La paz imperfecta y la moral

Autor: Hernán Mira Fernández
4 febrero de 2018 - 12:06 AM

Hemos vivido en la violencia, la hemos naturalizado y así no podemos pensar la paz como un valor primario, sino medida a través del filtro perverso de la violencia

La tan dañina polarización que hoy vivimos en el país, puede decirse que arrancó cuando el gobierno inició las conversaciones con las Farc en La Habana, se agudizó al conocerse el texto inicial del Acuerdo y llegó a su culmen con el plebiscito, desde la campaña cuando se utilizaron toda clase de engaños, exageraciones, verdades a medias, posverdades o mentiras. El resultado con el triunfo del no por una pequeña diferencia, y el reclamo de quienes comandaron esa campaña liderados por el senador Uribe, prácticamente por hacer uno nuevo, a su medida, prolongando la incertidumbre de volver a esa guerra de más de medio siglo, llevó la polarización a su máximo ahora reforzada por la campaña electoral, donde uno de los máximos ideólogos del Centro Democrático ha propuesto como bandera “hacer trizas el Acuerdo”.

Mucho se ha dicho que la paz que hasta ahora se ha conseguido con la dejación de armas y la disminución de asesinatos en el conflicto al mínimo, lejos de ser perfecta es la mejor que se pudo lograr, bien evaluada y aplaudida por la ONU y varios países particularmente. Mientras en esta nefasta polarización, los partidos de derecha en cabeza de Uribe, Pastrana, Vargas Lleras y Ordoñez, niegan que este Acuerdo tenga bondades. Cualquier paz conseguida en el mundo es, por principio, imperfecta y plantearla e imaginarla como perfecta es, paradójicamente, obstaculizarla y hasta hacerla imposible.

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La paz se ha pensado generalmente en clave de violencia, es decir la paz se piensa a partir del estudio de la violencia. De hecho entre nosotros han abundado los “violentologos” y muy pocos “pazologos”, ahora vilipendiados por los partidos y partidarios del no. En Colombia hemos vivido en la violencia desde los tiempos de la Conquista, en buena medida la hemos naturalizado, y así no podemos pensar la paz como un valor primario, sino medida a través del filtro perverso de la violencia. Los estudiosos de la paz imperfecta plantean la paz como lo primario y originario en todas las relaciones humanas. La paz no se ve, entonces, como lo negativo o contrario a la violencia, sino y mejor, la violencia como la ausencia de paz. El elemento primario es la paz, no la violencia. La noción de paz imperfecta ayuda a reconocer las prácticas pacíficas donde ocurran, descubre estos logros como apoyos de una paz mayor para ampliarlos. Entre nosotros los partidarios del no, parecen cerrados a admitir este otra mirada.

En el magnífico libro que acaba de publicarse, La audacia de la paz imperfecta de Francisco de Roux, que recomiendo en todo, se invita  a pensar la paz como imperfecta, como un acto moral, de audacia y no de temeridad. La lectura del texto me lleva a pensar en la insensibilidad moral que de la mano de la gran violencia que hemos vivido, nos ha traído a esta terrible encrucijada y polarización. La insensibilidad moral puede revelar un comportamiento cruel, inhumano y despiadado, o también una postura ecuánime aparente e indiferente que se adopta y manifiesta hacia las penas, pruebas y tribulaciones de otras personas, lo que se resume en el “lavarse las manos” de Pilato. Dicha insensibilidad es similar a la falta de sensibilidad corporal al dolor que se puede conseguir con analgésicos o anestésicos, drogas estas que, en el caso de la moral, también se adquieren en la sociedad.

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Cuando la idea de no ser sensible al dolor se transfiere desde lo orgánico y corporal al universo de las relaciones interhumanas y se vincula así al “clasificador moral” (Bauman), el no percibir signos tempranos de amenaza o de que algo anda mal en las relaciones y la comunidad humana que de no hacer nada las cosas se ponen peores, conduce a que la noción de peligro se pierda de vista o se minimice hasta inutilizar las interacciones humanas como factores potenciales de autodefensa comunitaria, y las convierte en algo superfluo, somero, frágil y quebradizo. 

Esta insensibilidad moral, se puede justificar pensando en una paz perfecta, inalcanzable, utópica, que por lo tanto hace resignarse y naturalizar la violencia ante una paz imposible. Para mañana es tarde el cambio y asumir esta paz como un deber y acto ético-moral.

CODA. A propósito del cambio:”Sin cambio, el progreso es imposible; y los que no son capaces de cambiar de mentalidad no son capaces de cambiar nada”. George Bernard Shaw”

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