La falacia como argumento

Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
7 enero de 2018 - 12:08 AM

La sociedad abierta está compuesta por personas que asumen la responsabilidad de sus vidas, tienen pensamiento crítico, es decir, pueden analizar las distintas propuestas (políticas, religiosas, etc.), y toman decisiones

Mi anterior artículo causó alguna polémica, por lo que hoy quiero ahondar en el tema. La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper, fue escrita durante las Segunda Guerra Mundial, cuando la democracia liberal y las libertades individuales estuvieron en el mayor peligro de desaparecer, y publicada en 1945; es un libro militante. En el libro introduce la siguiente definición: se llamará “sociedad cerrada a la sociedad mágica, tribal o colectivista, y sociedad abierta a aquella en la que los individuos deben adoptar decisiones personales” (p.189). Hay que desarrollar estos conceptos.

El gobierno de los sabios es la propuesta platónica: aquellos que saben lo que hay que hacer y se lo imponen a los demás. Esa concepción del poder es exactamente la que hay que evitar. Porque ¿cuáles son los criterios para definir quiénes son los sabios? Los de los que se autoconsideran “sabios” y tienen los mecanismos para dominar la sociedad. Así se definen los fascistas y los nazis, así como los marxistas, pero también aquellos que desean imponer por la fuerza su concepción religiosa. El platonismo se complementa con el totalitarismo de Hegel y Marx, que piensan -a pesar de sus diferencias, que el estado es la encarnación del bien colectivo y, en general, de la moral colectiva, que no puede equivocarse.

La suma de estas dos tendencias, que se imbrican, es la experiencia de los estados engendrados por Mussolini y por Hitler desde el fascismo y el nazismo; por Lenin y Stalin, por Mao, Ho, Fidel, Chávez y Maduro, desde el comunismo; pero también es la de los ayatolas en Irán, los reyes de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, el talibán en Afganistán e Isis en Siria e Irak, desde el islam actual. Y fue la del tribunal de la Santa Inquisición en la España católica y su imperio, la persecución de los católicos irlandeses por los protestantes británicos, los muertos provocados por el fundamentalismo católico y el marxista de las Farc, en Colombia; y un larguísimo etcétera, que han impuesto la felicidad tal como esos regímenes la entienden, a los individuos, que pierden su libertad de decisión y sus otras libertades fundamentales, para convertirse en engranajes de la máquina del estado, de la colectividad propia del borrego o de miembro de la tradición que no se discute y se acepta como verdad única, revelada por dios y/o por el estado, a nombre de este o de la ciencia en el caso del marxismo.  

La sociedad abierta está, en cambio, compuesta por personas que asumen la responsabilidad de sus vidas, tienen pensamiento crítico, es decir, pueden analizar las distintas propuestas (políticas, religiosas, etc.), y toman decisiones de acuerdo con las evaluaciones que hacen, superando el pensamiento tribal impuesto por valores externos, para actuar como individuos y tomar, libre y autónomamente, sus propias decisiones.

Vea también: ¿De cuál derecha hablamos?

Popper propone la tesis de Winston Churchill, el héroe británico de la Segunda Guerra Mundial, quien dijo que esta era el menos malo de los sistemas políticos conocidos, debido a los pesos y contrapesos que tiene, para evitar que los malos gobernantes hagan mayor daño, como el que hizo Santos al instaurar un golpe de estado permanente, precisamente dinamitando los pesos y contrapesos establecidos en nuestra Constitución.

Ahora bien, en Popper, el estado debe existir para el individuo y no este para el estado. Se trata de un estado protector de las libertades y derechos, que asegure la libertad de todos, que proteja a los ciudadanos, en primer lugar de la agresión proveniente del propio  estado, pero, también, de los otros individuos; que defienda a los ciudadanos con base en el poder organizado, limitando la libertad de cada uno, pero sin que perjudique a los otros y no “más allá de lo necesario”; que ejerza cierto grado de control  de las instituciones del Estado para que cumplan su función de garantizar el acceso a derechos como la educación, pero sin pretender decidir qué y cómo se debe enseñar.   Esas son las condiciones del humanitarista, como se califica así mismo Popper, del igualitarista y del egoísta altruista, para un consenso, que, por otra parte, pueden ser compartidas por los cristianos. Es una versión que anticipa la propuesta del consenso traslapado de Rawls (para las tesis anteriores, ver el libro Después de la Sociedad Abierta, pp. 108 y ss.).

Este planteamiento está lejos del relativismo moral, que según mi crítico endilgo erróneamente a Popper, pues cristianos, humanitaristas, igualitaristas, egoístas razonables profesan los valores señalados, que son irrenunciables, y que en el lenguaje actual significaría que son fervientes partidarios de los derechos del individuo, del estado democrático protector y de la legalidad que este ofrece. Son los valores de la moral pública, que por supuesto, desde mi punto de vista, de relativos no tienen nada, a no ser que se identifique valores morales con los que prediga un credo religioso.

En mi anterior artículo critiqué a los sectores del Centro Democrático, CD, que quieren imponer su pensamiento religioso como base de la práctica jurídica y política del Estado, e hice notar que propuestas de este tipo, en caso de que sus valedores lleguen al poder, podrían causar polarizaciones innecesarias. Dije textualmente: “Apelar exclusivamente al sentimiento religioso para ganar las elecciones, pareciera una buena idea. Pero, piensen ustedes qué pasará cuando, una vez en el poder, comiencen a imponer sus concepciones sobre la vida, el cuerpo y lo que entiendan por buenas costumbres. ¿Y cuándo católicos persigan a protestantes o viceversa? La violencia estará servida. Necesitamos, repito, una sociedad abierta en la que quepamos todos, para poder enfrentar a los que quieren destruirla”. Más adelante agregué que ese sector “pretende dividir al Centro Democrático porque el candidato Iván Duque Márquez no satisface sus requerimientos ideológicos y apoyan abierta o soterradamente candidaturas que no son de ese partido, lo cual, por decir lo menos, es una anomalía. Si la división llega a cuajar, serán responsables de una derrota que resultaría fatal”

Alguien interpretó que me refería al candidato Alejandro Ordoñez. De ninguna manera. Es la falacia de hablar de una cosa cuando se ha dicho otra, para demeritar un argumento. En primer lugar, porque Ordoñez no es del CD. Cosa distinta es que desee competir en la coalición que escogerá candidato presidencial. Mi artículo se refería, como queda explícito, a los miembros del CD que buscan vetar a Duque porque no los satisface ideológicamente. Y ratifico que esa actitud es, mínimo, una anomalía, porque éste es el candidato de ese partido y no parece adecuado que los propios militantes lo ataquen públicamente, habiendo canales internos para tramitar las diferencias; más aún, cuando la permanencia en un partido democrático es voluntaria. Bienvenida la discusión, pero dentro de las reglas de juego establecidas.

E insisto en que el consenso entre las fuerzas que se oponen a Santos no debe fundamentarse en el pensamiento religioso de un sector de creyentes -porque no todos los que profesan ese credo, y, en todo caso, no la mayoría, piensan como ellos- que sostienen que el estado debe hacer suyas las concepciones que estos tienen sobre el bien, la felicidad o la moral y convertirlas en políticas públicas, porque importantes segmentos de la sociedad no lo admitirían. Queremos un estado que incluya y no que excluya.

Lea además: A Dios lo que es de Dios pero a los colombianos lo que es de ellos

Repito. La exclusión religiosa es fuente de violencia. Así lo muestra la historia de Colombia. Quienes han impuesto sus concepciones ejercieron violencia moral, sicológica y muchas veces física a sus víctimas. Eso no es falsear la realidad, sino la constatación de un hecho que nunca más debe ocurrir en el país. Esa es una de las razones por las que queremos impedir que las Farc accedan al poder. Simplemente con Popper afirmo que se puede cooperar para salvar nuestra democracia y eso significa no imponer la visión del mundo de un grupo sobre otros. Ya el filósofo austriaco nos advertía, el libro citado que puede haber religiosos amorales, aquellos, precisamente, que utilizan la religión como instrumento de dominación. No toda actitud o proclama religiosa, es moral.

Entre los aspirantes a la candidatura de la oposición hay elementos comunes, pero también, diferenciadores, y de lo que se trata es de afianzar los primeros, dejando de lado los segundos. Por eso me parece razonable la propuesta del candidato Iván Duque, de que la coalición de oposición fije primero un programa que consigne los objetivos sobre seguridad, derechos humanos,  derechos de la mujer, equidad, igualdad de oportunidades, la reducción de  la carga tributaria, la mejora de los salarios, los motores de las economía, el achicamiento del Estado y su burocracia disparada, por la defensa de la diversidad y contra la discriminación, el emprendimiento, la innovación, la extensión y la mejora de educación, la salud; la depuración de la justicia, la lucha contra la corrupción y el ajuste del acuerdo Santos- Farc, que disuelva a las Farc, reivindique a  las víctimas, no permita el narcotráfico de ese grupo,  no legitime el terrorismo y tenga una agencia para combatir el narcotráfico desbordado, a las Bacrim y a las disidencias.

Un programa de este tipo creará la cohesión política necesaria para movilizar a las organizaciones y candidatos, unificará su lenguaje y evitará el uso de la alianza para promover a su nombre los intereses particulares de los distintos sectores que la componen.

Con esto doy por cerrado este debate porque no  me enredaré en una discusión ad infinitum.

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