Leer a Saint Exupéry para que el Principito vuelva.

Autor: Memo Ánjel
21 abril de 2018 - 02:00 PM

O de cómo definirse en lo más humano: preguntar.

Medellín

Las rutas conducen a la morada de los hombres.  

Antoine de Sain Exupéry. El Principito

Las preguntas

Preguntarse a sí mismo, es darse una respuesta falsa. Nos respondemos lo que más nos gusta y no lo que deberíamos responder. De esa manera evitamos la confrontación, que es la circunstancia que configura el yo. Esto lo decía don José Ortega y Gasset y también lo dijeron muchos: el yo en el yo no funciona, se necesita de un tú al que se le pregunte y a la vez nos cuestione con la respuesta. Martín Buber tenía claro que las palabras primordiales eran Yo-Tú (Ich-Du), mediadas por un Eso (Das). Así, somos en la pregunta y, como dicen los rabinos, la respuesta más fuerte es otra pregunta: ¿existe el mundo? ¿Por qué no debería existir? ¿Estás bien? ¿Por qué debería no estarlo? En una parte del Talmud llamada el Midrash, la pregunta es la esencia de eso que se relata.

A punta de preguntas se hace el mundo. Por esto, cada vez que aparece un concepto nuevo lo que sabemos cambia de forma: con la palabra contaminación (nacida de una pregunta sobre el aire y el agua) entendemos de daños ambientales. Así, las palabras nacen de preguntas sobre un hecho, cualquiera que sea. Estamos ligados a lo que pasa. Según la leyenda talmúdica, Adán se hizo muchas preguntas cuando salió del Paraíso. Y con esos cuestionamientos nacieron los nombres, las acciones y el contexto. Y sin saber nada de Adán, Aristóteles llegó a la misma idea: si no se pregunta, la tierra y el cielo dejan de existir. Perdida la certeza (esa seguridad que convertimos en paradigma), lo que vemos y sentimos se hace más amplio. Pero si no preguntamos y persistimos en la certidumbre heredada (que habla de otros tiempos, pero no de estos), las palabras se duermen, se fosilizan y ya no son más.

Podríamos hablar de un enorme museo de palabras al que van las personas adultas para revisar qué tan vivas están, en tanto que aparezcan las preguntas. Sí no hay preguntas y todo sigue igual, lo que visitan esos hombres y mujeres es su propio olvido. De aquí que un buen libro sea un museo de hechos, si cuestiona. De lo contrario, es un yo mismo dando vueltas como un hámster. En el caso de El Principito, el libro de Antoine de Saint Exupéry escrito hace 75 años, las preguntas están por todas partes, de principio a fin. Y son preguntas simples, hechas por un niño antes de hacerse adulto o intentando no llegar a serlo. Ya se sabe, la adultez es la edad de las respuestas aprendidas, los límites impuestos y las certidumbres que no paran de repetirse (la rutina). Quizá por esto Séneca decía que llegamos muertos a la muerte.

La pregunta es el motor de avance, el presente y, si se quiere, el cambio de pasado. Y es no tener miedo, porque preguntar es preocuparse por lo que pasa, lo que implica querer seguir con vida y en la vida que propicia la alteridad. La pregunta viene del afuera. Del adentro, en términos de Rabelais, vienen los eructos.

 

Lo que hay ahí

Lo que más hay es infancia haciendo preguntas simples y de respuesta compleja, pues en el ser niños está la curiosidad, lo que no es evidente e implica algo más para darle vida a eso que vemos y sentimos. La pregunta es la acción y en ella está el aprendizaje. El Principito (ese primer ciudadano en miniatura) es un Antoine de Saint Exupéry sintiéndose niño en el desierto, sin nada que le distraiga la atención (como ya lo proponía Nietzsche en Así hablaba Zaratustra), para poder sobrevivir. Y para ello (salir vivo), escribe una historia: mientras un piloto accidentado arregla su avión, aparece un niño que cuestiona al niño que hay en el personaje-autor, pidiéndole si le puede dibujar un cordero. Especulando (yo), haciéndole la pregunta de si sus dibujos primeros ya están fosilizados o pueden renovarse. Saint Exupéry, en el inicio del libro cuenta de su primer dibujo, una boa que se había tragado un elefante, y de cómo los adultos creyeron que representaba un sombrero. Claro que ellos, crecidos y ya sin imaginación, vieron solo un sombrero y no la pregunta que Saint Exupéry niño se había hecho: ¿cómo se ve la boa que se ha tragado un elefante?

Lea también: El Principito, un libro sin edad para leer

De lo que hay ahí (de la alteridad) hacemos un dibujo mental y luego lo interpretamos poniéndole detalles. O sea que le hacemos una pregunta y obtenemos la respuesta en los trazos que hacemos, que son los componentes de lo que somos capaces de percibir. Percepción que nace de las palabras que tengamos. De las palabras que usemos y conozcamos en su definición, aparece el dibujo, que es un trazo que se conecta con otra potencialidad y, en consecuencia, con una nueva acción. Lo que hay está en potencia de ser un hecho y eso que pasa con el hecho que me incluye, es de lo que se compone el mundo (Wittgenstein). Así, con el cordero que pide El Principito hay otros corderos, una caja con orificios, una flor con espinas, una regadera, un asteroide, tres volcanes pequeños (uno de ellos apagado que sirve de asiento), un amanecer, una puesta de sol, un rey que necesita un súbdito, un vanidoso que pide aplausos, un borracho que tiene vergüenza, un hombre de negocios que no para de sumar y se desborda en lo que tiene, un farolero que no para de encender y de apagar, un geógrafo que no viaja sino que oye a los viajeros. Y se va de una acción a la otra preguntando, pues el principito no para de hacer preguntas a cada elemento que está ahí. Es un niño y es inteligente, no presume, ni siquiera cuando pregunta dónde están los hombres a la serpiente, a las rosas y al zorro, animal astuto que también hace preguntas (es un Sócrates peludo) y se inquieta de que no haya gallinas en el asteroide donde el principito tiene una flor bajo una campana y rodeada por un biombo. Con ese zorro, el principito aprende qué es la amistad, que es la mejor manera de tener algo único en el mundo. Un amigo está en el espacio de lo doméstico (hace parte de la casa) y es generoso. Si lo que está ahí fuera nuestro amigo, estaríamos rodeados de generosidad. Lo que implica serlo uno también, pues la amistad es un dar y recibir para seguir vivos en la vida, yendo de una buena acción a otra. Se diría, entonces, que Saint Exupéry es un moralista y sí, lo es: ya había visto lo terrible que era capaz de ser el hombre. La Primera Guerra Mundial, preámbulo de la segunda, casi acabó con la humanidad que hay en nosotros. Llenos de respuestas, destruimos la preguntas y la tierra y el cielo comenzaron a desaparecer.

El Principito

André Maurois, en su libro de Proust a Camus, cuenta que El Principito fue escrito en Long Island, en 1943, en un apartamento donde abundaban los sándwiches y se jugaba al ajedrez. Y que allí vivió (Maurois) la filosofía de la acción que pregonaba Saint Exupéry: corría, miraba por la ventana, discutía, Consuelo su mujer imaginaba con él, etc. Y que en ese lugar se preguntaba qué más se podía escribir sobre un aviador que ya se había estrellado varias veces, que respetaba las jerarquías cuando las órdenes eran razonables y tenía claro que un jefe era un faro que amaba a sus empleados sin decirlo. Antoine de Saint Exupéry creía en el correo (las distancia nos acercan), en las palabras escritas, en la geografía vista desde arriba y vivida en el abajo, en los amigos, en la ética (Tierra de hombres es su mejor libro), en que los libros debían ser generosos y en El Principito, que ya no fue el yo de sus novelas sino su alter ego, lo que se mantenía vivo en él, su esencia: “Solo los niños saben lo que buscan”, escribió en El Principito. Este fue su último libro (se dice también que Carta a un rehén, en el que lo mejor que puede pasar es una sonrisa), y un presagio, quizá, de la muerte que le esperaba en el aire, pilotando un P-38, un avión con autonomía de vuelo de seis horas, que se usaba como bombardero en vuelo plano o en picado. Su cabina parecía un huevo sostenido por un doble fuselaje. Se murió (o lo mataron) en un cuento para niños curiosos.

Vea también: Sobre El árbol de John Fowles el asunto de mirar sin ver

-Solo se conocen las cosas que se domestican -dijo el zorro, acotando el lector: si quieres un amigo, domestícame. El camino entre un hombre y otro es hacer parte de la casa y la casa es la tierra y el aire, el agua que da vida y la pregunta que nos crece en la amistad, pues no nos hacemos solos, sino en el nosotros. Responderse a sí mismo es estar demasiado solo, es no sentir la mano en el hombro, negarse el abrazo y al final perderse en el camino. La pregunta sobre lo que pasa, lo que nos mejora o nos daña, sobre lo que hay en el cielo y en el suelo, en las estrellas donde alguien cuida una flor y por esto ya vale la pena mirarlas, nos define con relación al tú. Y es que sin un tú, ya no hay más. Solo un eso, imposible de ser entendido, así esté nombrado. La realidad se construye entre dos o más. La irrealidad en uno solo.

El 31 de julio de 1944, Antoine de Saint Exupéry fue derribado por un piloto alemán. El avió cayó en el Mediterráneo. André Maurois dice que es posible que quien le haya disparado a Saint Exupéry haya sido alguien que había leído sus libros y todavía llevara frases de ellos en la cabeza, en especial de la novela Piloto de guerra, donde el autor de El Principito dice: “Si el ciego se dirige hacia el fuego, es porque en él ha nacido la necesidad del fuego”.

Antoine de Saint Exupéry se perdió en el aire por donde el principito le había dicho que tenía muchas estrellas. Sus amigos lo esperaron; luego dijeron, calculando que había agotado la gasolina: ya no regresa.

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