Pájaros de verano

Autor: Henry Horacio Chaves
10 agosto de 2018 - 12:06 AM

Mientras la ONU celebra a los pueblos indígenas, en Colombia está en cartelera Pájaros de verano, una película que habla de la cultura Wayuú y la bonanza marimbera del siglo pasado.

La celebración del día internacional de los pueblos indígenas, que en el calendario de Naciones Unidas está señalado el 9 de agosto, coincide en Colombia con la oportunidad de ver en las salas de cine Pájaros de verano, la nueva aventura cinematográfica de Cristina Gallego y Ciro Guerra. Es la misma pareja que nos puso en la alfombra de los Oscar con El Abrazo de la serpiente, en la que también exploraron las lenguas y costumbres indígenas. 
Como suele ocurrir con las buenas historias, Pájaros de verano se empezó a cocinar hace casi una década mientras rodaban Los viajes del viento, que se estrenó en 2009 y con la que Guerra empezó a ser reconocido como un cineasta de peso en el concierto internacional. Su firma tiene cuerpo: la narrativa, el color, la fotografía, el manejo de los diálogos, constituyen una marca que indica un estilo pero que no se vuelve ni previsibles ni repetidos. 
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Puede ser el golpe de retina o el atractivo especial que ejercen la Guajira en general y la cultura Wayuú en particular, pero creo que esta cinta en la que Cristina Gallego, además de su acostumbrado compromiso en la producción comparte la dirección con su esposo, es la mejor película colombiana que he visto. Claro, como todas, es una selección subjetiva con algunos argumentos o matices más o menos objetivos. En todo caso, en un escalafón personal de películas nacionales, obligatoriamente incluiría estas tres, junto con las ya clásicas Estrategia del Caracol e Ilona llega con la lluvia de Sergio Cabrera; Mateo de María Gamboa; Los colores de la montaña de Carlos César Arbeláez y Cóndores no entierran todos los días de Francisco Norden, entre otras. La buena noticia es que ya hay una lista de buenas realizaciones y buenas historias.
La que está en cartelera ha movido al parecer un importante número de espectadores: otra buena noticia, pues aunque la oferta es creciente en cantidad y calidad, el público sigue siendo escaso. Más aún, con mucho, creo que las audiencias son más exigentes con la cinematografía nacional en relación a lo que le esperan del llamado cine comercial en el que ni las historias, ni las actuaciones, ni la narrativa audiovisual es siempre proporcional a la taquilla. Ojalá se mantenga en las salas y que más personas acepten la invitación a asomarse a las historias que cuenta y a los paisajes que muestra. 
Paisajes muy bien aprovechados por un lente que propone y que sirven de escenario a las notables actuaciones de Carmiña Martínez, la más internacional y experimentada de las actrices guajiras; José Acosta, quien no duda en decir que es lo mejor que ha hecho en actuación y una descrestante  Natalia Reyes, quien se ha desempeñado con solvencia en series como La vendedora de rosas y otras producciones y se convierte en una joven indígena absolutamente creíble y de interesantes matices dramáticos. 
Una historia que recrea la llamada bonanza marimbera de los 70 y 80, que mereció ser seleccionada para abrir la edición 50 de la Quincena de Directores en el Festival de Cannes. Una historia que nos muestra los albores del drama del narcotráfico que se incrustó desde entonces entre nosotros y que sin duda marcó el destino de las agrestes tierras guajiras, desde antes acostumbradas a ser ruta del contrabando. 
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Una película que nos asoma a esa densa y particular cultura Wayuú en la que las mujeres son al tiempo altivas matronas y sumisas compañeras. Una obra de arte narrada casi toda en wayuunaiki  que seguramente tendrá resonancia internacional tanto por el tema como por el tratamiento. Idealmente puede convertirse en la primera de muchas películas sobre ese u otro de los 87 pueblos indígenas registrados en el país, cuyas lenguas representan parte del patrimonio que deberíamos preservar, no solo por la invitación de la ONU sino sobre todo por la vida que deberíamos darle cotidianamente al precepto constitucional de inclusión y diversidad que reconoce lo que somos, un país multicultural.
Más allá de la valoración cinematográfica, artística o histórica que se pueda hacer de la película, si sirve para que nos preocupemos por conocer y reconocer a esos otros como distintos, que en parte son iguales, habrá valido la pena y merecerá el aplauso.

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