Medellín, del verde primaveral al gris fúnebre

Autor: Guillermo Maya Muñoz
26 febrero de 2018 - 12:06 AM

El medellinense de clase alta o media alta que vive como un ciudadano de un país desarrollado, por su estilo de vida y de consumo, contamina mucho más que un habitante de las comunas más pobres

Otra vez suenan las alarmas ambientales en Medellín debido la alta concentración de gases y de partículas emitidas por las fuentes de combustión móviles y fijas. Las fuentes móviles, automotores y motos, se calcula, contribuyen con el 80% del total. Esta contaminación es directamente el resultado de la manera como se consume y se produce, no solo en Medellín sino en el mundo. Es el modelo de economía de la ganancia privada, que determina el consumismo como forma de vida y de realización personal.
Sin embargo, no todos son culpables de semejante desastre ambiental, con consecuencias nefastas sobre la vida y la salud de los habitantes del Valle del Aburrá, como algunos dirigentes gremiales afirman a diario. El director de la Andi, seccional Antioquia, Juan Camilo Quintero, en su columna Sostenibilidad, el Momento de Verdad, afirma: “Bien le vendría a la ciudad que todos los ciudadanos fuéramos más conscientes de esta situación y nos apropiáramos de soluciones reales para contribuir a la disminución del problema y dejar de lanzar señalamientos cuando los responsables somos todos” (elcolombiano.com, Febrero 20-2018). Esta afirmación en una de las sociedades mas desiguales del mundo en ingresos y riqueza es un insulto a la inteligencia.

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El medellinense de clase alta o media alta que vive como un ciudadano de un país desarrollado, por su estilo de vida y de consumo, contamina mucho más que un habitante de las comunas más pobres de Medellín que vive con un salario mínimo, como mucho. Entre otras cosas, las clases altas en Latinoamérica tienen un estilo de consumo imitativo, conspicuo y derrochador, como señalara Raúl Prebisch, que se vende a las masas populares como aspiración de vida, de status y de reconocimiento social.
Por otro lado, el sector público y privado del Valle de Aburra firmó un acuerdo de voluntades para enfrentar el problema de la contaminación en Medellín. Un acuerdo que significa costos no movilizará “la capacidad de acción colectiva de la cultura antioqueña”, como en contrario afirma Brigitte Baptiste, que envanece nuestro regionalismo pero que enceguece nuestra mente. La acción colectiva cuando significa costos genera incentivos para evadir las responsabilidades (el efecto del free rider), para luego gozar de los beneficios sin haber contribuido con el logro. Algunos paisas ricos de los siglos XVIII y XIX se escondían o salían del poblado para no contribuir a las fiestas de la Virgen de la Candelaria.
El ánimo de lucro como motor de la acción empresarial capitalista conduce a no considerar los costos externos que sus actividades producen sobre la sociedad, como la contaminación, por ejemplo, porque eso significaría reducir sus ganancias. Por esta razón, es necesaria una regulación que “internalice” los costos para quien produce el mal, ya sea con un impuesto, o mediante políticas que obliguen a adoptar cambios tecnológicos que reduzcan y lleven a eliminar la contaminación.

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En este sentido un estudio "Environmental Accounting for Pollution in the United States Economy", publicado en la prestigiosa revista American Economic Review, en 2011,y realizado por Nicholas Z. Muller, Robert Mendelsohn y William Nordhaus encontró que los costos de contaminación ambiental que produce el carbón exceden el precio de mercado del carbón. Es decir, es mejor dejar el carbón bajo tierra que sacarlo y venderlo, desde el punto de vista de la sociedad, pero, las empresas carboneras siguen campantes. Incluso, el Presidente Trump prometió a los trabajadores del carbón en EEUU que permitiría expandir, bajo normas más blandas, la explotación del carbón estadounidense. Unos pocos trabajos para contaminar más y calentar el planeta, pero que resultan en buenas ganancias para los empresarios.
En cuanto a las medidas de orden tecnológico, dado el fraude de las automotrices alemanas, especialmente la VW, que alteró la medición real de los gases de sus carros, y el descuido en el desarrollo de los carros eléctricos, incluidos buses, y su concentración en los automotores diésel, el ministro Peter Altmaier declaró que las emisiones deben reducirse "con medidas técnicas adicionales". Es decir, las compañías automotrices tienen que “modernizar millones de vehículos diesel sucios que emiten demasiado óxido de nitrógeno durante las condiciones reales de conducción”. Sin embargo, las empresas automotrices alemanas no parecen que tengan la voluntad de hacerlo (Der Spiegel, 02-21-2018).
En cuanto al fraude de la VW, en el software que subvaloraba la medición de gases de los automotores, que en “EEUU fue considerado fraudulento e ilegal, las autoridades alemanas hicieron poco para frenar las manipulaciones, y en muchos casos se declaró satisfecho con las actualizaciones voluntarias del software. El resultado ha sido que el aire en las ciudades alemanas no ha mejorado”. Y si esto sucede en Alemania con su ética luterana, ¿qué podrá suceder en nuestro país sin referencias éticas cohesivas, fuera de la confesión católica del “peco, rezo y empato”?.
El problema no es de voluntades sino de herramientas jurídicas, con dientes, para obligar a los cambios. Sin embargo, las políticas aplicadas en la ciudad de Medellín, como los pico y placa, para disminuir los tiempos en el uso de los vehículos, e incluir motos y volquetas, la promoción del uso de las bicicletas, los autos compartidos, etc., solo marginalmente reducen la contaminación.
Ahora, desde el punto de vista del cambio tecnológico en el parque automotor, no se puede esperar que los carros eléctricos e híbridos, costosos todavía para la mayoría de la población vayan a reemplazar en poco tiempo a los carros de gasolina y diésel, que siguen en aumento. Tampoco el problema reside en Ecopetrol, aunque ayuda, con la calidad de los combustibles. 
Por otro lado, solo 2 millones de 2.000 millones de carros en el mundo son eléctricos. Además, los carros eléctricos están sobrevalorados en la reducción de emisiones: un carro eléctrico en toda su ciclo de vida solo reduce en 20% las emisiones de uno de combustible, teniendo en cuenta la contaminación generada en su producción (theguardian.com, Dec 21-2017).
Las medidas contra la contaminación en Medellín son marginales, mientras el problema tiende a empeorar, al aumentar el parque automotor, debido no sólo al incremento de la demanda de vehículos por parte de los sectores de altos y medios ingresos que tienen estilos de vida promovidos socialmente y que permean a la población en general, en busca de un reconocimiento social, fugaz, ligado a las cosas y no al ser, sino también al hecho de que se ha promovido la densificación urbana, convirtiendo a Medellín en una de las ciudades del mundo con mayor número de habitantes por kilómetro cuadrado, mientras el sistema público de transporte se quedaba rezagado frente a la demanda, que tuvo que ser cubierta por la compra masiva de motos baratas y contaminadoras. Estamos frente a un desastre en cámara lenta.

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