Los ojos del sonido en una novela rusa

Autor: Reinaldo Spitaletta
8 abril de 2018 - 02:00 PM

El músico ciego, de Korolenko, o cómo imaginar la luz, un análisis de Reinaldo Spitaletta a un clásico de la literatura rusa.

La Ilíada, para haber sido concebida por un ciego, es un poema visual de enormes proporciones y variados paisajes. Y si se le mira con atención, también la Odisea, que en el mundo antiguo los ojos estaban presentes tanto en la paz como en la guerra. La descripción es una herramienta, o, en otro sentido, un recurso que, casi siempre, tiene a la vista como el sentido más importante. Aunque se puedan, claro, advertir con ella los olores, sabores, sensaciones táctiles y las sonoridades.

El mundo, que se oye porque suena (suenan las nubes convertidas en lluvia, los vientos, los ríos, las voces humanas y de los animales), se olfatea, se puede tocar, en fin, parece estar hecho para ser visto. Y a veces, como suele pasar en la Ilíada, el épico narrador lo pinta como si fuera la primera vez que aparecieran las cosas. Como una especie de descubrimiento. Como aquello de “en el principio era el verbo”.

Sin los ojos, o, en otro sentido, sin la facultad de ver, es como si las cosas se escondieran, como si al mundo le “faltara un tornillo”. Machado lo anunciaba con menos prosopopeya en un cantar: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Y, claro, hay ojos ciegos, sin luz. Ojos muertos. En los que se aprecia una ausencia, alguna lejanía, la imposibilidad de adquirir con la mirada aquella condición que es la que, según Saramago, más abunda en la tierra: el paisaje.

¿Un ciego imagina la luz? ¿Acaso, como apuntaba Shakespeare, los sin vista ven la oscuridad? A veces, como en la ficción imaginada por H.G. Wells, los ciegos pueden ver más que los que tienen vista. Y les alcanza para moverse en su oscuro mundo con una propiedad y soltura que ningún vidente puede alcanzar. Bueno, tales “deformidades”, como en una distopía, son posibles en El país de los ciegos.

El mundo ucraniano, con aspectos de la cultura cosaca, con rememoraciones de presencias tártaras y mongoles, se manifiesta en los paisajes culturales que propone Vladimir Korolenko (1853-1921) en su novela corta El músico ciego. En una maravillosa obra de visualidades, de pinturas al fresco por los paisajes (hay, desde luego, paisajes sonoros, olfativos, saporíferos) que se desgranan en una geografía sentimental, pero, a su vez, de naturaleza y cultura en una obra en la que fluye una “serena tristeza” y se exteriorizan algunas angustias existenciales.

En una narración lineal, sin contracciones temporales, sin experimentos verbales, directa y con personajes muy bien caracterizados, la novela de Korolenko, un escritor que forma parte de la orquesta sin igual de literatos rusos decimonónicos, discurre a través de la vida de un niño que nació ciego y que, con el tiempo, descubrirá la sonoridad del vivir sin luz pero que es capaz de sobreponerse a la desgracia, que puede doler, más que a él, a su mamá y a su tío, dos seres clave en el desarrollo de la novela.

Petrús (diminutivo de Piotr), nacido con ayuda de partera, y, como lo adivinó de entrada su madre, con una “desgracia funesta e irreparable”, va creciendo en una soledad que hiere y duele. El muchacho, que se acerca al mundo a través del oído, encontrará en su infancia a un hombre que le ayudará en los modos de aprehender el mundo y de sobreponerse a su sino trágico. El tío Maxim, un veterano de las campañas garibaldianas, que quedó baldado de una pierna en una batalla contra los austríacos (el imperio austro-húngaro estaba en ascenso), se erigirá como una especie de tutor del sobrino.

Lea: Historia de una voz con soneto místico

A propósito, la figura paterna en esta novela está más bien ausente, lejana y apenas se configura como una imagen medio borrosa. En algún apartado, el narrador en tercera persona recordará a Gogol y su Tarás Bulba, una novela sobre cosacos y de cómo el padre es tan intenso, necesario e importante que no faltan los pugilatos con los hijos.

Petrús irá creciendo con el reconocimiento de las nociones sonoras del mundo. Y el narrador advertirá al lector de los paisajes que rodean al muchacho: “Diríase que la naturaleza circundante era un grandioso templo adornado con motivo de una festividad. Mas para el ciego no pasada de ser una tiniebla inmensa, más inquieta que de costumbre, que se agitaba y rugía, buscando su cuerpo, asediando su alma…”.

El pelado, sin horizontes, sin bóveda celeste, buscará en los sonidos un modo efectivo de interpretar y reconocer la naturaleza. Y en esa labor, contará con la ayuda de Maxim, que estará como una sombra que lo acompaña y lo guía. El tío, un soldado en retiro, se interna en los conceptos de la fisiología, la psicología y la pedagogía. Y todo con el fin de ejercer un magisterio con su sobrino que, en ocasiones, da la impresión de un ser desamparado y triste.

En este punto, valdría la pena anotar que el siglo XIX, en Rusia y, sobre todo, en el mundo europeo, es el de las ciencias físicas, químicas, biológicas y en parte de la aparición de algunas ciencias sociales. La novela, entre telones, da cuenta de las relaciones del hombre y la tierra, de la posesión de la misma, de las desventuras de los mujiks desposeídos, así como de los terratenientes y agricultores, que eran, en este caso, el sector social al cual pertenece el chico ciego.

 

Petrús va creciendo, con un oído fino y agarra al mundo mediante las sensaciones auditivas. Y habrá un hecho extraordinario que, en parte, trastocará las emociones y sensibilidad del muchacho que una noche, ante sonidos para él novedosos, entrará en una “placentera inquietud”, que solo se resuelve cuando conoce a un zagal, un campesino sin futuro, que toca un caramillo de una manera cautivadora. Y el ciego va a llegar hasta donde Yojim y su especie de flauta mágica.

Y así, con ese encuentro feliz, Petrús se irá convirtiendo en un músico. El mujik le enseñará las notas en su rústico instrumento, que él campesino tocaba con maestría. Pero, claro, la clase tiraba con fuerza y entonces la madre le compró un instrumento fino, fabricado por los mejores maestros de Viena, pero las esperanzas de Anna Mijailovna, la madre del flautista novel, “quedaron defraudadas: el gran instrumento vienés resultó impotente ante un pedazo de sauce ucraniano”.

El campechano Yojim (después desaparece de la novela, tras cumplir un papel estelar frente al chico, sin secuencia lógica y como si el narrador de pronto lo hubiera olvidado para siempre), que soportó las “filípicas” del tío de Petrús, poseía un sentido musical innato y le tocaba a su tierra, a la nostalgia, al amor y la naturaleza. Era una versión de los antiguos juglares rusos, los bardos y bandurristas, que, en su mayoría, como lo cuenta la obra, eran ciegos.

Vea también: El sufrimiento de un hombre

Se van desplegando canciones de cosacos en las faenas de la siega de trigo y el niño Petrús aprenderá a ver las imágenes poéticas de las canciones folclóricas y populares. Su inclinación sensible ya no tendrá ninguna barrera: quiere ser músico. Y, con las insinuaciones y enseñanzas del tío, además va a adoptar una posición, no de indefensión ante el mundo, sino de valía propia, de saberse mover dentro de su estado de minusvalidez.

El muchacho, que crecerá “fuerte y bien parado”, tendrá después otra sorpresa, cuando una familia de campesinos sin tierra llega al vecindario como arrendatarios de finca, en medio de relaciones semi-feudales que predominaban entonces en la Rusia zarista. Y en esas circunstancias aparecerá un personaje fundamental en la vida del ciego, la chica Evelina (en la vida real, Evelina era el nombre de la madre de Korolenko), que hará parte de una historia de una excelsa historia de amor que transcurre en buena parte de la novela.

Y en el transcurso, cuando Petrús ya es Piotr, cuando tiene sentido de la soledad y del destino, se configurará una relación más importante del ciego con Evelina que con sus parientes. Y así, por sus estudios y prácticas, el joven se convertirá en un pianista de conservatorio. Y conocerá, aparte del amor, los secretos de la música, recordará los días en que su madre intentaba explicarle los colores por medio de los sonidos y sus oídos serán como ojos, y con ellos “verá” cosas que los videntes no pueden observar.

 

El músico ciego es una novela de luces y sombras, una pintura sobre la naturaleza humana cuando se tienen limitaciones. En su trasfondo, se pueden conjeturar los tiempos de servidumbres y ganas de conquistar derechos políticos y sociales. Está la “demofilia” y también las expresiones de luchas de los sin tierra. Y, en medio de una historia de amor, las transformaciones materiales y las inquietudes existenciales del hombre.

El narrador, con el punto de vista de alguien que ve, introduce la cultura y la naturaleza. ¿Cómo hubiera sido, por ejemplo, un narrador ciego? ¿Cómo “vería” esa realidad de sonidos, olores, sabores y tactilidades? El resultado, como es obvio, hubiera sido otro, con un narrador en primera persona, un narrador “como un pájaro sin luz”.

Es una obra rica en belleza, con descripciones bien dichas (“La mansa corriente apenas estremecía las blancas cabecillas de los nenúfares…”), de imágenes que también se pueden percibir en un universo de oscuridades y penumbras. La música flota en sus páginas, en un sonoro himno a la luz y al altruismo. Y, mientras va cayendo el telón de la novela, volvemos a un cantar de Machado: “Los ojos en que te miras son ojos porque te ven”.

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