Medellín está al borde…

Autor: Félix Ángel
19 marzo de 2017 - 06:00 PM

Para Félix Ángel, “ser artista en Medellín resulta extremadamente difícil”. Así lo plantea en una nueva reflexión que le apunta a que los creadores de la ciudad revisen sus procesos.

Medellín

Medellín está al borde de perder por completo su dinámica cultural. ¿Cómo puede una ciudad colapsada en su movilidad, en su seguridad y control del uso del espacio público, garantizar a sus ciudadanos el ejercicio y participación de las actividades culturales?


Entre los artistas locales, el público y los visitantes la queja es la misma. En Medellín ir a cualquier lado es extremadamente difícil. Además es un peligro –máxime después de las cinco de la tarde. Desplazarse requiere de horas extras para transportarse. Aun así no hay seguridad de que se va a llegar a tiempo al sitio del evento.   Y al regresar si se puede llegar con vida a la casa.


El centro de la ciudad es un caso patético. A quien pueda interesarle: Por favor arreglen la ciudad y dejen de darnos premios de “esto y lo otro”, porque ya no comemos cuento!
La situación ha empeorado año tras año, convirtiendo la actividad de los artistas e intelectuales –sean pintores, actores, escritores, etc. -  en una labor extremadamente difícil. Programar la apertura de una exposición, por ejemplo, acarrea el riesgo (elevado) de llevarse un fiasco porque la gente simplemente no tiene forma de llegar con una mínima comodidad, sino a costa de sacrificios en sus horarios y obligaciones.   Lo mismo aplica al teatro, el cine, una conferencia, un recital, un concierto. La actitud es la de mejor no ir.


¿Cómo espera desarrollar eficazmente la actividad cultural una ciudad como Medellín cuando la gente no puede llegar a los lugares donde esas actividades se llevan a cabo, y  la desorganización rampante se asume por las autoridades como parte de una realidad que no tiene solución, y se maneja de esa forma, con “pañitos de agua”, arena y bobadas? Ni que decir del “pico y placa”, ese invento tercermundista que se vende equivocadamente  en los países y ciudades que son incapaces de resolver el problema de la movilidad para crear la impresión de que hay un orden en el desplazamiento y un control de las emisiones que contaminan el ambiente, pero en realidad entorpece la vida, genera una disminución de la productividad, y es luz verde para seguirle metiéndole cientos de carros maquillando la falta de infraestructura, porque el transporte colectivo no da para más, salvo acoso y vandalismo, como vemos en el Metro y el Tranvía. Mega- ciudades como New York y Londres no necesitan aplicar el “pico y placa”. ¿Por qué será?


No vengan con el cuento de hace falta plata para financiar las soluciones. Cuando uno se entera de las multimillonarias sumas que se pierden por robo y corrupción, la explicación es que hay mucha, y la “ocasión hace al ladrón” por igual, tenga cuello blanco o azul. Más bien hace falta voluntad,  determinación, y valentía en una ciudad de cafres que se comportan como simios.


Desde los años en que se cometió el monstruoso error de destruir el Centro y los barrios aledaños con la infame Avenida Oriental, Medellín no ha podido recuperar un ritmo humano que invite a disfrutarla como entidad urbana, y sacar partido a las manifestaciones culturales que en ella producen los artistas, con sacrificio adicional al que de por sí genera serlo. Uno de los casos lamentables es el Museo de Antioquia, otrora un remanso de tranquilidad y referencia obligada del arte antioqueno, ahora convertido en elefante blanco.
Y qué decir de la Plaza Botero: estacionamiento de vagos, mafias que “vacunan” los negocios y combos delincuenciales que se han repartido las manzanas y están  regados por todo el perímetro lucrándose hasta de los vendedores informales,  sanitario colectivo desde el  Parque de Berrio hasta el Parque de Bolívar y el Teatro Pablo Tobón Uribe. 


No hay que tener un cerebro superdotado para entender que el Centro está perdido como espacio vital de la ciudad, perdido para los ciudadanos –incluidos los artistas, transformado en núcleo de la ilegalidad y coerción de la libertad.  El Centro es un lugar en donde ya no se puede prácticamente hacer ninguna actividad cultural porque la gente no se atreve a ir. La periferia está cayendo en la misma situación como resultado de la falta de atención, de regulaciones, y sobre todo, de la aplicación efectiva de controles que eduquen el colectivo sobre lo que puede hacer y no hacer con la ciudad, que no es propiedad privada del que infringe la ley, aunque eso es lo que parece. 


Los artistas de Medellín –y hablo frecuentemente con muchos de ellos—parecen resignados en su falta de iniciativa a ser víctimas de una situación que a pocas personas  parece preocupar. “Para qué exponer” es una expresión común, y son varias las razones. Una es que los museos no hacen su labor a cabalidad y se limitan a cumplir con una programación donde la calidad, el interés o la curiosidad NO cuentan. Es más fácil –y barato-  traer una muestra empaquetada producida en otro lado, y sin relación con la ciudad. Otra es que el público, desconectado incrementalmente de las instituciones a menos que lo entretengan, ha retrocedido en su interés hacia las artes, en vista de que cuando no se  hace énfasis en algo debe ser que no es importante. Una tercera atañe las galerías comerciales: son una especie de bazar que no cultiva coleccionistas porque la premisa básica es vender cualquier cosa que le guste al público, respetando su ignorancia; esto último es una actitud muy paisa. Cuarta, las instituciones dedicadas a la enseñanza del arte se han orientado todas sin excepción hacia la premisa de que cualquier cosa lo es. Ya no es necesaria la referencia de la historia, el laboratorio, y la practica al servicio del conocimiento, el descubrimiento y la reformulación.  Ya no es necesario “hacer”, basta con hablar. 


Lo anterior lleva a otra pregunta mucho más descorazonadora: ¿Para qué trabajar las artes en una ciudad donde todo parece conspirar para aniquilarlas?

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