Preguntas capciosas

Autor: Henry Horacio Chaves
24 agosto de 2018 - 12:02 AM

La opinión pública cada vez se ve avocada a falsos dilemas con el afán de defender ideas polémicas.

Muchos humoristas suelen recurrir a las preguntas capciosas como estrategia para hacer reír o incluso como reto mental. Pero no son los únicos. Entre nosotros se volvió estrategia para hacernos opinar y dejarnos en evidencia o comprometernos con falsos dilemas. Y el primero de ellos, lo acabo de enunciar: cada vez más el ritmo de las redes sociales, las conversaciones cotidianas, las charlas de reuniones y cafeterías nos impulsan a opinar de todo, de lo divino y de lo humano, con o sin argumentos, pero a opinar. En consecuencia, la primera conclusión para evadir la amenaza es entender que no tenemos que opinar de todo, ni todo lo que nos preguntan amerita la respuesta a la que nos inducen.

 

Es que justamente las preguntas capciosas, dice la propia RAE, se hacen para arrancar al contrincante o interlocutor una respuesta que pueda comprometerlo, o que favorezca los propósitos de quien la formula. Como en cuestionario tipo Icfes, diríamos: todas la anteriores.  Se procura dejar en evidencia al otro, sacarlo del lugar de confort, desacomodarlo. Explica el diccionario que capcioso es un adjetivo que, como tantos otros, viene del latín y que se refiere a lo falso o falaz. Es decir, se trata de la expresión de un falso dilema en procura de defender una doctrina.

 

Lea también: Solidaridad y orden 

 

Una afirmación en forma de pregunta con la idea de lograr una respuesta determinada, una provocación que en términos boxísticos implica el deseo de arrinconar al contrario y sacar provecho de ello. Una estrategia a la que se apela con la conciencia de saber que quien la refute puede quedar más comprometido, así no todo el que la suscriba esté en condición real de acatar el postulado.

 

Así, en el fallido plebiscito del gobierno Santos, en lugar de buscar validar un acuerdo específico con las Farc, se trató de preguntar si se estaba o no de acuerdo con la paz. Obviamente, aunque muchos obtienen réditos de la guerra, nadie tendría el coraje de decir que no quería la paz, esa que se presume deseo universal, aunque la guerra sea negocio mundial. De allí que los promotores del no, recurrieron -inteligentemente- a la fórmula de “paz sí, pero no así”. Es decir, le hicieron un esguince a la pregunta capciosa.

 

En un sentido parecido se plantea la invitación a las urnas el próximo domingo. Si se le pregunta a alguien, más o menos desprevenidamente, si está de acuerdo con acabar la corrupción, por más beneficios que saque de esas prácticas, por más que se haya lucrado de contratos leoninos, de licitaciones amañadas, de trampas y coimas, nadie tendría el valor de defender el ser corrupto. De allí que muchos han dicho que apoyan la consulta, pero no saldrán a votar; algunos otros han argumentado que es innecesaria o insuficiente, pero nadie ha salido a promover el no, como se hizo con el acuerdo de paz. Claro, es más difícil decir corrupción sí, pero no así; o robe, pero poquito; o transparencia sí, pero no aquí.

 

La más reciente pregunta capciosa que ocupa a la opinión pública apenas si ha sido formulada. Es la que subyace en el proyecto anunciado por el expresidente Uribe para incrementar extraordinariamente, por una sola vez, el salario mínimo. Si se planteara como interrogante, sería algo así como ¿usted está de acuerdo con subirles el sueldo a quienes menos ganan? Difícil decir que no. Como mínimo, uno sería tachado de clasista, discriminador, explotador y mil adjetivos más. Pero como hemos dicho, se trata de un falso dilema, esconde una falacia que, como pasa con frecuencia, nos pone a mirar para otro lado.

 

Además: El Estado y la sanción social 

 

El asunto no es si queremos la paz o si condenamos la corrupción, se trata de qué hacemos para consolidar una sociedad capaz de convivir armónicamente desde la diferencia y sin sacar provecho de las posiciones de privilegio. Tampoco es si mejoramos o no los salarios de los más desfavorecidos, lo que está por verse es la relación de esos salarios con la nueva carga impositiva -directa e indirecta- que se avecina, la relación de ese incremento con el verdadero poder adquisitivo y el efecto en términos de equidad social con quienes ganan más de un salario mínimo, pero no tienen sueldos exorbitantes.

 

Pero insistamos, decir que no se está de acuerdo no es muy presentable, aunque las multas y las tasas se fijen en salarios mínimos y esa base quede más alta de aquí en adelante. Mientras tanto, realizable o no, útil o no, inflacionaria o no, hablaremos más de ella en los días siguientes que de los detalles de la reforma tributaria que verá la luz antes de terminar el año.

 

@HenryHoracio

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