Mesas que nunca preguntan

Autor: Laura Cecilia Bedoya Ángel
7 enero de 2018 - 02:00 PM

La experta en tango introduce Cafetín de Buenos Aires, obra de Santos Discépolo que aprecia la amistad, la conversación y los lugares para disfrutarlas
 

Medellín

Es esta niebla imprecisa del recuerdo la que viaja por el tiempo y por los salones de café, y es la que me lleva hasta Enrique Santos Discépolo, quien con su acostumbrada filosofía nos dejó el tango Cafetín de Buenos Aires y lo oigo bañado con la pátina de la melancolía.

Así empieza: "De chiquilín te miraba de afuera (...)". Este verso que da inicio a la canción, está allí para que quienes lo entonen, se percaten de aquel niño que de pie y ante una ventana ve lo que está dentro del café. Como si no fuera la antítesis, el hombre formado ya, recordando el pasado, lo que fue y lo que nunca llegó a ser, como "esas cosas que nunca se alcanzan".
Entonces, pienso, bandoneón, que esta queja no es otra cosa que un canto, porque su misma entonación así lo muestra, el primer verso tiene música propia, y me remite a unas líneas de Borges, "El verso exige pronunciación, el verso siempre recuerda que fue un arte oral antes de ser un arte escrito, que fue un canto".

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Y ahora, tal vez, sintiéndome el niño de afuera interpelo: ¿Y por qué el canto? De nuevo Borges me responde que ya en la Odisea se habla de la tarea de los dioses que "tejen desventuras para que las generaciones venideras las puedan cantar"

Y sí, eso fue lo que hizo Discépolo, de una urdimbre de desventuras hizo un poema con matices tan claros como el primer desengaño y el encuentro con la amistad. Allí en ese grupo de amigos, está “El guapo Abel que se nos fue, pero que aún me guía (…)”. Y ¡qué gran maestra es la muerte! Nos lo dice Discepolín en este verso, muy veladamente.

Esa manera suya de recitar, "Sobre tus mesas que nunca preguntan/ lloré una tarde el primer desengaño (...)". Recurre a la hipálage para adjetivar las mesas como seres humanos que no interrogan, como si el interlocutor fuera el silencio o la nada y así hacer la catarsis, como dirían los griegos.

Cuando el poeta habla de la "mezcla de sabihondos y suicidas", no puedo dejar de rememorar La gran vía, viejo café de Bogotá, frecuentado por Ricardo Rendón, caricaturista de importantes periódicos y que cualquier día llegó hasta el café, bebió una cerveza y luego se quitó la vida de un tiro. Después de que se nos fue el artista, vinieron estas palabras de León de Greiff: "Señora muerte que se va llevando/ todo lo bueno que en nosotros topa (...)"

Me surge una consideración, y es esbozar la idea de los salones de café , y para ello busqué estas líneas del profesor Antoni Martí Monterde, quien dice que allí se pudo "descubrir la soledad” … “el Café alentó una experiencia y un registro de la vida cotidiana que permitió descubrir las tensiones distintivas de la condición moderna, al condensarse en él diversos juegos de contrastes: la conjunción entre soledad y convivencia; entre individuo y multitud; en el hecho de que el Café es "un lugar cerrado, aislado y, sin embargo, penetrable, al tiempo que abierto y, no obstante, excluyente".

Es inquietante la historia de los cafés que vieron llegar escritores, filósofos, artistas y políticos. Algunos de estos, como el café Marabú y El Tibidabo de la ciudad de Buenos Aires, eran visitados por Discépolo, para escuchar a Troilo y sobre todo, para recibir la acogida de los amigos, quienes fueron con Tania su esposa, su única compañía, ya que los últimos días estuvieron llenos de desencuentros con el Buenos Aires que tanto quiso, por haberse alineado a la ideología peronista y propagarla, lo chiflaban en la calle y en los sitios públicos. Parece que esto desencadenó una profunda depresión y finalmente la muerte. Dice Sergio Pujol, su biógrafo, “Troilo, lloró con desesperación sobre el cuerpo de Enrique”.


Voy a dejar pasar un fragmento de Cafetín de Buenos Aires, tango musicalizado por Mariano Mores.

De chiquilín te miraba de afuera
como esas cosas que nunca se alcanzan...
La ñata contra el vidrio,
en un azul de frío,
que sólo fue después viviendo igual que el mío...(...)

 

En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía...dados...timba
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.

Me diste en oro un puñado de amigos,
que son los mismos que alientan mis horas,
José el de la quimera...
Marcial, que aún cree y espera...
y el flaco Abel que se nos fue
pero aún me guía...
Sobre tus mesas que nunca preguntan
lloré una tarde el primer desengaño
nací a las penas, bebí mis años
y me entregué sin luchar.

Del último verso diría, que fue una premonición, porque así dejó llegar la muerte, sus últimos alimentos fueron un vaso de Whisky con ajo y al día siguiente una soda.

Imagino que en frente de esta línea “y me entregué sin luchar” estuvo el poeta Manuel Machado con el poema:


"...Nada os pido. Ni os amo ni os odio.
Con dejarme, lo que hago por vosotros
hacer podéis por mí...
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
Ya que yo no me tomo la pena de vivir(...)"

NOTA: Al escribir esta columna pensé en mi amigo Hernán Ospina, quien hubiera escrito el tango o estas líneas.

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