólo su imagen pública. Son la imagen inmovilizada y antiséptica, la imagen ilusoria de las gentes de la ciudad. Y el cine, como cualquier arte, debería desconfiar y romper esta ilusión. Así como con frecuencia sentimos la cámara incontaminada, los actores de televisión son una franja flotante de máscaras públicas, de imágenes depuradas y sin conflicto que muy poco tienen que ver con la ambigüedad, la riqueza y el desgaste de la realidad” (Víctor Gaviria y Luis Alberto Álvarez, “Las latas en el fondo del río. El cine colombiano visto desde la provincia”, Cine núm. 8, mayo-junio de 1982).    
La respuesta concreta del propio Gaviria a esas inquietudes esbozadas primero teóricamente, fueron dos trabajos todavía de corto metraje, pero filmados en 16 mm., un formato mejor dotado que el Super 8 para expresar la complejidad de su visión poética de la realidad: Los habitantes de la noche  (1984) y La vieja guardia (1984). Se trata ya de trabajos profesionales en  los que Gaviria logra conformar equipos técnicos de mayor experiencia, que repercuten en una mejor factura, sin perder la espontaneidad  y lirismo de sus filmes previos. Enrique Forero, Elsa Vásquez o Rodrigo Lalinde fueron parte de esos equipos y dejaron también su sello en estas películas.
Los habitantes de la noche fue un proyecto premiado en las convocatorias de mediometrajes de Focine, la entidad estatal encargada de apoyar el cine y que operaba en el país desde 1978, como una dependencia del Ministerio de Comunicaciones. La decisión de facilitar la producción de mediometrajes se vio en su momento por parte de Focine como una solución intermedia y destinada a mantener activos en el oficio a un grupo de profesionales nuevos, y a otro grupo, mayor en edad, que se había formado en el cortometraje de sobreprecio desde los años setenta. La crítica ha considerado Los habitantes de la noche como uno de los medios mejor logrados de ese periodo. Para Patricia Restrepo: “Los elementos del buen cine están bajo control en esta cinta: hay un buen trabajo con los actores, buenas soluciones visuales, una puesta en escena fluida y adecuada a la forma narrativa elegida, movimientos de cámara serenos, limpios y consistentes” (Patricia Restrepo, Los mediometrajes de Focine, Bogotá, Universidad Central, 1989, p. 41).  Restrepo destaca además las tres líneas narrativas que sigue la historia y la forma audaz de entrelazarlas sin perder de vista el objetivo central. Esas tres líneas son: un grupo de jóvenes de la calle, un hospital mental en el que uno de ellos ha sido recluido por un mes, y la emisora de radio donde el locutor Alonso Arcila, haciendo de sí mismo, transmite el programa que le da nombre al mediometraje: Los habitantes de la noche.
Hernando Martínez Pardo, si bien reconoció los logros del trabajo de Gaviria, consideró peligroso que este tipo de aproximación narrativa, que privilegiaba, según él, el ambiente sobre la historia, terminara por convertirse en modelo, y puso en entredicho el excesivo entusiasmo de su colega Luis Alberto Álvarez, para quien Los habitantes de la noche y posteriormente La vieja guardia, confirmaban a Gaviria como “el único verdadero autor que haya surgido entre nosotros” (Luis Alberto Álvarez, “Víctor Gaviria. Un autor”, Páginas de cine Vol. 1. Op. Cit., p. 61.).
Álvarez, cercano a Gaviria desde su encuentro a finales de los años setenta, escribió además: “Si en Los habitantes de la noche Gaviria había demostrado un ritmo y una soltura ejemplares y un nuevo camino para la actuación cinematográfica colombiana con sus personajes llenos de frescura, en La vieja guardia [mediometraje sobre un grupo de ancianos jubilados del ferrocarril] aparece como un admirable director de actores. Los ancianos de esta película tienen rostros que no se olvidan tan fácilmente. Sus diálogos son los primeros en el cine colombiano (y en la televisión) que demuestran que la expresión dialectal no es un agregado folclórico, acústicamente insoportable, sino lenguaje vivo, lleno de posibilidades expresivas. La vieja guardia le muestra un camino a los canales regionales de televisión y al cine de provincia, porque demuestra que la cultura regional no es cuota, ni retórica racista, sino la expresión espontánea de un estilo de vida”.
Los habitantes de la noche es también la primera película de Gaviria donde aparece ya decantado el trabajo del actor natural y su encuentro con los personajes del margen: “hice un casting de muchachos que nunca habían actuado. Eran muchachos que me parecía que tenían naturalidad, que no tenían esa sobreactuación ni esos vicios de la actuación” (Víctor Gaviria entrevistado por Oswaldo Osorio, “El actor natural siempre lleva su vida a cuestas”, Kinetoscopio núm. 80,  Vol. 17, diciembre 2007-febrero 2008, p. 30.). 
A partir de esa inspiración inicial de Los habitantes… todavía brumosa, Gaviria va asumiendo el cine como un vehículo para investigar el carácter de una nueva sociedad que emitía signos aparentemente indescifrables y desconectados. Es una paradoja que ante la evidencia de este nuevo orden social que se está cocinando a fuego lento en las entrañas de la sociedad antioqueña a expensas del narcotráfico, Gaviria realice dos obras que son una mirada hacia atrás, hacia los orígenes de la cultura antioqueña: Qué pase el aserrador (1985) y Los músicos (1986), antes de emprender en Rodrigo D. No Futuro  y en el documental Yo te tumbo, tú me tumbas (1990), un operativo en el que, quizá por primera vez de manera tan radical, se da la voz a unos sujetos que actuaban en el margen de la sociedad y se expresaban desde la plena conciencia de su subalternidad.

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