Pascualino Siete Bellezas y una rodilla de plomo

Autor: Reinaldo Spitaletta
12 marzo de 2017 - 06:00 PM

Una nota sobre la película italiana Pascualino Siete Bellezas, de la directora Lina Wertmüller. 

Medellín

La película, de 1975, la vi, dos o tres años después de su estreno mundial, en el Cine Libia de Medellín, un teatro hoy muerto, hecho solo para cine arte. Y ahora, tantos años después, cuando mi rodilla izquierda a la que un tipo, mejor dicho, un paramilitar de Bello, le disparó hace más de treinta años (otros balazos se perdieron en la noche, sin herirme), me vuelve a molestar con agudos dolores, me acuesto frente a la pantalla de mi cuarto y tornó a ver a Pascualino Siete Bellezas, un filme dirigido por Lina Wertmüller.

Ya se habían borrado de la memoria muchas escenas, incluidas los bombardeos en blanco y negro con los que empieza, las imágenes documentales de Mussolini y Hitler, las explosiones y la destrucción apocalíptica de ciudades y campos, y el poema satírico del comienzo, cuando volví a ver al simpático Pascualino, una especie de Casanova napolitano de poca monta y de baja estofa, encarnado por Giancarlo Giannini, sombrero de fieltro, traje claro de verano, afeitado a ras, paseándose por las peligrosas calles y callejones de Nápoles, queriendo ser alguien respetado, con su revólver en el bolsillo y, por si las moscas, perfumado y limpio.

Pascualino tiene siete hermanas, todas feas, todas robustas y contentas, y claro, una madre atrapadora, que el complejo de Edipo entre los italianos, y más en los del sur, es cosa de la ‘puta mare’. Y una de las muchachas, con un noviecito más bien hampón, proxeneta, que le promete matrimonio, la prostituye y la deja mirando para la basílica, es el objeto de una venganza de Pascualino, aspirante a mafioso, a camorrero, después de que el malandro lo golpea y noquea, y entonces el protector de sus hermanas, el hijo bonachón, el héroe, se mete a la casa del agresor y lo deja frito.

Y es en ese punto, cuando el filme toma otros caminos. Pascualino empaca en tres maletas a su víctima, y las despacha a tres ciudades distintas. Pero el cuento es que el filme de la muy talentosa Lina, que aprendió con Federico Fellini tantos secretos del oficio, es un relato bien estructurado, con la utilización pertinente de flashbacks que en rigor comienzan tras la muestra en un campo de dos soldados italianos desertores, que se topan con alemanes que están cometiendo una masacre, posiblemente de judíos, junto a un río, y huyen por el monte, hasta encontrar una casa (el olor a cebollas despierta el ánimo y el hambre de Pascualino), en la que una mujer toca el piano y canta, mostrando, por lo demás, un enorme culo, que Pascualino observa por distintas ventanas. Se introduce a la casa, saca panes, salamis y otros comestibles, y vuelve a encontrarse con su compañero de deserción. Mientras comen, llegan dos soldados alemanes y los detienen.

El Siete Bellezas, ahora convertido en asesino confeso, es condenado a pasar doce años en un manicomio. El descuartizador se encuentra, rumbo a la prisión mental, con un socialista condenado casi a toda una vida de cárcel, y comienza el talento y saber de la directora para exponer, a modo de comedia, con ingredientes grotescos y choques entre dos visiones del mundo, la personalidad de un arribista como Pascualino y de un militante izquierdista.

Pero es que desde adelante (en la película), en plena actividad de la Segunda Guerra, Pascualino junto a su amigo desertor ha ido a parar a un campo de concentración, que puede ser el de Auschwitz, según las pistas que dan, como las de la leyenda, en alemán, de “El trabajo os hará libres”. Y allí, en medio del desasosiego de los prisioneros y toda la vileza de los verdugos nazis, Pascualino, por ejemplo, se topa con un anarquista, un ser que proclama el desorden y la libertad como estados ideales, y por lo demás, le sigue contando a su amigo, el desertor, lo que le pasó en Nápoles y luego en el manicomio, en cuyas instalaciones lo sorprende el estallido de la guerra. Y la guerra lo salva del hospital mental.

La película está atravesada por contenidos irónicos y a veces hasta caricaturescos. La Wertmüller apela a estos expedientes retóricos para mostrar la faceta de un sujeto que solo piensa en sí mismo, una suerte de mequetrefe deshumanizado, que para sobrevivir llega hasta conquistar a la jefa alemana de la prisión, una sujeta gorda, fría, calculadora y malvada, que de todos modos cede con cinismo ante las pretensiones de Pascualino, que con hambre y debilidades y todo, logra acostarse con la desmesurada damisela. Esta parte del filme, con retratos gigantescos de Hitler, es de las más sobresalientes de una película que presenta los horrores y miserias de la guerra, a través de los ojos y personalidad de un tipejo populachero, que encarna las dotes del conquistador de barrio y del pretencioso.

Uno ahí, acostado, con la rodilla anestesiada por los avatares del filme, se divierte con la estupenda actuación de Giannini, con la de Fernando Rey, con la de la actriz que encarna a la regordeta nazi, en cuya oficina hay imágenes de la Venus de Botticelli. La película es un sondeo al ser humano en medio de las peores condiciones, como la de los campos de exterminio nazi, la guerra, los manicomios, la prostitución que ejercen las hermanitas de Pascualino, con sus figuras de comediantes de extravagancias y “ordinariedades”.

Pascualino, el Settebellezze, el oportunista, el vividor, mejor dicho, el “trabajador de calle”, sobrevive a la guerra, al campo de concentración, al manicomio, y retorna a su querida Nápoles, donde encuentra a todas sus hermanas, a su madre, y a una muchacha que él quiere para sí, para que sea su esposa, convertidas en guarichas, en puticas de burdeles de medio pelo. Y ahí, en ese momento final, Pascualino propondrá otra manera de la sobrevivencia, para los tiempos en que el mundo sea peor, más catastrófico, que el presente que a él le correspondió. Pascualino, cansado y ya con síntomas de vejez, es un hombre que ganó, porque, al fin de cuentas, salió vivo de tantos horrores.

Pascualino me hizo olvidar, por momentos, el dolor metálico de mi rodilla izquierda, donde todavía reposa el plomo que hace más de treinta años, un sujeto de cuyo nombre no quiero acordarme, me depositó ahí. Y con todo, seguí jugando al fútbol. Y caminando. También me hizo evocar los días maravillosos cuando entrábamos a cine para encontrarnos con películas cuestionadoras como las de doña Lina Wertmüller. ¡Qué tiempos aquellos!

 

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