La muerte de un policía

Autor: Darío Ruiz Gómez
5 febrero de 2018 - 12:10 AM

¿Cómo, entonces, continuar unas conversaciones de paz con quienes se niegan a asumir la responsabilidad que supone vivir en democracia?

Pier Paolo Pasolini fue, quiero recordarlo en medio de la supina ignorancia que nos rodea, poeta, novelista, un inmenso director de cine, igualmente un agitador de ideas que recurrió a la columna periodística para poner de manifiesto su independencia intelectual; homosexual, como Genet no hizo literatura de género sino que se adentró con inmenso amor en cada uno de sus personajes de la calle; hombre de izquierdas, se enfrentó a la criminalidad disfrazada de comunismo, a un estudiantado histérico y fundamentalista. Defendió a un policía argumentando que éste era un hombre del pueblo mientras que los estudiantes eran pequeñoburgueses cuyo radicalismo político era oportunista y desaparecería cuando fueran incorporados al sistema laboral, tal como efectivamente sucedía y seguirá sucediendo. ¿Qué es entonces un policía? Todo grupo fundamentalista como el yihadista, necesita, tal como lo ha señalado René Girard, de un chivo expiatorio para descargar en él todas sus frustraciones; un don nadie como un policía al cual se le puede apedrear, romper una pierna con una papa bomba, asesinarlo dormido, tal como se hace con un perro. El problema en Colombia radica en que la justicia parece haber olvidado lo decisivo: definir al terrorismo como al mayor enemigo de la humanidad, lo que permitiría combatirlo enérgicamente tal como lo hace el mundo civilizado. Al pretender arrasar con todo lo que represente civilidad, el terrorismo atenta contra los valores de la convivencia social, pero olvida que la bomba es una implosión que estalla hacia adentro, poniendo de presente en sus autores la prevalencia del fanatismo ciego sobre el razonamiento político. El atentado del Eln en Barranquilla donde mató a siete policías y dejó heridos a cerca de 48 es un atentado de la gravedad de los llevados a cabo contra el Bataclán de París, el semanario Charlie Hebdo, la Estación de Bruselas, Berlín. ¿Salió después de estas masacres la Unión Europea a invitarlos a un diálogo como si cada una de las vidas de los sacrificados nada significara? ¿Cuál será para la JEP el concepto de terrorismo si nuestro Código Penal desconoce su diabólico anarquismo, si nuestros politólogos y comentaristas lo reducen a mera escaramuza guerrillera o sea que no tipifican su dimensión destructora contra la libertad y contra la vida de cualquier ciudadano? El periodismo, recuerda Baudrillard, convierte la historia en noticia del día negándose a la reflexión necesaria. Es aquí donde se hace evidente el terrible contraste entre dos concepciones radicalmente opuestas de justicia, la llamada revolucionaria y la justicia como herencia y conquista de la Democracia. Lo que para los talibanes del Eln está justificado por su mesianismo, el asesinato de miles de inocentes; la justicia universal drásticamente lo condena como un delito de lesa humanidad. ¿Cómo, entonces, continuar unas conversaciones de paz con quienes se niegan a asumir la responsabilidad que supone vivir en democracia?

Lea también: El país del miedo

El exministro Pinzón al revelarle al país que los autores del atentado contra el Centro Andino donde murieron tres mujeres fue el Eln, autoría encubierta por las autoridades bajo el sofisma de defender “un proceso de paz”, está denunciando las verdaderas intenciones de unos rufianes cuyo objetivo es que la justicia acepte la crueldad - lo que constituiría un monstruoso exabrupto- como argumento para exigir prebendas a una débil democracia, a una menoscabada justicia.

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