Lazos de amor

Autor: Henry Horacio Chaves
3 agosto de 2018 - 12:07 AM

En septiembre se realizará el noveno Congreso Internacional de Discapacidad en Medellín, que permitirá conocer experiencias de inclusión y amor con el propósito de ayudar a construir una sociedad mejor.

Hace pocos días, cuando recibieron la sentencia de un juez de familia en la que le notificaban que en adelante Ermilia llevaría sus apellidos, Fabiola y Franklin no cabían de la felicidad. Un documento público que hacía oficial la atadura de amor que ellos habían escogido y por la que trabajaron casi cuatro años. Con la suma de sus apellidos se cierra el proceso legal de adopción de una menor que se convirtió en su mayor anhelo, en su razón de vivir, desde que la conocieron en el Instituto de Capacitación Los Álamos.

Como tantas otras familias, llegaron allí por referencia, de oídas como se dice popularmente. Les habían contado del programa “Lazos donantes de amor” que convoca a familias que voluntariamente quieran compartir espacios de afecto con los niños y adolescentes con discapacidad y en situación de abandono. Les contaron que se trata de un espacio en el que las familias acogen a un niño o una niña, le brindan su afecto, le regalan tiempo para participar con ellos de actividades hogareñas, visitas, paseos, etc. Desde que la vieron, pensaron que Ermilia era parte de su familia. Sintieron ese lazo de conexión con ella que los motivó a buscar la adopción. Sus más de 12 años de matrimonio constituían una prueba de compañía como la que requería la niña y decidieron no dejar que el lazo se rompiera.

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La historia de Ermilia, Fabiola y “mi amor”, como le dice siempre a Franklin aún en su ausencia, es solo una de las muchas que se tejen desde hace décadas en Los Álamos. La misma institución que impulsa un programa para que los niños y jóvenes con discapacidad puedan ser incluidos, respetados, tratados con dignidad y vivir en comunidad; la misma que cada dos años impulsa el Congreso Internacional de Discapacidad en Medellín, para ayudar a materializar una política pública que, como tantas otras, tiene más de sueño y esfuerzo privado que de compromiso real y consistente de las entidades gubernamentales. Más que declaraciones de buena voluntad, estas iniciativas demandan tiempo, recursos, compromisos de verdad.

Decisiones como las de Fabiola y Franklin que superan lo que se esperaba de ellos, que entienden que lo que ocurre en la primera década de la vida es fundamental para el desarrollo de los años posteriores, para cada persona, pero también para la sociedad de la que hace parte, como lo propone el eje central del Congreso en la novena versión que se cumplirá en septiembre. Una oportunidad para compartir experiencias y conocimientos que ayuden a mejorar las condiciones de vida de las personas con discapacidad, que es una manera de ayudar a mejorar el entorno y la sociedad. No en vano, es a la tríada Familia, Sociedad, Estado a la que apelan los organizadores del Congreso como “corresponsables” de la atención integral de los menores.

Más que las barreras físicas o arquitectónicas, que también, el propósito colectivo debe ser ayudar a superar las murallas sociales que impiden desde el prejuicio o la ideología que las personas con discapacidad puedan vivir dignamente como parte de una comunidad. Por eso el Congreso es un ejercicio técnico, un espacio para compartir conocimientos y experiencias y para construir modelos de inclusión. Son muchos los estigmas y los paradigmas por franquear, como lo ha demostrado en cada una de sus versiones desde 2001.

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Lo corroboran más de cuatro mil participantes y 90 expositores tanto nacionales como internacionales que han hecho del encuentro un evento de referencia para los profesionales, las familias y las instancias gubernamentales que tienen incidencia en la vida de las personas con discapacidad. Investigaciones, procesos, metodologías, experiencias, historias y, claro, sueños y emociones, se compartirán durante tres días del mes entrante en Medellín. Trabajos e historias que cotidianamente buscan cambiar realidades, no solo en Colombia sino en cualquier lugar del mundo y por eso entre los expositores y coordinadores de paneles hay profesionales de aquí y una decena de países.

Seguramente, como lo muestra la experiencia, no tendrá el mismo cubrimiento, ni desfilará la fauna política ni la farándula por Plaza Mayor en esos días, tampoco habrá collares de arepas ni “paisaportes”, pero en cambio, quienes se decidan a ir podrán conocer experiencias que les cambien la vida, a ellos y a otros; podrán ver sonrisas como la de Ermilia que nos reconfortan con  la vida, que nos dicen que es posible una sociedad mejor y nos ratifican que ningún lazo une más que el amor.

@HenryHoracio

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