Ni siquiera el insulto

Autor: Alberto Morales
15 julio de 2018 - 12:07 AM

Hay quienes le atribuyen a Freud una reflexión según la cual el verdadero fundador de la civilización fue aquel cavernícola que, enfrentado a su enemigo, en vez de partirle el cráneo con su garrote, decidió insultarlo

El insulto fue, desde tiempos inmemoriales, un genuino acto de inteligencia. Schopenhauer le dedicó un libro: El arte de insultar. El hombre blandía sus insultos a diestra y siniestra. De los sacerdotes decía que eran los “intermediarios de unos dioses que se dejan sobornar”, y arrasaba con los fanáticos del patriotismo enrostrándoles que “el tipo de orgullo más barato es el orgullo nacional”. 
Son célebres los insultos que se proferían Platón y Diógenes en el Foro y basta con mirar  la historia de la filosofía para descubrir que abundan rencillas y rencores entre pensadores célebres, repletos de frases que contenían insultos de antología.
Hay quienes le atribuyen a Freud una reflexión según la cual el verdadero fundador de la civilización fue aquel cavernícola que, enfrentado a su enemigo, en vez de partirle el cráneo con su garrote, decidió insultarlo. Y es que el insulto es insulto, cuando se emite con la intención expresa de lastimar u ofender. No obstante, la inteligencia estriba en la manera como se aborda. 
En el idioma español, don Francisco de Quevedo y Camilo Jose Cela fueron maestros en el insulto con gracia.

Vea también: Una parasitosis se engulle a Colombia

Ya metidos en los territorios de América, Borges decidió que era un colombiano el maestro del insulto: Don José María Vargas Vila. 
Se trata ciertamente de un panfletario sublime que hizo historia, pues no dejó títere con cabeza. Esta reflexión sobre Rafael Nuñez, a quienes algunos analistas comparan con el expresidente Uribe, es sobresaliente: “Rafael Nuñez introdujo el peculado, no lo ejerció. Él no robó pero no era probo, pues la probidad es una virtud y él no tiene ninguna…”
De don Miguel Antonio Caro hizo una definición contundente: “Es un mono coronado de adverbios”.
Son soberbias las frases construidas por Thomas Quincey para tirarse en John Locke o las de Mario Bunge para provocar a Heidegger.
Pero entonces la inteligencia fue paulatinamente desapareciendo del insulto, degeneró en hacer un simple calificativo sobre el adversario y adquirió nuevos significados. Despachar al otro diciendo simplemente que usted es “un extraditable”, a convocándole a callarse “bobo hijueputa” es, de entrada, una total aniquilación de la razón, un preámbulo al garrote físico, un retroceso a los tiempos anteriores a los del cavernícola a que se refería Freud.
Convertida en pandemia esta manera de insultar, se ha desplazado de manera dramática el esfuerzo por construir razonamientos, por dilucidar argumentos. Se ha llegado a extremos tales, que ya hay reflexiones en el sentido de que, en el mundo de hoy, la procacidad del insulto lleva a pensar que quien insulta realmente se auto-retrata.
Mire nada más en lo que se ha convertido la discrepancia en las redes sociales. Todos los bandos exhiben sin pudor el derrumbe de la inteligencia, a través de la manera como se profieren los insultos y las descalificaciones. Basta que el otro diga algo, haga algo que no encaje con mi manera de ver las cosas, para someterlo a una andanada de improperios ausentes de toda reflexión y gracia. La vulgaridad ha tomado la iniciativa.

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No sin razón decía Umberto Eco que la internet “le ha dado el derecho de palabra a legiones de imbéciles”….buen insulto.

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